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El PSOE dinamita el consenso constitucional: pisamos 'terra incognita'

Zapatero enmendaría Suresnes, rompería los viejos consensos de la Transición y se presentaría como un nieto de la Guerra antes que como un hijo de la democracia.

Zapatero enmendaría Suresnes, rompería los viejos consensos de la Transición y se presentaría como un nieto de la Guerra antes que como un hijo de la democracia.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. | Europa Press

El editorial de El País del 29 de septiembre de 2016 se refería a Pedro Sánchez como "un insensato sin escrúpulos" y clamaba por un congreso extraordinario que lo apartara urgentemente del liderazgo del PSOE. De lo contrario, decía el diario de Prisa, el destino del partido era "la destrucción a la vista de todos". Antonio Caño, director del periódico durante aquellos días, reconoce hoy que Sánchez ha supuesto "un punto y final" en la historia del PSOE y que en algún momento intentará "una refundación". Y algo muy parecido a una refundación ha ocurrido en el 41 Congreso Federal. Retórica guerracivilista, mesianismo redentor ("hay que salvar a la humanidad de las derechas") y un inquietante culto al líder. Y si la refundación del partido socialista se consuma el uno de diciembre de 2024, cabe situar el inicio del proceso el 23 de julio del año 2000, fecha en la que José Luis Rodríguez Zapatero es elegido secretario general del PSOE contra todo pronóstico. Cristina Alberdi abandonaría el partido tres años después tras acusar a la nueva dirección de "dar alas al nacionalismo". Sería la primera de un interminable goteo de bajas. Rodríguez Zapatero, ya presidente del Gobierno, enmendaría Suresnes, rompería los viejos consensos de la Transición y se presentaría ante la opinión pública como un nieto de la Guerra antes que como un hijo de la democracia.

La quiebra moral —y orgánica— del PSOE se produjo antes donde antes se traicionaron los principios: en Cataluña y el País Vasco. De tal suerte que Ciutadans nacería como consecuencia de la abdicación del PSC frente al nacionalismo catalán y UPyD sería la respuesta de la intelectualidad progresista vasca (Savater, Mikel Buesa, Martínez Gorriarán, Iñaki Ezkerra) a la sumisión del PSE ante el nacionalismo vasco. Al frente de la nueva formación, Rosa Díez, miembro del partido socialista desde 1977. El distanciamiento emocional con el PSOE de cada vez más figuras históricas ya no cesaría. Valgan los ejemplos de los exministros Joaquín Almunia, Virgilio Zapatero, Josep Borrell, Julián García Vargas, José Barrionuevo, Jordi Sevilla, José Luis Corcuera, Ramón Jáuregui, o Rosa Conde y Matilde Fernández, primeras ministras de la democracia. También, por supuesto, el difunto Rubalcaba y la que fuera su mano derecha, Elena Valenciano. Y expresidentes autonómicos como Rodríguez de la Borbolla, Susana Díaz (Andalucía), Javier Fernández (Asturias), Rodríguez Ibarra (Extremadura), José María Barreda (Castilla-La Mancha) o María Antonia Martínez (Murcia, primera presidenta autonómica en España); y el expresidente del Senado Juan José Laborda, y Juan Barranco, quien fuera alcalde de Madrid, y Soraya Rodríguez, exportavoz parlamentaria. Paco Vázquez, histórico alcalde de La Coruña y embajador en El Vaticano, abandonó el partido "horrorizado". Leguina y Redondo Terreros fueron recientemente purgados. Felipe y Guerra, arquitectos del socialismo contemporáneo, viven extramuros del PSOE, y la militancia de Page y Lambán es ya únicamente formal. Probablemente no haya precedentes de nada parecido en ninguna otra formación política en Europa. El listado de críticos con la deriva del partido es descomunal, sin suscitar esto la más mínima autocrítica. Sánchez camina sobre ruinas. Cándido Méndez, ex secretario General de la UGT, le suplicaba hace algunas semanas que renunciara a la secretaría general. César Antonio Molina, exministro de Cultura con Zapatero, se ha referido a él como "un autócrata"; Tomás Gómez, antiguo líder de los socialistas madrileños, lo describe como "un inmoral". Ignacio Varela, quien fuera cerebro de la estrategia electoral socialista durante 35 años y subdirector del gabinete de Felipe González, diagnostica el sanchismo como "una forma singularmente turbia y obscena de ejercer el poder". Y Juan Luis Cebrián, fundador de El País y presidente honorífico del periódico hasta su reciente defenestración, admite que dos décadas de deriva socialista "han acabado con el consenso constitucional". Pisamos terra incógnita.

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