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No, Israel no está perdiendo la guerra en Gaza, aunque la victoria será más amarga que nunca

Israel está ganando, pero el resultado final de la guerra depende de que se gane también la posguerra, y por ahora no parece haber un plan muy claro.

Israel está ganando, pero el resultado final de la guerra depende de que se gane también la posguerra, y por ahora no parece haber un plan muy claro.
Un cartel en Jerusalén con los rostros de algunos de los secuestrados por Hamás el 7-O. | EFE/EPA/ABIR SULTAN

Mi querido y admirado Enrique Navarro, uno de los mejores analistas españoles de política internacional y defensa, publicaba este martes un artículo muy interesante en Libertad Digital sobre la situación en Israel y la guerra en Gaza.

El texto, como todos los suyos, merece una lectura y buena parte del análisis me parece acertado, pero también hay alguna cosa con la que no estoy de acuerdo. Y qué mejor forma de rebatirlas y debatirlas que con esta respuesta también en forma de artículo y también en Libertad Digital, dónde si no, como dice el actor que vende café.

Para empezar, estoy de acuerdo en una de las tesis principales del artículo de Navarro: Israel ya no es visto como el pequeño David que se enfrenta al gran Goliat que era una coalición de países árabes. Sin embargo, no creo que sea consecuencia de esta última guerra en Gaza: es algo que viene pasando desde que, tras la guerra del Yom Kippur, el conflicto árabe-israelí pasó a ser el conflicto palestino-israelí, precisamente para provocar este efecto y para evitar a Egipto, Siria y Jordania una nueva y aún más humillante derrota.

La operación tuvo éxito: aún recuerdo cómo aparecían en los medios de los años 80 la primera guerra del Líbano o la primera intifada: en la prensa internacional Israel ya era entonces un Goliat y, además, uno feo y antipático.

Sí, es el antisemitismo

Por otro lado, desde mi punto de vista Enrique se olvida de un elemento que yo sí considero fundamental en esta imagen de Israel que, efectivamente, está peor que nunca en la mayor parte del mundo: el antisemitismo.

Sí, es un problema primordialmente de antisemitismo, del de siempre, que ha crecido y se ha generalizado como todas las ideas asquerosas de la izquierda, que se lleva unos años quitándose todas las caretas y ya defiende abiertamente una tonelada de cosas que hace no tanto eran inadmisibles.

Decir esto no supone negar que Israel no cometa errores tanto militares como de opinión pública, ni que la situación tras el 7 de octubre fuese tan terriblemente endiablada que, efectivamente, hiciese inevitable la degradación de la imagen del país en el exterior.

No, Israel no está perdiendo la guerra

Por último, pero no por ello menos importante, no estoy de acuerdo tampoco en que Israel esté perdiendo la guerra en Gaza. De hecho, creo que la está ganando, aunque no haya logrado alcanzar todos sus objetivos e incluso haya fallado en el más doloroso de todos: liberar a los rehenes secuestrados el 7 de octubre.

Es sin duda el gran fracaso de una operación militar que se desató, entre otras razones, para lograr esas liberaciones y que siempre ha tenido en ella una de sus justificaciones morales –que, por cierto, tampoco necesitaba tras el resto del 7-O–. Sin embargo, el tiempo nos ha confirmado lo que pocos días después del atentado de Hamás ya intuíamos algunos: que pretender que se podía devolver sanas y salvas a 250 personas en manos de una organización tan criminal como Hamás era, es, un acto de un optimismo bastante irracional.

También lo era, según muchos, la intención de acabar con Hamás, pero con ciertas salvedades yo diría que esto sí lo ha conseguido en buena parte Israel o, al menos, está en el camino de conseguirlo. Y por cruel que resulte decirlo así, este era el verdadero reto existencial de Israel, la verdadera clave para el futuro del país, y no la liberación de los rehenes.

Entiendo que esto resulta muy duro para los israelíes, que es un pueblo con una gran cultura de la vida, con un fuerte sentimiento de comunidad y que vive en un país creado específicamente para no dejar a ninguno de los suyos atrás, pero es la verdad: destruir a Hamás es imprescindible si Israel quiere seguir existiendo, el 7 de octubre lo demuestra.

