
El siglo XX fue testigo de la consolidación de Estados Unidos como la principal potencia mundial, un ascenso marcado por dos presidencias que dejaron una huella indeleble en la política exterior, la seguridad nacional y la lucha por mantener la integridad de las instituciones estatales. Los presidentes Dwight D. Eisenhower (1953-1961) y John F. Kennedy (1961-1963), aunque diferentes en estilo y contexto, compartieron una visión común sobre un peligro que acechaba en las sombras: la creciente influencia de lo que Eisenhower denominó el "complejo militar-industrial" y, lo que más tarde sería conocido como los intentos de la creación de un deep state, una especie de gobierno paralelo. Eisenhower, republicano, y Kennedy, demócrata, provenían de partidos distintos, pero ambos tuvieron una comprensión aguda de los desafíos internos a los que se enfrentaba la nación y con los que pueden trazarse ciertos paralelismos frente al panorama actual estadounidense.
En su famoso discurso de despedida de 1961, Eisenhower advirtió al pueblo estadounidense sobre el poder creciente del complejo militar-industrial. Tras haber sido comandante supremo aliado en Europa durante la Segunda Guerra Mundial, Eisenhower conocía de primera mano la fuerza que podía acumular una industria dedicada a la guerra. Durante su mandato, Estados Unidos construyó una vasta red de fábricas, contratistas de defensa y alianzas militares, todo impulsado por la necesidad de protegerse en medio de la Guerra Fría. Sin embargo, Eisenhower reconoció que, sin una supervisión adecuada, esta colosal máquina podía volverse peligrosa.
Eisenhower describió el complejo militar-industrial como una fuerza que, si no se mantenía bajo control, podía corromper las instituciones del Gobierno y poner en riesgo la democracia misma. Lo que comenzó como un esfuerzo para defender la libertad en tiempos de guerra, corría el riesgo de convertirse en una industria que perpetuaba el conflicto para garantizar su propia supervivencia. Su advertencia fue clara: si el gobierno se convertía en rehén de estos intereses, la capacidad de tomar decisiones independientes en materia de política exterior y defensa se vería gravemente comprometida.
Este peligro y sospecha están hoy de plena actualidad en EE.UU. a cuenta de la guerra en Ucrania y principalmente en el entorno del Partido Republicano. Cada vez son más las voces críticas que se alzan denunciando que el esfuerzo económico de la guerra —cifrado ya en más de 175.000 millones de dólares— parece no ir de la mano del interés nacional sino del de unos pocos que buscan afianzar sus esferas de poder o lucrarse con el conflicto; desde grandes compañías de la industria armamentística como los grandes fondos de inversión a los que han sido encomendada la reconstrucción del país cuando cese la guerra.
Por su parte, John F. Kennedy, quien asumió la presidencia tras Eisenhower, se enfrentó a estos mismos desafíos. En los pocos años que estuvo en el poder, Kennedy se encontró luchando no solo contra las amenazas externas del comunismo, sino también contra fuerzas internas que, según algunos, intentaban consolidar su propio poder dentro de las estructuras del Estado. Uno de los casos más emblemáticos fue el fallido intento de invasión de Bahía de Cochinos en Cuba, donde Kennedy heredó un plan de la CIA que terminó en desastre. Este episodio subrayó para Kennedy la importancia de no dejar que las agencias gubernamentales actuaran sin la supervisión adecuada del poder civil.
Kennedy, en un discurso a la Asociación Americana de Editores de Periódicos, mencionó los peligros de las sociedades secretas, del secretismo gubernamental y de las decisiones tomadas en la sombra, alertando sobre la influencia de aquellos que, desde dentro del gobierno, podían buscar avanzar agendas propias. Sus palabras parecían anticipar la creciente preocupación sobre la posible existencia de una burocracia oculta que trabajaba paralelamente al gobierno elegido.
Ambos presidentes coincidieron en señalar que la principal amenaza a la soberanía de las instituciones no provenía solo del exterior, sino también del interior, particularmente de la industria armamentística. Esta poderosa maquinaria, creada inicialmente para asegurar la defensa de la nación, se podía convertir en un actor económico y político crucial, con capacidad para influir en la política gubernamental de forma que la línea entre los intereses nacionales y los intereses de las corporaciones de defensa se difuminase.
Algo similar podría decirse hoy de las principales industrias económicas, como la tecnológico-digital, cuya capacidad de influencia sobre la política y las decisiones de política pública es enorme.
No obstante, lo que resultaba de especial preocupación entonces y que también debería preocupar hoy es no tanto la capacidad de influencia y poderío económico de ciertas corporaciones como la receptividad hacia estos por parte de una estructura paraestatal, que goza de enormes presupuestos en su mayoría poco fiscalizados y están bajo el mando de personas que no se someten a procesos electorales sino a voluntades políticas. Un cuarto poder, en definitiva, con vida propia e independiente en gran medida de la voluntad del Gobierno. Un ecosistema —no necesariamente coordinado— que dice velar por los intereses del Estado incluso frente al Estado. Y mucho más contra el gobierno o la ciudadanía.
En 2016, una de las misivas de campaña de Trump fue precisamente acabar con el deep state bajo su famoso drain the swamp. Aquellas declaraciones, que sin duda condujeron a su elección, también fueron las que impidieron su reelección en 2020, pues todo ese aparato sub o paraestatal se puso en su contra desde su primer día en la Casa Blanca.
Es más, preocupa el hecho de que aquel drain the swamp ya no sea una misiva de la actual campaña de Trump. Al menos no tan explícitamente como en 2016.
El legado de Eisenhower y Kennedy es un recordatorio de que la democracia requiere vigilancia constante, no solo contra las amenazas externas, sino también contra la corrupción y la concentración de poder dentro de sus propias instituciones. Las palabras de Eisenhower sobre el complejo militar-industrial y los intentos de Kennedy por controlar a las agencias de inteligencia nos invitan a reflexionar sobre la importancia de mantener un control civil firme sobre todas las áreas del Gobierno, y de resistir los intentos de cualquier actor, interno o externo, de instrumentalizar el poder estatal para fines propios.
En un mundo donde las guerras perpetuas parecen ser la norma y donde las instituciones gubernamentales se enfrentan a desafíos internos y externos, la advertencia de estos dos presidentes no ha perdido su vigencia. Sus legados no son solo recordatorios históricos, sino también llamamientos a la acción para proteger la democracia de las fuerzas que buscan apropiarse de ella para su propio beneficio.
En nuestro tiempo, donde los avances tecnológicos y la interconexión global permiten una mayor capacidad de influencia de las corporaciones y los actores no gubernamentales, el riesgo de un "Estado dentro del Estado" persiste. Mantener el control de las instituciones, la independencia, el equilibrio de poderes y asegurarse de que no sean instrumentalizadas en beneficio de unos pocos sigue siendo una tarea fundamental para preservar la integridad democrática.
Para finalizar, baste anotar que esa instrumentalización de las instituciones se puede predicar del Estado, pero también de los partidos, que con relativa facilidad caen presos de los intereses de quienes comienzan sirviendo al partido pero terminan sirviéndose a sí mismos, capturando o instrumentalizando el mismo con fines espurios. Todo ello, naturalmente, no se circunscribe a EEUU. La tentación totalitaria anida allí donde hay democracia. En América, Europa y sí, también en España