
Empecemos por aclarar que ni son tierras, ni son raras. Se trata de diecisiete elementos químicos: quince contenidos en el grupo sexto de la tabla periódica con el nombre colectivo de Lantánidos, más otros dos: el escandio (Sc) y el itrio (Y).
No vamos a entrar en detalles propios del mundo de la química, pero la supuesta rareza se basa en que estos elementos forman parte de minerales, en forma de óxidos metálicos insolubles, cuya extracción es complicada con la tecnología industrial actual y resultaba imposible con la que se empleaba en el Siglo XVIII, cuando la mayor parte de ellos fueron descubiertos.
En la revolución industrial actual que estamos viviendo, con los teléfonos móviles, los llamados coches eléctricos, los superordenadores y tanta maquinaria necesitada de condensadores de tamaño cada vez más pequeño, por no citar sino algunos ejemplos, sin hablar de la naciente Inteligencia Artificial, los elementos químicos, abundantes en la naturaleza pero "encerrados" en la composición mineralógica de las tierras raras, son cada vez más importantes para la "sociedad del bienestar", y sobre todo para la "sociedad del consumo", por no decir del despilfarro.
Las "guerras" por la descarbonización
Cuando la "fiebre ecologista" que ha invadido los comienzos del siglo XXI planteaba como necesaria para la "salvación del planeta" la llamada "descarbonización", que trata fundamentalmente de cambiar las fuentes de obtención de energía prescindiendo de las que implican combustión de carbones y otros combustibles fósiles, el alegre optimismo verde estaba abriendo la "caja de Pandora".
Teníamos la esperanza de nuestro creciente dominio de la energía nuclear, pero… tampoco esa fuente, no contaminante, saciaba la sed de limpieza del ecologismo más exigente. Nuestro gobierno socialista español, abanderado por una ministra, Teresa Ribera, antinuclear por excelencia, se ha lanzado contra nuestras nucleares con fiebre similar a la que en el pasado movía a los iconoclastas contra las imágenes. Veremos cuáles son las consecuencias de este fundamentalismo para nuestra industria y nuestra economía.
La gran esperanza, que en buena parte es también la gran utopía del ecologismo militante, vienen siendo las llamadas "renovables", que no lo son del todo, a las que también se califica de "limpias", como las eólicas y solares, teóricamente sin consecuencias para la limpieza del planeta, pero haciendo "trampas en el solitario" cuando al valorar resultados se descuentan los costes de su producción y los de desmantelamiento y reciclaje tras su obsolescencia.
Bienes culturales y económicos como el paisaje o la agricultura son relegados y hasta despreciados por la modernidad ecologista cuando se trata de seguir la moda antinuclear y rendirse a la supuesta limpieza de las renovables. Las ovejas tratando de buscar briznas de pasto entre los bosques de espejos solares que han crecido sobre las antiguas praderas desaparecidas, proporcionan fotografías verdaderamente icónicas; éste si es un nuevo lobo especialmente depredador para sus rebaños.
Y vamos con las tierras ‘raras’, objeto de nuestro comentario: la necesidad de nuevos materiales, no sólo para la obtención de energía, sino también para saciar el apetito voraz de las nuevas tecnologías industriales, amenaza con acabar con el orden jurídico internacional y con la fuerza de la razón y de las razones, económicas, históricas y hasta patrióticas: todo por obtener la nueva hegemonía que deriva de la necesidad de materiales imprescindibles para los ídolos de silicio, cristal, baterías, imanes y condensadores.
Los países ricos en "tierras raras" amenazan la supremacía que hasta el momento ha caracterizado a los países petroleros. Hay ya precedentes sobre las amenazas de conflictos y guerras que en estos momentos nos amenazan. Para evitar la guerra nuclear quedamos expuestos a las guerras enquistadas, como las que estamos sufriendo en el corazón de África y actualmente en Ucrania.
Las llamadas "guerras del coltán" en África Central, República del Congo y Uganda principalmente, han venido suponiendo una cruel sangría para los nativos de aquellos países, que desde nuestra civilizada UE hemos venido ignorando. En este caso no se trataba de tierras raras, sino de minería a cielo abierto para obtener dos minerales, el columbio y el tantalio, necesarios entre otras cosas para fabricar esos móviles por lo que algunos se desviven mientras otros mueren por su causa. Ahora, con Ucrania en guerra, y Trump y su segundo de a bordo pretendiendo aplastar a Zelenski a golpe de "dedazos", "palmotazos" y "corbatazos", empezamos a ser conscientes de lo que suponen para la paz los nuevos materiales hasta ahora despreciados y hasta desconocidos.
¿Dónde quedan la razón y el orden internacional? ¿Dónde los recuerdos del patriotismo y el heroísmo? Desde luego la América que ha intentado humillar al Presidente ucraniano a través de sus máximas autoridades, hasta el punto de mandarlo a casa sin cenar, nada tiene que ver con la de Ronald Reagan, ni con la América que puso los muertos para librarnos de algunos de los monstruos fanáticos que prosperaron en el siglo XX sobre una Europa mucho menos fuerte de lo que suele creer en su soberbia.
La hegemonía actual en posesión de tierras raras se basa en la riqueza de los diferentes países en los minerales que contienen los elementos que se requieren para la gran transformación que se avecina. La producción actual de tierras raras está encabezada por China, con un abrumador 70´75 porcentaje mundial; le siguen Estados Unidos y Australia, con 14´32 y 5´95 % respectivamente.
Pero no nos engañemos: más importante que la actual producción es el tesoro de las reservas susceptibles de ser explotadas, es decir, del futuro de semejantes recursos; en este sentido China conserva el liderazgo mundial, con 44.000.000, pero le siguen Vietnam (22.000.000), Brasil (21.000.000), Rusia (10.000.000), y a continuación, India y Australia. Estados Unidos cuenta con "sólo" 1.800.000, y Groenlandia le va a la zaga con 1.500.000. Es fácil comprender el interés de Trump por hacerse con el dominio de aquellas tierras heladas.
La UE, todavía más débil desde el punto de vista ideológico que desde el militar, pugna por reducir su dependencia exterior del suministro de tierras raras, y planifica aumentar la extracción de recursos propios, al tiempo que trata de firmar acuerdos internacionales que garanticen los suministros necesarios. ¿España?, gozamos de excelente tradición minera, recordemos simplemente Almadén y su mercurio, pero con nuestros dirigentes actuales y los precedentes sobre su concepto de lo que llaman "sostenibilidad", cualquiera sabe…
