
La caída de Assad sin que Putin haya hecho nada para evitarla demuestra que el menguado zar no está en disposición de sostener a ningún déspota mientras se encuentre enredado en Ucrania. Eso coloca en una situación de debilidad al régimen chavista que encima verá como vuelve a la Casa Blanca un viejo enemigo en sustitución de quien a la postre ha sido un benévolo neutral. Puede seguir contando con la subalterna de Andrés Manuel López Obrador y desde luego con el declinante régimen cubano. Pero, ni siquiera está garantizado el respaldo de Gustavo Petro por el abierto rechazo que el chavismo provoca en el gran pueblo colombiano. El chileno Gabriel Boric ya denunció el pucherazo perpetrado el julio pasado. Y no se espera que Lula da Silva envíe ningún representante a la toma de posesión del dictadorzuelo venezolano. En estas condiciones, el más valioso protector que tiene Maduro en la comunidad internacional es Pedro Sánchez.
Dado que las vías de agua del régimen son cada vez más numerosas y más amplias y las ayudas internacionales para taponarlas son también cada vez más escasas, la posición del Gobierno español puede verse en el futuro más expuesta. Ya no bastará un apoyo vergonzante por la puerta de atrás fingiendo ser partidario del retorno de la democracia a Venezuela a la vez que se cobra a precio de oro el sostén que en la práctica se presta. Conforme el dictador se vaya viendo más aislado, exigirá, que para eso lo paga, que el amparo sea paulatinamente más explícito. Algo así ha empezado a pasar desde que el embajador de España que acabamos de enviar a Caracas no ha sido elegido por nuestro ministro de Exteriores. Sánchez ha nombrado a quien le ha dicho Maduro, un comunista discípulo de Miguel Ángel Moratinos y colaborador del ministro comunista Urtasun. Es de esperar que la cosa vaya a más.
El problema de Sánchez es que no puede dejar que el régimen chavista se derrumbe. Si lo hace, saldrán a la superficie las relaciones del PSOE con él y lo de Raúl Morodo y los millones que cobró por servicios innominados será una minucia cuando se compare con lo que verá la luz. El hedor cruzará el Atlántico y pondrá en evidencia al socialismo español, tanto más inclinado a aproximarse a sus correligionarios del otro lado del charco, por antidemócratas que sean, cuanto más generosas sean sus propinas.
Cabe que por supuesto no pase nada. Que el retiro de Putin al frente ucraniano, el retorno de Trump a la Casa Blanca y la indiferencia de algunos jefes de Estado izquierdistas de Hispanoamérica no produzcan el ansiado efecto de acabar con el odioso régimen bolivariano. Y que Sánchez siga impunemente defendiéndolo a escondidas. Pero al menos, de momento, cuando Maduro se asoma al espejo, ya no ve su orondo rostro con cara de Pascua adornado de un poblado mostacho, sino que lo que encuentra se parece cada vez más a la cerúlea faz de Bashar al-Assad atravesada por su ralo bigote. Esperemos que el destino final del primero sea el mismo que ha tenido el segundo.