
Sufrimos un Gobierno engendrado fuera de la Ley. Fue la manera que prefirió Pedro Sánchez para instalarse en el Poder y establecer la inestabilidad como régimen, hasta el punto de que hoy para aprobar unos Presupuestos es necesario enviar una delegación al extranjero para negociar con un prófugo golpista. Todo un modelo de democracia.
Siete partidos, entre los que destacan golpistas de Cataluña —juzgados, condenados e indultados—, separatistas vascos, el partido que ampara a ETA y comunistas que presumen de amistad con Maduro, suman siete votos más (177) que el partido que ganó las elecciones, el PP, y el que quedó tercero, Vox, que suman 170. Cada día que pasa vale más un acierto pero pesa el doble un error.
De Casado a Tamames
El fenómeno Tamames fue algo que ya llevaba tiempo sucediendo en Vox: que no todos piensan igual, que hacen el esfuerzo por que lo parezca y que si se explican es peor. Cuando defendieron la moción de censura de marzo de 2023 contra Sánchez dijeron que coincidían con el ponente Ramón Tamames en lo esencial y que eso era lo importante. ¿Y con el PP no? ¿Más con Tamames, elegido por Vox para una tarde, que con Feijóo? Porque con Tamames no iban a gobernar en sitio alguno y así era muy fácil coincidir: sin riesgo, sin discusión, buscando aplauso fácil y telón. No hubo política en esa unión de cartón piedra. Pero sí dejó a la vista graves discrepancias dentro de la formación. ¿Había más en común con Tamames que con Iván Espinosa de los Monteros, Rubén Manso, Víctor Sánchez del Real, Juan Luis Steegmann, Macarena Olona o Víctor González Coello de Portugal?
Hoy el prestigioso economista que sirvió para vestir la moción de censura ya no está de actualidad ni relacionado con Vox. La moción no prosperó y la relación entre los dos partidos de la derecha empeoró peligrosamente.
En teoría, Vox no nació para permitir corrientes internas pues era en sí mismo un partido creado tras una corriente desbordada del PP. Vox, como antes Ciudadanos, cubría una necesidad real que surgió, sobre todo, en Cataluña. El partido de Abascal venía a corregir un apaciguamiento muy antiguo, el de la derecha nacional con la derecha nacionalista. Luego ya empezó a valer todo, hasta la ERC de Oriol Junqueras que posaba feliz con el PP de Soraya Sáenz de Santamaría. De la realpolitik a la rendición incondicional no había entonces, ni habrá jamás, más que mera terminología. Vox desmontó aquello casi desde dentro del PP porque Vox era, por entonces, lo que debía ser el PP. Las hipérboles estériles llegaron tristemente después.
El principal problema de Vox es que el PP empiece a defender algunas de las cosas que abandonó y que motivaron la aparición de Ciudadanos primero, y de Vox después. Y cuando el PP funciona, cuando más responde al ánimo de su base social, la corrección se hace innecesaria y la presunta alternativa no hace más que restar. Eso no significa que el partido que nació para corregir deba desaparecer si el original se enmienda, pero de ahí a convertirse en su peor adversario hay una distancia insalvable. ¿Colaborar es ahora incompatible con el proyecto personal de Santiago Abascal?
Es innegable que hoy Vox tiene varios problemas. Algunos requieren explicación de cuentas y otros son de fondo, propios de un partido que creció mucho en muy poco tiempo y completó sus cuadros sin demasiado criterio. Lo que está sucediendo es una suerte de contrarréplica en diferido a Pablo Casado, sin Pablo Casado, años después de aquella primera moción de censura (octubre de 2020) en la que el popular rompió violentamente los lazos con Vox cuando más necesarios eran y mejor estaba el partido de Abascal. Y como Casado no está ni se le espera, pareciera como si Abascal quisiera hacer con la prensa crítica y con el PP lo que muy injustamente perpetró Casado contra él. Vox estuvo a la altura cuando, después de aquella afrenta de la moción, decidió mantener los acuerdos de gobiernos regionales y municipales que compartía con el PP. Ahora lo lleva todo inexplicablemente peor con el partido de Alberto Núñez Feijóo.
VOX y los desencuentros
Aunque la relación de los partidos con los medios no explica los problemas de España, el caso de Vox con esta casa sí ayuda a entender algunos.
En el programa especial de esRadio con motivo de la moción tamamesiana (2023) se elogió, sin dudar y sin cobrar, la breve parte política de su discurso. Pero Santiago Abascal insistió de nuevo en que todo estaba escrito y pagado contra él. Así que ni siquiera se esforzó en tener razón. Vox también ha pagado y paga, como puede hacer cualquier partido, campañas de comunicación en medios. Cuando lo hacía aquí… ¿pretendía comprarnos? ¿Será entonces que el PP ha ganado en la puja que está en su cabeza? El insulto es directo e inequívoco. La falta de respeto a la labor de los profesionales de esta casa es, además, intolerable.
