
El precioso toro Cobradiezmos, de la ganadería de Victorino Martín, indultado por el diestro Manuel Escribano en la Maestranza en la Feria de Abril de 2016, ha muerto en una pelea a los catorce años de edad, después de haber engendrado ocho camadas y llevar una vida de verdadero "rey de la dehesa".
No todos los ganaderos alcanzan la condición de poetas como D. Álvaro Domecq, que recibió a su toro Desteñido, indultado en Jerez de la Frontera el 12 de septiembre de 1955, con una "Oda a Desteñido" en la que evocaba su condición de "señor de la dehesa": "¡Oh campos abundosos, oh toros mugidores, oh gráciles corceles corredores, oh veloces centauros, hijos de Omeyas, nietos de Almanzores! Escuchad este canto a "Desteñido", el gran señor de la bovina tropa, que ha luchado y rendido hasta ser vencedor, como el de Europa". Y concluía: "Oh Júpiter veloz, Tauro bravío, señor que vuelves por tu señorío".
Victorino Martín no es poeta, aunque escribe bien y muy claro, que se lo digan al ministro Urtasun; pero es veterinario, de manera que él mismo pudo recrearse en curar a su precioso toro de las heridas que sufrió durante su histórica lidia en la Maestranza sevillana, derrochando sin duda tanta pericia como cariño.
Cobradiezmos era un toro bellísimo, de pelo cárdeno como es habitual en su estirpe de Albaserrada, formada por el Marqués de dicho título, hermano del Conde de Santacoloma, seleccionando con virtuosismo de alquimista un lote cedido por este último en que la sangre santacolomeña se había mezclado con un determinado porcentaje de la que tenía ascendencia Saltillo. La casta de Albaserrada, mejorada y seleccionada por el genial Victorino Martín padre, es por tanto un moderno "santacoloma asaltillado": uno de los más bellos encastes del toro bravo que persisten en la actualidad.
Cobradiezmos era hijo de una vaca de la familia de las "cobradoras", de aquí su nombre, una de las más estimadas por el actual ganadero, y era tan bello, ya desde becerro, que se decía que había enamorado al ganadero en el campo, a los taurinos en la plaza, y a los visitantes de la finca en que vivía a todo plan para admiración de los visitantes a esas jornadas organizadas por Victorino y sus hijas para que todos puedan ver la regalada y ecológica vida que llevan en el campo los toros bravos.
Digamos, antes de seguir adelante, que Cobradiezmos ha muerto en una pelea con otros toros, bravos como él lo era; deducimos que en sus idílicos prados no se encontraba en condiciones de zoológico, sino en pleno etograma de toro bravo, no sólo interaccionando con vacas para cubrir, sino en manada, dirimiendo dominancias y peleando como sus genes le ordenaban cuando era necesario demostrar que se había ganado en buena lid llegar a una edad tan avanzada. Queda demostrado que Victorino no es un cuidador de toros, sino un verdadero ganadero de bravo, sin duda uno de los mejores.
Los aficionados que presenciaron su pelea, o admiraron las filmaciones de la misma, no olvidarán los surcos que el hocico del bravísimo animal iba trazando en la arena del ruedo maestrante mientras seguía de manera hipnótica los pulsos marcados por las muñecas del diestro Manuel Escribano; pocas veces se ha visto una embestida con tanta nobleza, pero detengámonos en este término tan taurino.
‘Nobleza’ es una calificación humanizada y admirativa que, en sentido exclusivamente técnico, podríamos traducir por ‘fijeza’, es decir, por la trayectoria lineal de las acometidas sin desviarse para cornear de manera lateral o para buscar el cuerpo del torero, apenas oculto por la tela de los engaños.
No se trata de la forma más eficaz de buscar cómo cornear a sus oponentes, sino de una manera ritualizada de acometer a otros toros machos en el desarrollo de sus peleas territoriales; algo parecido a lo que hacen los ciervos en la berrea.
Los ciervos empujan entrelazado las ramificaciones de sus cuernas, los toros lo hacen encajando las curvaturas de sus pitones; lo mejor desde el punto de vista evolutivo es que no se maten entre sí, sino que demuestren su superioridad como machos antes de acceder a los harenes de hembras que esperan al mejor semental.
De la selección de esta forma de conducta del toro ha derivado la evolución de las formas del toreo moderno: toros cada vez más fijos y de embestida con el hocico a ras de tierra para toreo más artístico y menos violento.
Es difícil estudiar este proceso de manera exclusivamente técnica y sin rendir culto a la parte romántica y emocional de acompaña a la lidia y posterior indulto de un toro excepcionalmente bravo y noble; su vuelta a los corrales deja un nudo en la garganta de los buenos aficionados, que ven con gozo cómo, de manera excepcional, la lidia queda desprovista de ese gusto a almendra amarga que siempre acompaña a la muerte del toro.
No sólo el indulto, también la vuelta al ruedo a un toro bravo tiene una importante carga emocional; como decía un aficionado a un turista que presenciaba atónito la gran ovación en este acontecimiento: "¿Lo entiendes? Veinte mil personas aplaudiendo a un animal muerto. ¿No, verdad?".
Tampoco parece entender estas sutilezas románticas el ministro Urtasun. Digamos, en términos de mentalidad liberal, que el ciudadano Urtasun tiene todo el derecho, ¿faltaría más?, a no ser aficionado a los toros, pero lo difícil de entender es que siendo ésta su condición, haya aceptado un cargo que le obliga a fomentar la tauromaquia y se comporte de manera diametralmente opuesta a los requerimientos del mismo, con detrimento incluso de los elementales deberes de cortesía que requiere.
De manera que Victorino Martín tiene toda la razón al pedir su cese, ya que dimitir de un cargo con tantos incentivos como el de ministro, resulta verdaderamente impensable. Si Urtasun se limitara a no actuar para la promoción de la tauromaquia podríamos hablar de desidia, pero sus actuaciones en contra de la misma necesitarían otros calificativos jurídicamente más fuertes.
Miguel del Pino, catedrático de Ciencias naturales.