
El primer desengaño práctico sobre las bondades del capitalismo me llegó bastante pronto. Concretamente, aquella tarde después del cole en la que me puse a jugar al Pro Evolution Soccer 5 y soñé que necesitaba un juego exactamente así pero con algunos ligeros cambios. Cambios que consistirían básicamente en Carreras Manager en las que pudieses editar las equipaciones de los equipos entre temporadas, por ejemplo. O, todavía mejor, negociar con distintos patrocinadores y observar sobre el terreno sus efectos. Ganar la Décima con Henry vistiendo una camiseta blanca en la que volviesen a superponerse las huellas de Kelme donde ahora se deslizan los raíles de Adidas. Verle levantar la Orejona y entre pausas, con nostalgia, leer la palabra Teka en el centro de su pecho soñador. Cosas así.
Supuse que como era una necesidad profundísima, y como yo estaba más que dispuesto a pagarla, no faltaría mucho para que las leyes del mercado me satisficiesen. Pero no fue así. Sospecho que podré disfrutar antes de una simulación en la que la Policía arranque esposado a Laporta de la mesa de canapés del palco que de eso que hace tanto que soñé.
A los pocos años de comprar religiosamente cada nueva edición del juego y de llevarme siempre la misma decepción, mi hermano me lo explicó. "El mercado funciona así", me dijo. "No basta con que quieras algo apretando mucho los puñitos. A las empresas les es suficiente con que una mayoría de clientes se conformen con lo que les ofrecen y no den muestras de dejar de consumirlo". El menos malo de los sistemas que nos hemos dado me dejaba dos alternativas, por consiguiente: formarme lo máximo posible y diseñar yo mismo un juego propio que agitase, revolucionario, la competencia en el sector; o liderar una causa ciudadana internacional que forzase a los desarrolladores que ya existían a darme lo que yo quería a un precio asequible, por favor. Teniendo en cuenta que todavía hago parones para dormitar un rato entre peldaños cuando subo hasta un tercero con las bolsas de la compra, pueden ustedes suponer que no hice ninguna de las dos.
Recordé todo esto el otro día, conversando con amigos sobre la orfandad electoral que sienten los votantes de la oposición. Hablamos del extraño caso paranormal de España, con el partido más votado lejos del Gobierno y acostumbrándonos a sus extraños tiros en el pie. Nos preguntamos cómo puede ser posible que no exista ahora mismo ninguno que ofrezca una verdadera idea de país compartible por la mayoría y concretada en reformas rotundas e ilusionantes. Que, ante la obesidad mórbida de un Estado que ofrece a los ciudadanos las migajas de lo que les quita de sus sueldos; con servicios públicos que funcionan cada vez peor; con ayudas que, si llegan, llegan mal; con desastres naturales que evidencian que se está malbaratando lo que se recauda; con medidas intervencionistas que agravan los problemas económicos de la gente; con los nacionalismos catalán y vasco recordándonos todas las semanas que los sistemas electoral y autonómico forman parte de una trampa que les permite cobrar rescates por el secuestro del resto de españoles; con la ideología mentirosa empozoñándolo todo y tergiversando nuestro presente a través de nuestro pasado; no haya surgido una alternativa que consiga convencernos de que es posible una legislatura que no se desarrollaría como el mismo videojuego de siempre pero con otra carátula, dos retoques, y a correr.
Llegamos a la conclusión de que la explicación debe reducirse a dos opciones: o bien estamos solos y engañados en la inmensa masa de españoles; o bien es necesario que algunos se remanguen y rellenen eficazmente ese inmenso hueco electoral. Teniendo en cuenta los diversos experimentos que ya han tanteado la segunda opción, pueden ustedes suponer que optamos por la primera.