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La Mochila

La gente que se fue nos hace apreciar a aquellos que contra todo pronóstico decidieron quedarse.

La gente que se fue nos hace apreciar a aquellos que contra todo pronóstico decidieron quedarse.
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Acumulo muchas formas del Síndrome de Diógenes. No he llegado al nivel de salir en la prensa porque soy demasiado joven, pero dadme treinta años y veréis de lo que soy capaz. De momento me limito a atesorar toneladas de posesiones probablemente innecesarias. No es una exageración. Libros, para empezar. Varios miles, de los cuales, con suerte, he leído la mitad. Periódicos. Desde 1995 vengo guardando portadas y periódicos enteros. Originalmente, cuando el Madrid ganaba algún título. Luego, cuando sucedía algún acontecimiento histórico (11-S, 11-M, la Guerra de Irak, cosas así). Luego la selección española. Alonso ganando el mundial de Fórmula 1 y Nadal 22 Grand Slams. Los atentados de Londres y la pandemia, y un larguísimo etcétera. El resumen es que en mi altillo se apilan aproximadamente 75 kilos de historia reciente en formato árbol muerto, que arrastro en cada mudanza junto con la tonelada y media larga de libros que cogen polvo en el salón. No es como para salir en la prensa, pero sí como para hacerse preguntas.

Hay algo peor que no tirar objetos, y es no tirar gente. No me refiero al estilo yihadista o ruso; no hoy, al menos. No dejar salir a la gente de tu vida. Gente que significó algo, algo importante, profundo y real, pero que ya no quiere ser nada de eso, tal vez ni siquiera explicarte por qué. "Podemos ser amigos", pero también podemos no serlo, ser sólo recuerdos, ser somebody that I used to know. Para otra gente es sencillo, para mí, que invité a mi boda a mis novias del instituto (y vinieron), es casi misión imposible. Hay personas que se quedaron a vivir en mi cabeza sin pagar alquiler. Cualquier psicólogo, y de hecho cualquier amigo al que invitas a una cerveza para que a cambio te deje desahogarte mientras finge atención, te dirá que hay que asumir que la ausencia no priva de significado a aquello que fue y un día dejó de ser. Fácil de decir, no tanto de llevar a cabo. Durante 14 años escribí un blog increíblemente de nicho en el que básicamente contaba historias que me gustaban o me fascinaban, sin demasiadas pretensiones. En 2022 lo había abandonado porque, seamos sinceros, ¿quién sigue leyendo y escribiendo blogs en esta década? Sin embargo, alguien me convenció de que merecía la pena seguir escribiendo, aunque sólo fuera por conservar la práctica de escribir. Ese alguien desapareció de mi vida voluntariamente no mucho después, y, bueno, aquí estamos, un par de años más tarde. Hay quien opina que todo sucede por algún motivo. Everything happens for a reason y todo eso. Yo creo que no, que el sentido de las cosas es una construcción a posteriori que utilizamos para, precisamente, dotarlas de sentido. Las cosas no pasan por algo. Las cosas pasan, sin más. Y la gente también. Pero también creo que qué más da, si al final el resultado es el mismo.

Alguien dijo una vez que un amigo es alguien que es perfectamente consciente del desastre vital y catástrofe humana que eres y aun así te tiene cariño. La oscuridad nos permite valorar la luz, la tristeza nos hace ser más conscientes de la alegría y la gente que se fue nos hace apreciar a aquellos que contra todo pronóstico decidieron quedarse. El yin y el yan, la clara y la yema, la ginebra y la tónica. En el recibidor de mi casa hay veinte cajas de libros esperando un nuevo dueño, y en el altillo, donde nunca sube nadie, una carpeta con sus fotos.

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