
Uno de los momentos más difíciles de la vida de cualquier persona llega cuando hay que definir la propia vocación. Habitualmente no se hace fijando desde muy temprano un objetivo, sino que se van haciendo renuncias procurando dejarse abiertas cuántas más puertas, mejor. Sin embargo, llega un momento en que hay que decidirse, renunciar a todo y concentrar el esfuerzo en lo que uno quiere hacer y ser. A veces, las disyuntivas son de lo más vulgar, como ocurre cuando hay que optar entre ser médico o ingeniero, fontanero o electricista y abogado o economista. Sin embargo, algunas veces las vocaciones que se disputan la voluntad del sujeto son sorprendentemente dispares como cuando uno se ve obligado a elegir entre ser poeta o administrativo de banca, viajero o promotor inmobiliario y piloto de líneas aéreas o agricultor. En todas esas ocasiones en que uno ha tenido que elegir, siempre acaba uno por preguntarse al cabo de los años qué tal le habría ido si hubiera optado por el otro camino.
Si el investigado fiscal general del Estado se vio alguna vez en una encrucijada similar y se encontró dudando entre seguir su vocación de servir en el Ministerio Público u otra profesión u oficio diferente es algo que él y sus allegados sabrán. Lo chocante de la situación actual es que, si la alternativa que le ofreció el destino fue la de dedicarse a la delincuencia, es obvio que debió decidirse por esta última. Si ya entonces quiso que, fuera cual fuera la elección profesional, la compaginaría con su ideología socialista, habría tenido una razón más para decantarse por la profesión de malhechor, pues en el gremio encontraría abundante cantidad de correligionarios con los que hacer pandilla.
La UCO ha descubierto que el Fiscal General del Estado, en previsión de que su móvil fuera incautado y clonado, ha borrado todos los mensajes que allí hubiera. La letal guadaña supresora no ha respetado ni siquiera a los más inocentes, sino que el investigado ha destruido todos para que no haya ocasión a que sobreviviera alguno que pudiera incriminarle. Ha demostrado así una "pericia delincuencial" que contrasta llamativamente con la torpeza manifestada como jurista. Si en el momento de decidirse por la carrera fiscal hubiera tenido a su lado alguien que, además de quererle, fuera prudente y le conociera bien, le habría aconsejado decidirse por el quehacer criminal, pues es obvio que está mucho más dotado para aprender las mañas de los malandrines que para desentrañar los arcanos del Derecho. Es una lástima, para él y para España, pues, por tener a un mal fiscal, hemos perdido a un gran delincuente. Si siempre es difícil saber si uno acertó al decidirse por una vocación y abandonar otra, es evidente que, en este caso, el fiscal se equivocó. Aunque no del todo, porque igual que a veces el administrativo de banca termina revelándose un gran poeta o el empresario lo deja todo para dedicarse a viajar, un fiscal siempre puede terminar por encontrar su verdadera vocación. A buen fin no hay mal principio.