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Mi fiscal

Los mensajes no van a aparecer. Por eso está tan seguro Sánchez. Cómo no va a estarlo si probablemente fue él quien se ocupó de que fueran destruidos.

Los mensajes no van a aparecer. Por eso está tan seguro Sánchez. Cómo no va a estarlo si probablemente fue él quien se ocupó de que fueran destruidos.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez y el fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz. | Fiscalía.

A veces, Sánchez dice tales disparates en un tono tan airado que parece que habla apresuradamente de cosas que ignora. Luego, pasadas las horas o los días, las repite. Da la impresión de que lo hace para que, por gorda que sea la barbaridad, no nos quede duda de que habló con conocimiento de causa y sabiendo lo que dice. Cuando defendió en Bruselas que el borrado de los mensajes del móvil del fiscal general probaba su inocencia pareció que se había vuelto loco. Pues es evidente que, si prueba algo el borrado, es la culpabilidad del interfecto. Nadie que se crea inocente destruye las pruebas de su inocencia. Pero luego, al cabo de los días, lo repitió con idéntico desparpajo cuando con toda seguridad había sido ya advertido de la falta de lógica de su afirmación.

Hay en esa insistencia varias posibles circunstancias. Puede que nuestro presidente sea de aquellos que les duele tanto admitir un error que prefieren, antes que reconocerlo, insistir en él. Puede que sea tan tonto que, cometida una equivocación, le falte inteligencia para entender dónde está el fallo de su razonamiento. Pero, en este caso del fiscal general, puede ocurrir algo mucho más terrible.

Imaginemos que uno de los mensajes revelando el contenido de la correspondencia confidencial entre el fiscal del caso y el abogado del novio de Ayuso estuviera dirigido directamente al presidente. No tiene nada de particular que Sánchez siguiera de cerca el asunto dadas las ganas que le tiene a la presidenta madrileña. Y supongamos que borracho de triunfo contestara al mismo dando la orden de revelarlo a la prensa. Tal mandato lo convertiría, cuando menos, en cómplice del delito. Y proporcionaría suficiente base para ser investigado por él. Si así fuera el caso, cuando se supo que el fiscal general del Estado iba a ser investigado y sus dispositivos electrónicos clonados, había que necesariamente destruir las pruebas de aquel posible delito cometido por nuestro presidente del Gobierno. De forma que, probablemente, los mensajes no han sido borrados a tontas y a locas por un investigado que teme verse incriminado por ellos y que no es consciente de que la UCO tiene medios para rescatarlos. Sino que lo más seguro es que han sido eliminados del ciberespacio por algún experto que ofrezca garantías de que no podrán ser recuperados ni por la Guardia Civil ni por nadie.

Esta inquietante posibilidad se convierte en alta probabilidad cuando se contempla la cara que puso Pedro Sánchez cuando le preguntaron si conoció con antelación el contenido del email de marras antes de que fuera revelado por la prensa. El gesto es tan revelador de la mentira que está perpetrando que, aunque carezca de todo valor penal, podemos estar seguros de que mentía. Claro que lo conoció. Y seguramente fue él quien dijo que se lo dieran a la prensa.

Los mensajes no van a aparecer. Por eso está tan seguro Sánchez de que no se va a poder demostrar la culpabilidad de "su" fiscal general y de que tendremos todos que pedirle perdón. Cómo no va a estarlo si probablemente fue él quien se ocupó de que fueran destruidos.

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