
El próximo 5 de noviembre está marcado en nuestros calendarios como una encrucijada que marcará el devenir de Estados Unidos y, en gran medida, del mundo, en una época especialmente compleja a nivel geopolítico, con dos guerras abiertas en Europa y Oriente Próximo, y con desafíos económicos y tecnológicos de gran relevancia. Tanto es así que vuelve a repetirse la frase que se escucha sin excepción en cada cita presidencial norteamericana: "estas son las elecciones más importantes de la historia". Pues bien, lo cierto es que la historia de la política estadounidense ha estado plagada de momentos críticos, fundamentales y fundacionales. También ha estado repleta de aciertos y errores. Así, con el fin de explorar la relevancia de la figura del presidente de Estados Unidos, doy comienzo a una serie que analizará la figura y principales hitos de los presidentes de esta república durante los siglos XX y XXI. Así, en esta primera entrega de la serie, me centro en Theodore Roosevelt y William Howard Taft.
Tanto Roosevelt (1901-1909) como Taft (1909-1913) fueron presidentes del Partido Republicano, aunque sus gobiernos presentan marcados contrastes, fruto de contextos cambiantes y de personalidades muy dispares. Sin embargo, sus propuestas de política pública resuenan con ciertos debates ideológicos e intelectuales presentes en la actualidad en el campo Demócrata y en el Republicano, con respecto a los derechos y libertades de consumidores y usuarios, sobre la necesidad de intervención gubernamental en la economía, etc. Una serie de cuestiones en las que se pueden —y deben— trazar una serie de paralelismos. A fin de cuentas, conocer la historia permite repetir aciertos y evitar errores.
Pues bien, la administración de Roosevelt estuvo marcada por un conservadurismo reformista o incluso progresista. Conocida por el Square Deal o "Trato Justo", su política buscó equilibrar las necesidades del trabajador, el empresario y el consumidor. Se trata de algo muy similar a la crisis que ha experimentado el Partido Republicano en la última década, en la que ha dejado de ser el partido de las grandes corporaciones para convertirse en el de los trabajadores; movimiento que ya ha creado toda una estela en Occidente, donde las clases más empobrecidas de la sociedad, ante el abandono de la izquierda, ha encontrado su voz escuchada por la nueva derecha.
Uno de los logros más destacables de Roosevelt fue su enfoque en la regulación de monopolios a través de la aplicación de la Ley Antimonopolio de Sherman. Es cierto que Roosevelt fue un "trust buster", pero su enfoque no era destruir grandes corporaciones por el simple hecho de ser grandes, sino garantizar que el mercado permaneciera libre y competitivo. Para Roosevelt, un monopolio que abusaba de su poder era una amenaza para la libertad económica y, en última instancia, para el sistema democrático. Su gobierno entendió que un mercado libre no puede ser controlado por unos pocos, y que la libertad empresarial va de la mano con la competencia justa. Es inevitable que estas medidas no nos sugieran otras planteadas por Donald Trump con respecto a las big tech.
De Roosevelt también es de destacar un rasgo muy característico de ciertos linajes del conservadurismo contemporáneo, de corte scrutoniano, que presta especial atención al conservacionismo. Pues bien, a Roosevelt se le criticó su intervencionismo en la regulación y preservación de parques nacionales y tierras públicas; pero estas actuaciones no iban en contra del libre mercado, sino que formaban parte de una visión a largo plazo para asegurar los recursos naturales para futuras generaciones de emprendedores y ciudadanos. Para Roosevelt, un gobierno limitado no significaba abandonar la responsabilidad de cuidar el patrimonio natural del país.
En cuanto a William Howard Taft, sucesor de Roosevelt, a menudo éste ha sido subestimado en los relatos históricos, particularmente por haber vivido a la sombra de su carismático predecesor. Sin embargo, su administración merece ser reivindicada como una época de fortalecimiento del Estado de derecho, respeto por la Constitución y la promoción del gobierno limitado.
A diferencia de Roosevelt, Taft era más cauto con respecto a la intervención gubernamental en la economía. Aunque también continuó con las acciones antimonopolio, su enfoque era más legalista y menos propenso a la espectacularidad política. Esto subraya su creencia en que el Poder Ejecutivo debe estar limitado por la ley y no por el capricho del presidente de turno, lo que encaja perfectamente con la visión conservadora de un gobierno que sirve para proteger las libertades, no para restringirlas. Esto es algo que contrasta con la deriva que ha tomado el Ejecutivo norteamericano desde hace décadas, y que consiste en el gobierno a golpe de orden ejecutiva. Algo similar a lo que sucede bajo el gobierno de Pedro Sánchez en España, que marca su ritmo y agenda a golpe de decreto.
Taft también mostró una postura clara a favor del libre mercado, trabajando para reducir aranceles y promoviendo acuerdos comerciales que beneficiaran a la economía estadounidense. Para Taft, un comercio libre y justo era la clave para la prosperidad del país, y su enfoque fiscal conservador reflejaba su convicción de que el gobierno debía ser eficiente y austero, sin imponer cargas innecesarias a los ciudadanos.
Ambos presidentes se enfrentaron a desafíos geopolíticos significativos, como los que confrontan ahora Harris o Trump, y sus respuestas definieron el papel de Estados Unidos en el escenario mundial. Roosevelt, con su famosa frase "habla suavemente y lleva un gran garrote", amplió la influencia estadounidense mediante la construcción del Canal de Panamá, una de las mayores victorias geopolíticas de su administración. Este proyecto no solo facilitó el comercio internacional, sino que consolidó a Estados Unidos como una potencia global emergente. Roosevelt entendía que el liderazgo internacional debía basarse en la fuerza, pero también en la diplomacia prudente.
Por su parte, Taft prefirió una política exterior basada en la diplomacia económica, conocida como la "diplomacia del dólar". Su enfoque era menos beligerante que el de Roosevelt, pero igualmente efectivo en la consolidación de los intereses estadounidenses en el extranjero. La postura intervencionista de Roosevelt —cristalizada en su Doctrina Monroe— que casi un siglo más tarde, y con algunas novedades, se denominaría neocon, es ahora encarnada por el afán militarista del Partido Demócrata de Harris, mientras que la diplomacia económica de Taft encuentra ciertas similitudes con la visión de Trump para una posible nueva administración republicana.
Tanto Roosevelt como Taft demostraron que la defensa de los principios conservadores —libertad de expresión, libre empresa, gobierno limitado y respeto por la vida— puede coexistir con una visión pragmática de la gobernanza en función de realidades y problemas concretos.
En tiempos actuales, donde el tamaño del gobierno y la intervención estatal vuelven a ser temas centrales en el debate político, merece la pena recordar los legados de Roosevelt y Taft. Dos visiones conservadoras con recetas de política pública diversas, pues respondieron de forma distinta a la pregunta del justo (o justificable) tamaño del Estado, pero que, no obstante, compartían un profundo respeto por la propiedad privada, el Estado de derecho y la libertad económica como claves para un país próspero y fuerte.