Si el latrocinio en el seno del propio Gobierno y el asalto de las instituciones no nos diesen una idea bastante ajustada de la falta de respeto que Pedro Sánchez y su banda de ministros –llamarles Consejo constituye una terrible exageración– siente por la democracia, su recurrente negativa a ofrecer unas mínimas explicaciones sería también la medida perfecta de la falta de respeto con la que trata a los ciudadanos que es obvio que desprecia.
Decimos esto porque, por mucho que con este Gobierno nos hayamos acostumbrado a prácticamente todo, hay que seguir denunciando la actitud que mantiene su portavoz en las ruedas de prensa en Moncloa.
Una denuncia que, por supuesto, no es a una Pilar Alegría que se limita a reproducir de forma torpe las consignas pergeñadas con anterioridad y que es evidente que tiene tan poca autonomía como dignidad: semana tras semana se arrastra por el fango de la manipulación y los bulos de una forma lamentable, ocultando, mintiendo descaradamente y con una fingida convicción que haría morirse de vergüenza al mismísimo Pinocho.
Pero la culpa, insistimos, no es de una ministra sin personalidad ni relevancia política alguna que se limita a ser la patética voz de su amo: es de Pedro Sánchez y sus estrategas, que están embarcados en una huida hacia delante que nos lleva a todos al precipicio democrático. No puede ser, no es tolerable en una democracia, que el Gobierno se niegue a responder a preguntas tan sencillas y pertinentes como si una empleada de Moncloa pagada con dinero público trabajaba para los negocios privados de Begoña Gómez.
La pregunta, que los periodistas han hecho este jueves a Pilar Alegría hasta en tres ocasiones, sólo tiene dos posibles respuestas: sí o no. Y un sí debería implicar la dimisión irrevocable del presidente del Gobierno. Como también debería tener esa consecuencia el hecho de que una administración socialista crease un puesto específico e innecesario para contratar a su hermano, que no tenía otro mérito que su vínculo con el por aquel entonces líder del PSOE.
Desgraciadamente para Pilar Alegría, hasta para cubrirte del fango de la mentira sistemática y la falta de respeto de la ciudadanía hay que tener cierta agilidad mental y dialéctica de las que está claro que la portavoz carece: sólo eso explica que se le haya ocurrido –o más probablemente que haya aceptado– comparar el caso de David Sánchez y el de Begoña Gómez señalando lo que ha calificado como "sospechosas similitudes" entre uno y otro.
La idea y el término son disparatados, para empezar porque pocas cosas más sospechosas que los casos de la mujer y el hermano de Pedro Sánchez, aunque lo cierto es que ya se manejan más certezas que sospechas; y para seguir porque, efectivamente, entre ambos hay similitudes, sobre todo una: que los dos se han beneficiado de su vínculo con el presidente del Gobierno mucho más allá de lo que sería aceptable moral y políticamente y, probablemente, de lo que permiten las leyes.