
Ahora, como tantas otras veces, los que sufren quieren tener cerca a la Guardia Civil, al Ejército, a la Policía nacional y local, a Protección Civil o a los voluntarios que siempre saben liderar los momentos en los que cualquiera se queda inmóvil o hace lo contrario de lo conveniente.
Las tragedias como las que nos deja esta criminal DANA de otoño requieren de líderes que den pasos ordenados y eficaces. Personas formadas, con capacidad de reacción inmediata y facilidad para formar equipos competentes. Y luego están, también como siempre, los que ponen las cosas difíciles con apariencia de gestión.
Si se trata de entorpecer políticas fiscales ventajosas para el ciudadano, el gobierno central socialista tendrá siempre a punto todas las alertas, pero cuando vienen mal dadas de verdad lo más socorrido suele ser recurrir a la plena autonomía de las regiones. La desgracia es cosa tuya, querido vecino. Ante una catástrofe, el papel del figurín de La Moncloa se reduce a aparecer demudado abrazando virtualmente a las familias. Ya ha pasado antes: una visita en helicóptero para sobrevolar montes calcinados o tierras anegadas, unas gafas de sol y unos auriculares con la consiguiente puesta en escena cinematográfica. Por no recordar la pandemia: boquita apretada y mandíbulas encajadas. En resumen, autonomía plena a las comunidades si toca sufrir y centralidad cuando es hora de presumir o reprender al prójimo, normalmente a toro pasado.
Ya hemos visto demasiadas veces escenas similares de diputados en pie guardando un minuto de silencio, que en algunos casos debería extenderse a un mes, un año o para siempre, como homenaje vacío y estéril previo a la pendencia carroñera habitual. Pero mientras un militar, un guardia civil o un vecino corajudo tragan barro para encontrar una mano que pide socorro desde algún agujero, otros hacen cuentas por si el presidente de la Comunidad Valenciana, Carlos Mazón, hubiera errado el cálculo de la tragedia. ¡Si el PP hundió un petrolero!
Tiempo habrá de analizar apariciones como la de Emiliano García Page, el bueno; Page el díscolo socialista, el ecuánime, fingiendo concordia pero entrando al trapo de los bulos y centrando el problema en si Carlos Mazón disolvió la UME valenciana, llamada UVE. Tiempo habrá también de comprender si el PP vuelve a equivocarse al presentar al manchego como aliado. En el terreno ahora toca trabajar con urgencia ordenada y, como sí está haciendo con acierto el PP, enviar todos los medios de los que dispone gracias a su extensa administración autonómica.
Cuando la vida esté a salvo y los muertos honrados, habrá que analizar si la DANA de octubre de 2024 se ha abordado correctamente como emergencia de interés nacional, tal y como está previsto en las diversas normas que regulan el Sistema Nacional de Protección Civil. Nadie debería librarse del escrutinio.
Los que mandan en la ecología
Sobran en estas tragedias los de la doble vida de acoso nocturno, los de las mascarillas con margen, los de los rescates con comisión o los de las cátedras sin carrera. Pero también sobran los que llenan de normas el monte sin saber lo que es el monte, los que dicen luchar contra el fuego llenando el campo de yesca que los vecinos no pueden aprovechar, los que "conservan" los ríos y sus cauces permitiendo que la naturaleza se los coma convirtiéndolos en diques letales en caso de riada.
¿Pero la naturaleza no era sabia? Claro, y el ser humano era parte de esa naturaleza, la parte más inteligente, antes de mutar en especie política incompetente. Hoy sólo son ecología las abejas y los linces. El ser humano es un agente destructor, casi como la peste que erradicó. Sobran, y mucho, los que no saben pero mandan. No sólo en España, por supuesto. Por cierto, ¿dónde estaba y qué ha hecho la ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera?
