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Doblar la vida y revivirla

Nadie me había dicho que ser tío pudiese ser tan peligroso.

Nadie me había dicho que ser tío pudiese ser tan peligroso.
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Oí decir –aunque es posible que lo dijese yo; yo soy muy de recordar las tonterías que digo como si las dijesen otros– que los hijos te doblan la vida porque te hacen revivirla. Esto es algo que tendría sentido si no tuvieras que educarlos. Recuerdo preguntárselo a mi hermana, cuando sólo tenía dos de los cuatro vendavales de los que tiene que hacerse cargo ahora –un hijo debe ser algo parecido a poseer un universo, algo inabarcable y en constante movimiento, una masa incapaz de dejar de crecer, que se desparrama si tratas de acotarla y que está llamada a expandirse hacia cualquier parte; lo apunto ahora por si en unos años me da por recordarlo como si me lo hubiese dicho usted, que no sabe ni de lo que le estoy hablando–. Y lo recuerdo sobre todo porque la mirada que me echó haría hasta que Maduro abandonase acojonado Venezuela. Caí en la cuenta entonces de que a quienes doblan la vida los hijos no es a los padres sino a quienes moramos en sus aledaños. Así que fui corriendo a preguntarle a los abuelos y, al rato de no encontrarlos, me metí en el baño a mirarme en el espejo para preguntármelo a mí mismo.

Definitivamente, yo no sé si un hijo te ayuda a revivir tu infancia –sigo esperando a que mi hermana me responda–, pero lo que tengo claro es que los sobrinos sí lo hacen. O, si no es a revivirla, al menos sí a reinventarla. Yo estos días me he dedicado a hacer una cosa tan sencilla como sentarme a observar a los míos. Me coloco en el regazo un cartel que indica que soy su tío, no vaya a ser que la gente piense que soy un remedo cutre de Gustav von Aschenbach, y poco a poco dejo que sus caras se desfiguren y adopten la mía y la de mis hermanos. Los veo en la playa y nos veo a nosotros, jugando a cabalgar las olas o yendo a cazar cangrejos en las rocas. Bajo al parque y allí están ellos, es decir, también nosotros, subiéndose a las copas de los setos y utilizando como porterías las mismas macetas viejas que cuando aquello era en mi mente el Bernabéu. Los escucho narrar cada jugada y oigo mi propia voz, es decir, la de Manolo Lama, desde una profundidad inmensa. A veces me quedo tanto tiempo embobado que hay quien ha llegado a tirarme monedas. Nadie me había dicho que ser tío pudiese ser tan peligroso.

Porque la cosa es que ya sé cómo avanzará su historia. No necesito seguir mirándoles para saber que subirán después al bar de Casi a tratar de robar helados. O que irán a las vías del tren, si en lugar de la vía verde que colocaron hace tanto continuasen las mismas vías del tren de siempre. Y jugarán a esperar sentados hasta notar el trémulo traqueteo y el bufido aterradoramente intenso, como el de un dios cansado de perseguirnos. Sentirán el vértigo ancestral subiendo por su espalda. Y lidiarán con la sensación de estar tentando a la muerte, pese a salir escopetados hacia la casa de Carlos antes incluso de que se puedan ver los vagones en la distancia.

Sé que volverán de noche, protegidos por los luceros del verano, y que se escaparán en tardes remotas para espiar a niñas de piel morena de las que jamás conocerán los nombres. Detrás de las pistas de tenis fumarán sus primeros cigarros. Tratarán de encandilar a Casi para beber sus primeras copas. Y tal vez alguna noche de verbena conseguirán ser más valientes que yo y declararse a aquella espina que nunca conseguí sacarme. Irán en moto con ella al pueblo, o a hurtadillas al espigón. Y regresarán felices, creyéndose un poco más hombres, con besos de los que fardar en el colegio o con comas etílicos que ocultar, que todo pasa. Esta mañana estaba mirándoles cogiendo olas en la playa y se me ha ocurrido preguntárselo a mi hermana. "¿No nos ves a Javi y a mí?". Y ella me ha mirado con un poco más de indulgencia que la última vez. "La verdad es que no", me ha dicho. Debe ser que lo que ven los padres cuando miran a sus hijos son universos completamente nuevos y genuinamente suyos. No les quedan ojos para seguir girando sobre sí mismos.

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