
Es costumbre en la derecha de Occidente menospreciar a la izquierda. Creen que sus adversarios son tontos cuando las más de las veces los tontos son ellos. Miren si no como en Estados Unidos los demócratas engañaron al electorado republicano con el aparentemente estúpido empeño de presentar a un perdedor. Como para ganar a un candidato tan malo bastaba Trump, que era a quien preferían los republicanos, se deshicieron de la mucho más competente Nikki Haley. Una vez que Trump tuvo garantizada la nominación y hubo elegido como futuro vicepresidente a un joven mendrugo de su cuerda, los demócratas apartaron al candidato gagá y pusieron a una fortísima aspirante que, si la extrema izquierda del partido no lo impide, ganará al viejo rijoso de calle. Y entonces, cuando sea ya demasiado tarde, los republicanos lamentarán no haber nominado a Nikki Haley, que, de haberse impuesto en las primarias, habría tenido muchas más probabilidades que Trump de batir a la correosa fiscal californiana.
Aquí, el PP cree que el PSOE ha entrado en flagrante contradicción cuando niega el concierto catalán a la vez que dice que respetará lo pactado con Esquerra. No sólo, sino que han comprado la burra cojiciega de que en el seno del PSOE hay un agrio enfrentamiento por esta cuestión. Nada de eso. La prueba está en Borrell. El socialista catalán, que siempre cae de pie, a pesar del mucho lastre que lleva en los bolsillos, finge defender la igualdad entre los españoles, pero no es menos falso de lo que lo fue, y sigue siendo, por ejemplo, con Venezuela. Ahí hace como que dice lo contrario de Zapatero cuando en la práctica es a quien más debe Maduro la supervivencia de su régimen. Borrell fue el responsable de achicharrar a Guaidó, de que se levantaran las sanciones, de la liberación del testaferro de Maduro y de sus dos sobrinos narcotraficantes, de convencer a la oposición de pactar la farsa electoral y de que el castigo por el pucherazo sea por ahora lo más liviano posible. Borrell le ha ladrado mucho a Maduro, pero no le ha mordido nada.
¿Y se creen en el PP que un tipo así, que se ha repartido los papeles con Zapatero para salvar a la república bolivariana se va a oponer ahora al concierto catalán? Le hace el juego a Sánchez para aparentar que hay un debate en el seno del PSOE con el fin de calmar las conciencias de los votantes socialistas. Pero, en realidad, ni hay debate ni se le espera. En ese partido tan sólo discuten acerca de quién va ocupar tal o cual cargo, no si la política para conservarlo es moralmente aceptable, constitucional o conforme con lo que ellos llaman pomposamente sus principios.
Lo que el PSOE va finalmente a presentar a su electorado es el concierto con una vaga cláusula de solidaridad por la que Cataluña, tras apropiarse de todo lo que allí se recaude, contribuirá a la caja común con unos pocos miles de millones de euros. Luego, cargarán la responsabilidad de sostener los servicios sociales de toda España sobre Madrid. Y si no hay bastante, que no lo habrá, le echarán la culpa a lo bajos que están allí los impuestos. Y dirán que es culpa de Ayuso, y no del concierto, que no se recaude lo suficiente. No se contradicen, ni se pelean, sólo se reparten poder, dinero y papeles. Todos ellos, incluidos Page y Borrell. Bueno, todos, no. Quizá Lambán sea sincero. Pero es el único.