
Mientras Óscar Puente se pavonea por la cansada piel de toro como el mayor gafe mecánico que haya conocido esta tierra nuestra, por donde todavía cruza errante la sombra de Caín; mientras avería toda catenaria, línea férrea o convoy que surque nuestros páramos; mientras gafa la red de forma asimétrica, que es como se hacen las cosas en España, concentrando su diabólico mal de ojo en Madrid y Andalucía y respetando, al menos por ahora, a la bendecida Cataluña. En Lanzarote cuaja nuestro futuro.
Se adivina uno para Cataluña y otro para el resto. En el país petit, la Fortuna abrirá residencia y pronto en los árboles crecerá el fuet y las fuentes manarán ambrosía por el día y cava por la noche. En el resto, se sumarán las desgracias como las que ya trae Puente inmisericorde. De momento, Pedro Sánchez, que ya apuñaló a Ábalos, liquidó a Iván Redondo y apioló a Adriana Lastra, ha presentado los papeles para divorciarse de Félix Bolaños y ya veremos cuánto tarda en pasaportarlo. Y si lo hará con canonjía, como finalmente le ha dado a Lastra, o lo mandará al Averno, como a Ábalos, o lo dejará en escabeche, como a Redondo.
Tampoco sabemos si en el cuaderno de hule negro aparece ya escrito con gruesa caligrafía el nombre de María Jesús Montero, doble pecadora contra la fe sanchista. Primero por patrocinarse como sucesora del conducator creyéndose, la muy boba, que el amago de dimisión era real y no, como a la postre fue, una añagaza. Y luego por quedarse callada como una muerta durante la semana y pico que pasó desde que el PSOE prometió la soberanía fiscal a Cataluña hasta que su Parlamento ungió a Illa. Obviamente, esperó a ver si la investidura salía o no. Pero, la nueva religión sanchista no perdona las vacilaciones en la fe. Y quizá haya en Ferraz o en La Moncloa una daga o una faca o incluso una hoguera ya reservada para ella.
Sánchez exige lealtad absoluta, una entrega sin reservas, una rendición sin condiciones, un vasallaje total. Por eso, ahora el que pita es Salvador Illa, obediente monaguillo del sanchismo, que ha viajado en humilde peregrinación al templo de La Mareta, que para eso lo estrenó Zapatero.
Eso es. Y Zapatero, ¿qué pinta en todo esto? Podría ser una especie de guardián de la fe, que proclama los dogmas del sanchismo. O una suerte de nuncio, que busca hermanarlo con la revolución bolivariana. O un tipo de ecónomo, ocupado en engrasar la maquinaria sanchista con abundante numerario. O tal vez sea todo eso y algo más a la vez. El caso es que son ellos tres, y no otros, Sánchez, Illa y Zapatero, los que en Lanzarote están cocinando nuestro futuro. Uno de néctares y manjares para Cataluña y otro de calamidades e infortunios para el resto.