
A mí me habían dicho que existe una corriente reaccionaria internacional peligrosísima y que corremos el riesgo de que nos arrastre hacia las profundidades del mal si nos descuidamos un poco. Cada cierto tiempo, el mensaje se repite. Los bárbaros ya están aquí, se han colado por las rendijas del sistema y amenazan con reventarlo todo. Peligran nuestros derechos. Peligran nuestras libertades. Peligra nuestro bienestar. Es necesario hacerles frente en las trincheras: destapar sus mentiras, levantar un muro, expulsarlos del debate público. La democracia que nos hemos dado lo merece.
La cosa sería menos confusa si quienes denuncian con más ahínco esas malas artes y esos turbios objetivos antidemocráticos no fuesen los primeros en utilizarlas en favor de los suyos propios. Así que lo que queda, para quienes necesitamos orientarnos, son los hechos.
Yo he visto, en lo peor de la tragedia de la DANA, a un Gobierno ineficaz y a un sistema haciendo aguas por todas partes. Y a quienes más se llenan la boca con la palabra democracia servirse de ella en cuanto han podido para blindar sus privilegios. Los he visto votar para garantizarse el control de la televisión pública, por ejemplo, el mismo día en que en Valencia flotaban los muertos. Y salir de la votación y no sentir la misma urgencia por utilizar absolutamente todos los recursos del Estado en ayudar a quienes acababan de perderlo todo.
Simultáneamente, también he visto a grupos de chavales movilizarse en redes. Y a cuentas que no ocultan su ideología dejando su ideología atrás porque lo prioritario eran los valencianos. He visto a gente de toda España organizándose con más ímpetu y menos intereses cruzados que quienes cobran de nuestros impuestos y tienen más recursos para hacerlo. Les he visto acumular alimentos y agua. Y proyectar planes logísticos complejos para tratar de hacérselo llegar a quienes, cuatro días después, seguían abandonados.
He visto todavía más. He presenciado mensajes alucinantes advirtiendo a quienes pedían agua en sus balcones que tuviesen cuidado, no fuese a ser que ese agua que les llegaba viniese de los bárbaros. Y a los propios desahuciados tener que gastar energía en recordarles que el agua difícilmente tiene color, pero que encontrárselo en una situación así es de estar absolutamente enfermo de ideología.
El domingo vi al Rey, que no necesita nuestros votos, demostrar más coraje y empatía con las víctimas que quien sí los necesita. Y el lunes tuve que leer cientos de mensajes tratando de trasladar la idea de que la violencia contra Sánchez fue una cosa organizada exclusivamente por neonazis y no la espontánea reacción esperable de quienes, en mitad del desamparo, se han sentido también insultados.
Es una estrategia de comunicación arriesgada, ciertamente. Al fin y al cabo yo soy un liberalio más, uno de esos defensores del Estado de derecho a quienes no pocos indignados de la derechita valiente no dudarían en tildar de maricomplejín o "extremo centro acobardado". E incluso yo he podido ver que, si compramos el relato que nos dice que todos los que atacaron a la impoluta comitiva de "defensores de nuestra democracia" eran bárbaros y neonazis haciendo cosas de bárbaros y de neonazis, entonces nuestros bárbaros y neonazis, con sus escobas en la mano y sus botas llenas de barro, están haciendo más por el bienestar de la ciudadanía que nuestros "demócratas".