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Dos orillas tiene el Hudson

En esta España secuestrada, la mejor defensa de nuestros extorsionadores consiste en que al otro lado del río nos espera un extorsionador peor.

En esta España secuestrada, la mejor defensa de nuestros extorsionadores consiste en que al otro lado del río nos espera un extorsionador peor.
Tony Soprano. | Archivo.

Uno de los acontecimientos más entretenidos de la política española en los últimos tiempos tuvo que ver con el final de una serie de televisión. Concretamente Juego de Tronos. Y si supuso un acontecimiento entretenido fue, mayormente, por la cara que dibujó en nuestros azotadores de la casta patrios, tan ciegamente adeptos a la causa comunistoide de Daenerys que no pudieron aceptar que su utopía ideológica predilecta deviniese en distopía incluso en los terrenos de la ficción. Para el Pablo Iglesias que, por aquel entonces, canalizaba sus esfuerzos revolucionarios en comportamientos tardoadolescentes como vestir camisetas de la Madre de Dragones o regalarle temporadas de la serie al Rey, aquello fue peor que una decepción. Fue un berrinche. De ahí a cortarse la coleta sólo faltó que catase un poco de poder en una vicepresidencia y descubriese definitivamente que la política, al fin y al cabo, no difiere demasiado de la vida, en general: practicarla es más difícil, cansado y aburrido que limitarse a teorizar sobre ella desde cualquier micrófono, ya sea en un escaño o en un plató.

No es de extrañar que quienes sí han demostrado madera para vivir sin inmutarse en el desencanto de sus cargos —tan bien remunerados, por otro lado— no perciban la ironía cuando leen en alto otro tipo de referencias seriéfilas que se ajustan como un guante a su inexplicada condición. Porque, más allá de lo anecdótico, que la portavoz socialista Peña saliese al paso de la querella que les ha interpuesto el PP comparando a ese partido con Los Soprano dejó en el aire un aroma como de reconocimiento implícito de un crimen compartido. Durante unos instantes curiosísimos, de hecho, pareció que estuviésemos presenciando una batalla dialéctica entre dos familias enfrentadas, cada una en una orilla del Hudson de la corrupción. Y así como en la serie Gandolfini representaba la decadencia de una Mafia que había extraviado su elegancia en algún recodo de la contemporaneidad, lo único que aciertan a decirnos ahora los satélites mediáticos del sanchismo es que la realidad política española no es bella en ningún sitio, desde luego, pero todavía menos cerca de Feijóo.

Existe otra posible lectura en todo este batiburrillo de sopranos, corruptelas y partidos, aunque dudo que la señora Peña pretendiese tirar su frase por ahí. Tiene que ver con la última escena de la serie y con ese fundido a negro repentino que disecó a Tony como el mafioso de Schrödinger: vivo y muerto a la vez. Es una imagen que describe bastante bien a este Gobierno, si se piensa un poco, pues la baza principal que garantiza su inmortalidad reside en que ya estaba muerto antes de nacer. No hay escándalo posible que pueda desestabilizar el diabólico equilibrio sobre el que descansa el colchón monclovita de Sánchez. Ni la corrupción probada que supuso la amnistía ni los presuntos amaños torrentiles que ahora cercan al PSOE tienen la capacidad de variar las fuerzas en un Parlamento que prefiere mantener al presidente demasiado débil para legislar pero lo suficientemente fuerte para resistir. Y, para más inri, en esta España secuestrada la defensa a la que se aferran nuestros extorsionadores es que al otro lado del río nos espera un extorsionador peor. Díganme ustedes si no es para escribir un mal guion.

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