
El dictadorzuelo de La Moncloa está débil. Negarlo sería una majadería. Lo real es lo real. No lo ocultemos con ideología. Engaño. Las declaraciones del imputado Aldama al juez son tan creíbles que lo han puesto en la calle. Hagámonos los ingenuos. Siempre es bueno para pensar. Estamos ante dos relatos enfrentados: el de Aldama contra Sánchez. Ojalá sea así. Sé muy bien que la denuncia de Aldama es creíble y la del otro filfa. Sabemos hace mucho tiempo, porque así lo hemos estudiado, investigado y razonado, que Sánchez no tiene legitimidad alguna para seguir en La Moncloa. Pero nadie pierda la referencia de dónde estamos y cómo podemos salir de aquí. No confundamos la ingenuidad con la infantil inocencia. Sospecho que nos tocará aguantar todavía mucho tiempo hasta que esto reviente por alguna parte. Nadie eluda su responsabilidad intelectual diciendo que tenemos el gobierno que nos merecemos, que malo es Sánchez pero peor es el populacho… Todo eso son abstracciones, generalidades, engaños para no abordar el debate trágico de España: la fuerza de la razón contra las "verdades" de hecho.
Mientras que la razón está de parte de Aldama, de un delincuente, el poder, el gran engaño, está en las manos de Sánchez. Verdades de razón contra "verdades" de hecho. El Derecho tiene la razón, pero, ay, la "Justicia" está todavía en poder de Sánchez, sencillamente, porque este, como el personaje de Platón, en el primer libro de La República, ha dicho "lo justo es lo que conviene o complace al más fuerte". Aldama contra Trasímaco. Las espadas están todavía en alto. La situación política y, por supuesto, penal de España es mucho más complicada, de lo que algunos creen.
Sánchez aún tiene poder, mucho poder, para salvarse de ser imputado, procesado y, quizá, encarcelado por el mundo del Derecho. Cierto que muchos cortafuegos, casi todos los que había puesto desde que llegó al poder, han saltado por los aires la semana pasada. Todas las tramas de la corrupción, más de seis, que investigan los jueces parecen terminar, o quizá empezar, en él. Las sospechas de que Sánchez pudieran estar implicado en todas ellas son razonables… Pero el poder aún está en sus manos y el de sus cómplices. No me refiero al poder de represión física y moral contra todos los españoles por considerarnos súbditos, esclavos y dependientes de todas sus tropelías. Ni siquiera le hará falta utilizar los aparatos de represión física del Estado contra los "ciudadanos", porque nadie saldrá a protestar, menos aún habrá algún tipo de revuelta en los alrededores del palacio de La Moncloa para indicarle que convoque elecciones. Su control de las masas no es infinito, pero es efectivo: a Sánchez pertenecen ciento de periódicos, radios, televisiones, broncanos, decanos, rectores y toda la gentuza que dirige los aparatos de represión intelectual del Estado y su extensiones en la sociedad. Eso por no referirme a los fulanos del dinero, los grandes banqueros y la potentes empresas siempre dispuestas a apoyar al que tiene la vara de mando.
Sí, el poder de Sánchez sigue siendo fuerte y lo ejerce con delectación. Sus asideros son múltiples; aparte de los mencionados en todos los ámbitos de la ideología y del conocimiento, están los propiamente los políticos, o sea, los asesinos exetarras, los separatistas, los comunistas y toda esa gente que niega la nación española jamás cuestionarán su poder. Todos ellos han tomado el Estado y seguirán ahí hasta el fin de los tiempos con el rollo ese de que hubo una vez unas elecciones que los "legitima". ¡Qué descaro! ¡Qué vergüenza! No ganaron nada y, además, son zafios y rastreros en sus narrativas para defender cínicamente la democracia que destruyen. Por esta parte de la "política", nadie espere nada; el bloque de poder no lo romperá nadie…¿Quizá lo haga la Oposición? Quizá. Pero, ay, si no lo ha conseguido ya, después de lo que sabe el mundo entero sobre las dependencias del gobierno de Sánchez de la dictadura de Venezuela, no creo que lo consiga en breve a no ser que recurra a la ayuda internacional, aunque la experiencia de presión para que no nombrarán vicepresidenta de la Comisión de la UE a Ribera, ni más ni menos que la vicepresidenta del propio Ejecutivo de Sánchez, ha devenido un fracaso absoluto. De todo esto, en mi opinión, la enseñanza más terrible y dura que podemos sacar los españoles decentes es muy sencilla: esto no es una democracia. Que los españoles de bien tengamos que recurrir, como los venezolanos, los cubanos y todos los ciudadanos que viven en terribles dictaduras, al exterior, a otros países para que nos ayuden, prueban que esto es cualquier cosa, sí, salvo una democracia.
Tengo la sensación de que muy pronto los españoles honrados gritaremos con desesperación: ¡No nos abandonen! ¡Vengan, necesitamos ayuda, para liberarnos del que han puesto en la Moncloa las fuerzas del mal! Sí, sí, tendremos que mirar otra vez a los burócratas de Bruselas para pedirles auxilio, aunque sospecho que tampoco nos harán caso. El caso de Ribera ha mostrado que España, la dictadura blanda, o mejor, democradura de España, puede ser soportada por la UE. He ahí reflejada la tragedia de Europa.
No espero mucho, pues, de esta Oposición ni tampoco de la ayuda extranjera. Tenemos que ser muy realistas y reconocer que Sánchez, repito, tiene poder, mucho poder, para tener sometida y en un puño a la mayoría de los españoles, siempre tan acobardada como torpona, cuando el poderoso enseña el palo. ¡Pobres, españoles, siempre tan sufridos y pendientes de llenar la andorga! Sánchez tiene tanto poder que ya ha dictado por tierra, mar y aire, como Trasímaco, qué es la Justicia: es lo que lo dice el poderoso, o sea él. Ahí, exactamente ahí, se sitúa el debate sobre España: o los jueces, el Derecho, ese saber que da razón —con fuerza apodíctica— de los hechos, es decir, de los delitos cometidos por el poderoso, o la palabra "justicia" queda reducida a un mero sonido, vacío de sentido. En fin, si gana Trasímaco, por un lado, los españoles se despedirán definitivamente de la democracia, y, por otro, los señores jueces nunca volverán hablar con dignidad del Derecho, porque lo habrán reducido a mera ley, ésta puede ser injusta pero el Derecho nunca. Sería una contradicción