En un alarde absoluto de desprecio por la verdad, la realidad y la inteligencia de los españoles, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, exige que se pidan disculpas a su fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, porque la Guardia Civil no ha hallado ningún mensaje en su móvil entre los días 8 y 14 de marzo, cuando se produjo la filtración de los datos privados de la pareja de Isabel Díaz Ayuso. Sostuvo Sánchez desde Bruselas el delirio de que su fiscal es inocente porque en su teléfono no había ningún mensaje que pruebe la filtración. Oculta a sabiendas que lo que ha constatado la Guardia Civil es que se han borrado los mensajes, lo que equivale a la destrucción de pruebas. Y ahí es cuando Sánchez pretende hacer creer a la ciudadanía que la destrucción de pruebas, un delito, significa que no hay pruebas contra García Ortiz. Tal cual. Una mentira, bulo o trola descomunal que el presidente del Gobierno pronuncia con su mejor rostro de hormigón armado.
Que no hay pruebas, dice. Y que se le pida perdón al todavía fiscal, exige Sánchez en plena vorágine mentirosa, manipuladora y totalitaria. Trata de ocultar el presidente la implicación directa de Moncloa, su propia implicación en los hechos por los que se investiga a su subordinado, porque es Sánchez quien da las órdenes, quien señala el objetivo, la presidenta de la Comunidad de Madrid, se apropia de los medios del Estado en su operación contra ella y rebasa todas las líneas rojas políticas, morales y legales para tratar de destruirla, de momento sin éxito y con más daños en su campo que en el de la dirigente popular.
El fiscal García Ortiz es una pieza clave en el engranaje sanchista. Su paso por la Fiscalía General ha llevado a la institución al total desprestigio, la ha arrastrado, pisoteado, maltratado y prestado a los manejos de Sánchez. La pericial de la Guardia Civil demuestra el borrado selectivo de mensajes, algunos de los cuales permanecen en los dispositivos a los que fueron enviados. Sánchez y su fiscal no engañan a nadie. Están acorralados, las pruebas les señalan y borrar las huellas del delito no borra el delito, sino que añade otro a la causa. Imposible caer más bajo.
De ahí que resulte penoso, patético y miserable el papel de Sánchez, sus mentiras sobre el informe policial, sobre el fiscal, sobre la filtración de datos de la pareja de Díaz Ayuso para atacar a la presidenta de Madrid. Miserable y con implicaciones judiciales. La sarta de mentiras y la exigencia de que se pida perdón a su fiscal muestran la calaña de un personaje dispuesto a cualquier cosa para mantenerse en el poder.