
Nunca entendí aquello de que en el amor y en la guerra todo vale. Sobre todo porque, puestos a quedar en un sitio a una hora para matarnos —y lo que sea que se haga en las guerras—, lo mínimo es acudir sabiendo que se puede sobrevivir en base a unas normas que así lo permitan. Con esto no quiero decir que en un principio en las guerras —en el amor no lo sabré hasta que consiga datos— la cosa no fuese algo así como una estampida de acciones y reacciones impulsivas sin orden ni concierto. Pero creo entender que la Historia me da la razón si reparamos en que con el paso del tiempo hubo que convenir una serie de protocolos de conducta escritos y no escritos; e incluso desarrollar toda una industria de tribunales internacionales y de revistas del corazón que pudiesen dirimir en qué medida valió la pena salir de casa a la intemperie para acribillar o ser acribillado.
En cualquier caso, es una frase que tiene predicamento. Y tanto lo tiene que el devenir del sanchismo en el último año no se entiende si no es por ella. Pensémoslo bien. De la carta desgarrada a su esposa imputada a la bunkerización belicista del PSOE en su Congreso sevillano todo ha sido para Sánchez un ir y venir de las trincheras del amor a las trincheras de la guerra. O, lo que es lo mismo, un voy para allá que voy viniendo del vale todo al todo vale, que voy muriendo.
Es de suponer que el mecanismo mental que le habrá hecho abrazar desesperadamente semejante estrategia es el mismo que ha operado en la mente de Joe Biden cuando, a la hora de explicar su decisión de indultar a su hijo, ha pedido comprensión proclamándose padre y presidente. Algo que tendría sentido si no fuera porque no lo tiene desde tiempos, por lo menos, de Guzmán el Bueno. Y no es que yo diga que los presidentes de hoy deban arrojar la ley como si fuese una daga desde lo alto de las murallas de Tarifa para ajusticiar a cada allegado suyo que se vea de repente llamado al banquillo. Las democracias lo bueno que tienen es que en ellas debería operar la presunción de inocencia y la legítima defensa hasta para quienes cargan en su parentesco con la sospecha que siempre acompaña a los políticos. Pero lo que tampoco se ha tolerado nunca, mucho menos en tiempos de guerra, es rendir una plaza que es de todos por el capricho de uno solo y pretender que ese solo salga airoso bajo el pretexto de que el corazón tiene razones que la razón no entiende.