
Me reconcilié con Barcelona gracias a la bicicleta. Hace unos cuantos años comencé a moverme por las calles de la capital en las bicis eléctricas del Ayuntamiento; la verdad es que no imaginé que me acabaría gustando tanto. Ir en bici al trabajo, a hacer recados o a una cita me permitió recuperar el cariño por esta ciudad, que llegó a resultar intensamente odiosa durante los años del prusés. Durante las larguísimas noches de toque de queda de la pandemia, aquel absurdo sinsentido que se nos impuso por el puro placer sádico de amedrentar, me dedicaba a pedalear por la ciudad desierta, armado únicamente con una receta caducada de antibióticos como salvoconducto para los inevitables controles de policía local y autonómica. Zigzaguear en dirección contraria por una Diagonal fantasmagórica, esquivar jabalíes entre las mansiones multimillonarias de Pedralbes o lanzarme a tumba abierta por túneles vacíos y tan silenciosos que me devolvían el eco acelerado de mi respiración; aquella fue la manera que encontré de evadirme de una realidad deprimente y delirantemente opresiva cuyas normas eran tan duras como inútiles.
Circular en bici por Barcelona es agradable casi siempre. Más en primavera y a principios de verano, pero también en las frías mañanas de invierno. A veces me estiro mientras espero a que el semáforo se ponga en verde, y me paro a mirar a mi alrededor. Como soy un varón heterosexual en la cuarentena generalmente los ojos se me van a la Erasmus faldicorta más próxima, iluminada por un sol filtrado por las hojas de los plátanos. Hay también parejas de treintañeros empujando carritos de bebé, turistas haciendo fotos, hombres y mujeres increíblemente elegantes bebiéndose un café apresurado, lo típico en cualquier ciudad, pero esta es la mía.
Es raro el día en el que de camino a cualquier parte no estoy a dos o tres segundos de frenar demasiado tarde para empotrarme contra un coche que ha girado sin mirar. Eso no me matará, pero el día en que sea el coche el que frene tarde seguramente alguien tendrá que avisar a mi ex mujer. Estos incidentes se saldan con un tácito intercambio de miradas, una mano alzada para pedir disculpas y otra para otorgarlas. Tampoco vamos a montar un pollo porque alguien con prisa se olvide de las normas de tráfico de vez en cuando. Pero hay quien me odia. Mucho. Es un odio profundo, arraigado en lo más oscuro del alma humana, emparentado con el racismo y la homofobia en su irracionalidad y en su intensidad. Un odio como el de los hutus a los tutsis, el comunismo a la inteligencia o el PSOE a la democracia. El odio inabarcable del conductor que, tras el volante de su BMW de dos toneladas, contempla cómo un señor con sobrepeso pedalea en su carril, obligándole a llegar diez segundos más tarde al siguiente semáforo.
Yo no me muevo en bici porque sea ecológico o porque quiera luchar contra el cambio climático. Honestamente, me dan igual hasta límites galácticos tanto lo uno como lo otro. Monto en bici porque es más rápido que ir andando, más cómodo que ir en coche y mucho más bonito que ir en transporte público. De hecho, es más rápido, cómodo y bonito que cualquier otra forma de moverse por Barcelona. Estoy a cientos de años luz de ser un activista; Greta Thunberg me parece una idiota y una cantamañanas y Ada Colau lo peor que le ha pasado a Barcelona desde la Guerra Civil. Pero cuando el señor de pelo cano me cierra el paso violentamente en un cruce o me adelanta acelerando furioso a menos de treinta centímetros de distancia, pienso que quizá, sólo quizá, podría firmar algún manifiesto de chichinabo de la increíblemente estúpida izquierda barcelonesa, y así acelerar la expulsión de la vía pública de ciertos energúmenos al volante de un rinoceronte. Y verles rabiar.