Que tengamos la culpa de sus males es complicado de explicar: nos han comprado en el PP, como vienen haciendo desde tiempo inmemorial, incluso cuando el PP decía que éramos la radio y el periódico de Vox. O cuando iban pidiendo a las Comunidades Autónomas de su color que nos cortaran toda publicidad institucional posible en tiempos del casadismo pueril e inconcluso. Y éramos de Vox, a ojos del PP, cuando unos energúmenos nos culpaban —con amenazas y acoso— de ir por ahí asesinando con jeringuillas y cobrando millones de las farmacéuticas que, a base de vacunas, estaban inoculando sustancias inhibidoras de la libre voluntad de ser de derechas o cosa similar. Pues ni un euro de la necesaria y próspera industria de la cruz verde, por cierto, pese a que defendemos, casi en solitario, la necesidad de inversión en patentes, en investigación y desarrollo… y en vacunas que, como casi todos los remedios al alcance del ser humano pueden conllevar efectos no deseados, incluso trágicos. Pero sin ellas, no hace falta decir dónde (no) estaríamos.
El primer asunto queda resuelto. No cobramos por tener convicciones. No llevamos en el maletín un catálogo de principios variados con jugosos descuentos publicitarios. Nosotros, no. Quizá ganaríamos más, pero no estaríamos de pie, que es la única postura que nos gusta.
Así que de pronto habíamos pasado de ser el único medio que daba voz al partido que todos marginaban por sistema a ser el chiringuito enemigo, financiado por lo peor de cada casa, el medio de comunicación más dañino jamás creado. Hace no mucho se construyeron alternativas mediáticas —surgen periódicamente y casi siempre con el mismo dinero— a la derecha de la derecha de Vox y del Antiguo Testamento que a ellos mismos, cuando todavía no éramos ogros, les parecía —o eso fingían— peligrosas, boicoteadoras, casi salvajes y hambrientas del poder de Bambú. Nada más lejos. Hoy el partido quizá sea un fin, pero sobre todo es un medio. Aquel que emitía la señal de Russia Today (RT) cuando se vio obligado a cerrar. Entonces era Intereconomía, hoy tiene muchos nombres y vinculaciones que se empeñan en diferenciar del partido.
Imaginación no falta. Bill Gates nos iba a inyectar nanobots para convertirnos en una especie de router andante o cosa peor. No faltarán, en caso de necesidad, avistamientos de individuos mutantes de mirada perdida y aviesas intenciones porque, con todos los respetos a quienes hayan sufrido efectos adversos, con las vacunas nos alteraron el código genético para convertirnos en fieles involuntarios de Soros… Pero, eso sí, el Yunque es un invento.
Las sectas —el Yunque lo es por sentencia— son la única forma de que algunos inútiles alcancen cierto poder inasequible por la vía del liderazgo natural, del mérito y del esfuerzo. En secta acaban muchas frustraciones y limitaciones. También mucho vago incompetente con ínfulas. No abundaban en Vox cuando el partido hacía política valiente y liberal, pero todo cambia. Vox estuvo realmente al margen de eso, luego sólo ligeramente y después prefirieron camuflar todas sus vergüenzas detrás asociaciones, fundaciones o escuelas que sólo aparentemente no son Vox, pero que forman parte de su ecosistema y quizá de algún libro mayor.
De igual manera, Vox no era la extrema derecha, aunque la extrema derecha rondara a Vox; no eran el Yunque, aunque se oyera el martilleo en algunos despachos. Hoy da lo mismo. Las figuras que mitigaban aquellos graves pecados ya no están. Se han esfumado los peros, los filtros, las personas que difuminaban ese fondo raro que ahora se viene al frente. Hoy se ensalza abiertamente la posguerra como la época más luminosa de España en vez de defender la concordia, que fue real y modélica, como sostenía antaño con solvencia y verdad histórica el partido de Santiago Abascal. Es hoy cuando, junto a Le Pen y Orban y aquella RT que cantaba loas a Putin, dicen que son "patriotas". Un día lo fueron de veras.
Vox cuando lleguen las urnas
Pero toda crítica es devuelta como mentira, como un invento de la otra máquina del fango, queja idéntica a la del sátrapa de La Moncloa que dicen aborrecer. Todo es bulo, salvo que salen los liberales-conservadores más sensatos, origen de aquel Vox-alternativa que ya es un último refugio por más que brille en las encuestas.
Vox no desaparecerá por lo que cabe preguntarse qué tiene pensado hacer. No quisieron sumar con el PP, que es sumar contra Sánchez, acordando retiradas en circunscripciones en las que su presencia restaría claramente opciones. De momento, para el presidente de los siete partidos y los siete votos, Vox no es sino una baza contra el PP, su disolvente natural. Lo llama extrema derecha pero le sirve para relacionarlo con Feijóo y, en caso necesario, para llamar al miedo en las urnas.
Dicen las encuestas que hay muchos más escaños en la derecha que al servicio de Sánchez. Dice la experiencia que eso sirve de poco si los políticos en España se empeñan en fundar proyectos personales que nacen, crecen y mueren con su fundador. La ventaja electoral tiene que suponer una esperanza, no otra pesadilla, y con la deriva personalista de Vox no habrá manera.
Alguien a ambos lados está obligado a moverse para que al menos salga de las urnas un modelo de transición, una vuelta a la democracia. Si Vox no quiere, el PP está obligado a conquistar a sus votantes.