Sí, es posible destruir a Hamás

Hace muchos años era muy habitual escuchar o leer que "no se puede acabar con ETA". No era cierto: si Zapatero no hubiese querido rescatar a la banda terrorista el cerco político y policial la habría convertido en lo que ya prácticamente era en 2004: un elemento completamente residual, incapaz de representar una amenaza real. Y algo muy parecido se puede hacer con Hamás a través de una presión militar enorme, como la que está ejerciendo Israel.

De hecho, está ocurriendo o, en buena medida, ha ocurrido ya: Israel asegura haber eliminado unos 17.000 terroristas de un total que se estimaba superior a 30.000 pero inferior a 40.000. Y la cuenta sigue creciendo.

Ya esto supone un golpe durísimo, pero además se ha eliminado una parte importantísima del arsenal de la banda; se ha detectado y destruido un porcentaje muy elevado de la inmensa red de túneles –de cientos de kilómetros de longitud, por cierto– construida durante años y que era probablemente el principal activo estratégico de Hamás; y según los expertos se han desintegrado 22 de los 24 batallones en los que estaba organizada el ‘ala militar’ de la banda.

Por si lo anterior fuese poco: se ha eliminado, entre otros, al máximo responsable de ese ‘ala militar’ y número dos de la banda en Gaza, Mohammed Deif, y también al número tres de la banda en la Franja, Marwan Issa, así como al líder en el exterior, Ismail Haniya, lo que a corto plazo puede no ser tan significativo sobre el terreno, pero a largo afectará mucho a la capacidad de los terroristas de obtener fondos y quizá a sus alianzas internacionales.

Hamás, en suma, ya no es capaz de emprender otro ataque como el del 7 de octubre y no puede inundar el sur de Israel con sus cohetes. En el mejor de los casos no podrá volver a hacer ninguna de las dos cosas nunca y, en el peor, tardará muchísimo tiempo en recuperar parte la fuerza que tenía antes de la guerra. Finalmente, es muy poco probable que una vez terminen los combates pueda controlar Gaza como la dictadura totalitaria que ha sido en los últimos 17 años.

Y esos sí eran y debían ser los objetivos principales del ejército israelí al iniciarse el conflicto.

Además, Hamás no ha logrado desatar un conflicto regional que esperaba, pues Hezbolá no ha querido asumir el riesgo de que les ocurriese lo mismo que a sus colegas en el sur e Irán tampoco se ha atrevido a ir más allá. Al menos por ahora tampoco ha conseguido que EEUU rompa con Israel –el papelón de la UE es completamente irrelevante y para ese ridículo no necesitábamos una guerra–; y mi impresión es que una vez callen las bombas los avances de cooperación y relaciones que significaron los Acuerdos de Abraham no sólo no retrocederán sino que se intensificarán.

Pero hay que ganar también la posguerra

Finalmente, lo anterior sí tiene un gran pero, al que por suerte o por desgracia todavía no hemos llegado: el resultado final de la guerra depende de que se gane también la posguerra, y por ahora Israel no parece tener un plan muy claro para ello.

Es esencial que ni Hamás ni ningún sustituto igual de malo o peor tomen el control de la Franja al término del conflicto y eso requerirá una solución más imaginativa y costosa de lo que se ha ensayado hasta el momento.

Como ya contamos en Libertad Digital algunos gazatíes aspiran a que la respuesta no llegue impuesta desde el exterior, hay también expertos que reclaman una intervención internacional liderada por países árabes y es más que probable que Israel tenga que diseñar un esquema de control y seguridad mucho más férreo no sólo en la frontera, sino en el interior de la propia Franja.

Si se logra establecer una administración funcional no controlada por terroristas y que sea capaz de canalizar las ingentes ayudas que llegarán a mejorar el bienestar de los palestinos y no a construir túneles y comprar armas, hay una posibilidad real de que esta haya sido la última guerra en mucho tiempo. Eso sería una victoria, una gran victoria, aunque nada le quitará a los israelíes ni a los que amamos ese maravilloso país el sabor terriblemente amargo del 7 de octubre y de la tortura atroz que han sufrido y están sufriendo los que llevan casi un año secuestrados por la que ha demostrado ser, sin duda, la banda terrorista más cruel, fanática y despiadada de la historia.

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