
En España la democracia tiene el mismo origen que el mundo en el cuadro de Gustave Courbet. "Yo sólo soy un hombre enamorado". Puede ser la frase de un pintor francés de la segunda mitad del XIX ante una modelo espatarrada, o de un psicópata de manual cuando la prensa empieza a rascar en los chanchullos de su mujer. La democracia estaba estupendamente, lozana como un cesto de fresas recién fotografiadas para el folleto del supermercado, hasta que un juez sumó dos y dos y vio que había algo raro en esas reuniones de la vendehumos consorte con empresarios que luego se beneficiaban, casualmente, de ayudas concedidas por el gobierno de su marido. A partir de ahí la democracia estaba en peligro, amenazada por una oscura conspiración entre periódicos digitales y jueces de ultraderecha, como el que también mantiene imputado al hermano batutas del Gran Jefe.
La democracia venezolana, sin embargo, goza de una salud envidiable, si hacemos caso a los diputados gubernamentales y aliados que acudieron allí invitados por Nicolás Maduro a certificar la victoria del oficialismo, una vez más. Se pasearon por Caracas a gastos pagados vestidos con la camiseta del PSUV y volvieron por aquí dando lecciones con el dedito enhiesto. Si viviéramos en un país normal y no en una fábrica de panderetas dirigida por un enfermo de parkinson, los diputados y cargos públicos de Sumar, Podemos, BNG y Bildu/ETA que acudieron a blanquear al carnicero lunático habrían sido obligados a dimitir en el acto, no por comunistas, sino por gilipollas. El fraude en las elecciones venezolanas es tan descarado, porque el régimen no se ha molestado lo más mínimo en disimular, que afirmar públicamente que la victoria de Maduro no sólo ha existido sino que ha sido justa es proclamar a los cuatro vientos que uno está a sueldo de la dictadura o que carece de neuronas suficientes como para limpiarse el culo sin olerse la mano después.
Habla de bulos un partido que difundió que un homosexual había sufrido una agresión brutal en la que le habían grabado la palabra "maricón" con una navaja en las nalgas. "Agentes con experiencia antiterrorista se incorporan a la investigación de la agresión homófoba de Madrid", tituló el panfleto de Escolar, hijo de Escolar, agradecido por las filtraciones del gobierno. No había agresión alguna, por supuesto. Aquelllo pasó a la historia como El Bulo del Culo, un intento tan vulgar como previsible de vincular a Madrid, probablemente una de las ciudades más tolerantes de Europa, con la homofobia. Es así siempre.
Retrocedamos a los primeros días de la pandemia. Aquellos días en los que Fernando Simón decía que se podía ir de mani sin problema y Pedro Sánchez retrasaba cualquier medida no fuera a ser que su mujer, futura presunta corrupta, se perdiera la oportunidad de dar saltitos con Irene Montero, futura benefactora de violadores. El 10 de marzo de 2020 El País publicó este titular: "Madrid se enfrenta al avance del coronavirus con una sanidad desbordada tras años de recortes del PP. La población ha crecido entre 2010 y 2018 en medio millón de personas mientras hay 3.300 profesionales sanitarios menos". Las dos cifras que daban en el titular eran mentiras muy fácilmente comprobables, y provenían de declaraciones de MeMa García, futura ministra de sanidad. Tan evidente era el embuste que tuvo que ser desmentido por Maldito Bulo, uno de los dos "verificadores" activos por aquella época (el otro era el de Ana Pastor y si alguien pensó que osarían decir algo que contradijera al gobierno yo le recomendaría cambiar la medicación). No hubo un solo político de la izquierda que no compartiera ese artículo, ni tampoco un solo pedrodista militante que dejara pasar la oportunidad de exonerar preventivamente al gobierno por lo que estaba a punto de suceder.
Podemos poner mil ejemplos similares de informaciones generalmente filtradas por el gobierno a sus medios más fieles. Todos sabemos lo que hay porque llevamos seis años de sanchismo soportando no sólo la chulería presidencial sino la obedienza canina de sus aduladores. La pregunta es: ¿qué vamos a hacer? De hecho, ¿vamos a hacer algo? La derecha gobierna en once comunidades autónomas, tiene mayoría absoluta en el senado y ostenta la alcaldía en ocho de las diez ciudades más pobladas de España. Y hasta ahora, después de que el PSOE apruebe la amnistía y el concierto, después del caso Koldo y de la imputación de la familia del presidente, lo único que han hecho han sido *chequea sus notas* ruedas de prensa.
Un personaje ridículo y minúsculo como Puigdemont arrastró a España a una crisis constitucional sin precedentes con un paquete de ideas tan pobre que había que retirar una tonelada y media de caspa antes de empezar a valorarlas, simplemente usando los recursos que tenía a su alcance: el parlamento autonómico, la tele y la prensa regional y un montón de minions dispuestos a creerse cualquier tontería antológica que les dijera. El PP acumula un poder un orden de magnitud mayor y además tiene razón, ¿por qué no hacen nada? ¿Por qué ni siquiera intentan hacer que aprobar leyes caraqueñas enloquecidas resulte por lo menos incómodo? ¿Por qué no se resisten un poquito? Sánchez y el PSOE no tienen el menor problema en usar todos los resortes de su inmenso poder para convertir España en su cortijo y la Constitución en papel higiénico de triple capa y extrema suavidad. ¿Le van a plantar cara de verdad en algún momento o habrá que conformarse con tuitear fuertecito hasta que lo prohíban también?