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El 'sati' de la pichona

Hace meses que debió salir del palacio y contratar, con el dinero heredado de su padre, un buen abogado que vele por sus exclusivos intereses.

Hace meses que debió salir del palacio y contratar, con el dinero heredado de su padre, un buen abogado que vele por sus exclusivos intereses.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (3i), junto a su esposa Begoña Gómez (2i), durante un encuentro con el gobernador del Estado de Maharashtra, Shri C.P. Radhakrishnan (3i), en la residencia oficial del gobernador, en Bombay este martes. | EFE/Moncloa/Fernando Calvo

Y cuando parecía que Errejón atraería todos los focos, nuevas cuitas procesales le amargan la existencia a la esposa del presidente. Para una vez que se veía como lady Di, ejerciendo de primera dama, haciendo labor social, rebosando solidaridad, derramando lisura y dejando aromas de mixtura, va el juez Peinado, ropón cenizo donde los haya, y le agua la tournée. Ni atender a los pobres le dejan.

Y lo mejor de lo bien que la han tratado a ella es el contraste con la pobre recepción que le han ofrecido a su marido. Los indios, otrora profesionales de la adulación, ni lisonjear saben ya. Para agasajar cómo merece un líder mundial de la estatura de nuestro pibón, en vez de subirlo a una furgo adornada aprisa y corriendo como si fuera una carroza de cabalgata de Reyes, deberían haberle encaramado a un elefante blanco, vestido con sedas estampadas en oro, elaboradas especialmente para la ocasión con metal traído adrede desde Venezuela. El proboscidio habría barritado al unísono con la muchedumbre, agradeciendo con ella la merced de tan ilustre visita. Que esa es otra, que siendo la India el país más poblado de la tierra, ya podía haber ido más gente a recibir al marajá de todas las Españas. Los que flanqueaban las calles apenas igualaban a los que fueron a Ferraz a suplicar que Sánchez no les dimitiera y que no llegaron siquiera a ser tantos como cargos dependen de que él siga.

Pero, paradójicamente, por mucho coraje que dé que a nuestro bondadoso conducator no le reciban con unapompa proporcional a su talla y a su mujer en cambio le brinden cortesías dignas de una reina, resulta que a quien le espera el destino más cruel no es a él, sino a ella. El doncel acabará en la cárcel jugando al gua con Aldama o más probablemente en la República Dominicana, ahorcándole el seis doble a Zapatero. En cambio, ella terminará vendada en un sari de color lapislázuli, arrojada a la pira donde se quemará su marido en efigie. Lo de menos será que tenga, como la mujer de Bárcenas, que apurar el cáliz del ingreso en prisión, con sus vejaciones y desnudeces. Lo insoportable será el oprobio público, los insultos soeces, los chistes a su costa, las risotadas machistas. Y todo por conservar durante unos meses las efímeras prebendas de La Moncloa. Porque, aunque no sea tan inocente como las mujeres hindúes obligadas a consumar el sati, no es tan culpable como para haberse hecho acreedora de arder en la hoguera que a la venalidad de su marido se le está poco a poco levantando. Hace meses que debió salir del palacio y contratar, con el dinero heredado de su padre, un buen abogado que vele por sus exclusivos intereses. Y a lo mejor, así se libraba. Ojalá los indios le hubieran mostrado un sati real para que hubiera visto en vivo y en directo lo que le espera. Con su marido dictándole los pasos y Antonio Camacho defendiéndola, ya ha comprobado que sólo va a hacer el ridículo, además de garantizarse una condena. Todavía está a tiempo de huir.

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