Nos dicen que el ser humano —sobre todo, el populacho que no alcanza a comprender a los líderes que viajan en avión privado para salvarnos— es culpable de todo, de los terremotos, volcanes, tsunamis y huracanes. Dentro de poco cambiaremos la corriente del Golfo o el jet stream y hasta las tormentas solares, ese astro que está a unos 150 millones de kilómetros de nosotros, poco más de 8 minutos viajando a la velocidad de la luz —o eso dicen— y en cuyo interior, si fuera hueco, cabrían 1,3 millones de planetas Tierra. Igual, con lo malintencionados que somos hasta lo apagamos como quien mea en un rescoldo. ¡Cuán poderoso es el ser humano y qué débil el planeta y hasta la galaxia que lo alberga! Cuánta estupidez…
Si cambia el clima… nos aclimataremos como viene siendo habitual en la evolución. O moriremos en el intento como tantas veces. Pero no seremos culpables más que de nuestros errores en esa adaptación. Otra cosa es que se pongan los medios para que lo que sucederá inevitablemente, no mate a tanta gente. Eso es lo que en momentos como este resulta urgente.
Podemos ayudarnos a mejorar, ensuciar menos —física e intelectualmente—, comer mejor y en todas partes del mundo, vivir más tiempo y hasta morir sin sufrir demasiado. A las abejas no les importará y al sol tampoco. Y los montes estarán limpios porque a los que allí viven les gustan limpios, ¡qué cosas! Y los ríos y sus cauces no serán preciosos diques, como esos que hace el castor, tan respetable pese a lo dañino de sus ecológicas represas. Un edificio puede ser tan natural —y desde luego, tan digno— como una colmena, porque está hecha por un ser vivo con sus propios medios. Sólo hay que construirla con sentido común, de forma sólida y en el sitio indicado.
Paradójicamente se prohíbe construir donde se podría vivir y se permite hacerlo donde es fácil morir. ¿Por qué? Porque abunda el inútil con capacidad normativa. Tan sencillo como dramático. Empecemos por confiar en las personas que saben lo que hacen y que tendrán la obligación de diseñar la reconstrucción de lo devastado pensando en evitar futuras desgracias y la machacona repetición de errores. Ramblas, vaguadas y torrenteras dan incluso nombre a muchas calles o vías… y nos avisan ya de potenciales peligros.
Se ha hablado mucho de la infraestructura hidrológica de los años 60, que algunos detestan por el hecho de haber dependido de Franco. En Libertad Digital fuimos los primeros en publicar que gracias al desvío del río Turia hacia el sur la capital valenciana se ha librado del horror. En 1957 una brutal tormenta de otoño —una vez más, una amenaza natural cíclica— desencadenó una riada que dejó más de 80 muertos a su paso. En 1958, un año después, comenzaron las obras como respuesta directa a un problema.
Si los breves de sesera con sueldo público desprecian los ingenios por haber sido ideados en un régimen determinado, deberíamos prohibirles usar agua corriente, conducir por carreteras o llamar a un abogado. O visitar las pirámides de Egipto. Hay mucho imbécil por metro cuadrado, mucho.
Después de los rescates y del aseguramiento de la población y sus suministros básicos, a corto plazo llega la hora de la ingeniería militar y de esos puentes Bailey que ya demostraron su utilidad el año pasado en las inundaciones de Aldea del Fresno en Madrid. Se usan con éxito desde la II Guerra Mundial y se caracterizan por su sencillez de montaje, poco peso y fácil transporte. Siempre podremos contar con gente que sabe y que está deseando ayudar. Sólo es necesario que se aparten los inútiles. La ministra de Defensa, Margarita Robles, parece que no se decide en qué lado quiere estar. Pronto se sabrá.
Carlos Mazón ha prometido que destinará dinero a la reconstrucción material "sin burocracia ni papeleos", o sea, con los trámites justos para que llegue a quien debe llegar, sin koldos, sin aldamas, sin mordidas. Celebramos que lo diga. Vigilaremos que lo cumpla. No sabemos dónde estará el Gobierno central porque sus antecedentes nos obligan a abandonar toda esperanza pero también, a levantar acta detallada de todo lo sucedido para pedir cuentas tan pronto como sea posible.
Y confiaremos siempre en los que ayudan de verdad y en los que saben, que son los que al final nos salvarán de la mayoría de las desgracias que tengan remedio. Líbrenos Dios del resto.
Descanse en paz los muertos y reconstruyamos con cabeza sin que nadie quede abandonado.