
Si Churchill contemplara los abscesos, pústulas y llagas que empieza a presentar el macilento cuerpo del sanchismo, diría que no son el final, ni siquiera el principio del final, pero quizá sí sean el final del principio. Los síntomas son apenas visibles, pero están ahí para ser identificados por cualquier observador atento.
Lobato no fue defenestrado por falta de tirón electoral. De hecho, el Pepiño Blanco boy que le va a suceder tiene aún menos carisma. Fue purgado por desleal, por acudir al notario a dejar constancia de su inocencia en el delito de revelación de secretos cuando se filtró el correo que el abogado del novio de Ayuso cruzó con el fiscal del caso. No acudió a la notaría cuando le llegó el mensaje, sino en noviembre, cuando olfateó el hedor a cadaverina en Ferraz. Que aceptara continuar como senador autonómico a cambio de no luchar por el liderazgo en Madrid tan sólo quiere decir que se reserva para combatir por él desde la mejor posición posible cuando las condiciones lo permitan.
Sánchez adelantó el Congreso del partido para hacer cambios profundos en la cúpula. Y tenía pensado aprovechar la marcha de Teresa Ribera para hacer una profunda crisis de Gobierno. Con ambos golpes de efecto esperaba dar un empujón a la legislatura. Nada de eso pudo hacer porque se vio obligado a confirmar a Santos Cerdán para no dar la impresión de que lo castigaba por su conexión con la trama Koldo. Al Gobierno no incorporó a nadie de campanillas porque seguramente nadie con nombre ha querido embarrarlo calentando una butaca de su Consejo de Ministros.
Junts barrunta que se acerca el final y trata de sacar todo lo que pueda antes de ir a las urnas y no dará un voto más a Sánchez antes de que éste haya cumplido todas sus promesas, la mayoría de las cuales no está en su mano honrar. Y hasta los escaños de Podemos, donde nunca ha sobrado el olfato, ha llegado la peste a muerto y se niegan a seguir colaborando con el Gobierno.
Es cierto que todos estos movimientos están protagonizados por políticos, que son volubles y pueden cambiar de actitud apenas atisben que el viento rola unos pocos grados. Pero, otra cosa son los altos funcionarios. Fernando Galindo fue puesto al frente de sus compañeros letrados en el Congreso para santificar los disparates jurídicos que el Gobierno necesitara perpetrar con el fin de contentar a sus socios separatistas. Y eso es lo que hizo con la amnistía, groseramente inconstitucional y palmariamente inmoral. Pero, ahora va y dice que la proposición no de ley de Junts por la que insta al presidente del Gobierno a presentar una cuestión de confianza es perfectamente legal. Claro que lo es, pero podría haber argumentado que no puede darse la apariencia de que el presidente del Gobierno está obligado presentar la cuestión cuando la Constitución lo considera una exclusiva prerrogativa suya. No habría extrañado, pues cosas peores ha defendido este letrado por proteger al Gobierno de Sánchez. El caso es que, en las actuales circunstancias, ha preferido que la decisión de inadmitir la proposición y ahorrarle al Gobierno el bochorno la tome la Mesa por un ucase de ordeno y mando en vez de mancharse él las manos con razones de leguleyo de tercera. Sintomático.