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Neptuno volvió a Madrid

Una cuestión de ecología, no sólo de "género chico".

Una cuestión de ecología, no sólo de "género chico".
Caudal del río Manzanares este viernes en Madrid. | EFE

Llamamos "Género Chico" a una variante del teatro lírico "por horas" que triunfó en el Madrid decimonónico y se extendió después por toda España como una de las más populares formas de Zarzuela. La mayoría de los investigadores hacen coincidir el apogeo de este género con la Restauración Borbónica, es decir, con el último cuarto del Siglo XIX.

El Género Chico, que no hay que confundir con la Zarzuela Grande o Drama Lírico, de la que se diferencia principalmente por la menor duración de aquel, comprendió diferentes variantes, como el Sainete, el Pasillo Lírico, el Juguete Lírico, la Revista y el "Apropósito": era este último una revista de actualidad en la que se hacía referencia a algún suceso que hubiera revolucionado a la Villa y Corte en el año anterior, una especie de crónica satirizada.

Este tipo de zarzuelitas se puso de moda tras el espectacular éxito alcanzado por La Gran Vía, de Chueca y Valverde con libreto de Felipe Pérez, estrenada en el Teatro Felipe en 1886 a propósito del proyecto de nacimiento de una gran calle en el corazón de Madrid, la Gran Vía, capaz de devorar manzanas enteras de casas y de cambiar los usos y costumbres de la Villa y Corte.

Como secuela del triunfo de La Gran Vía, apenas dos años después, nace un nuevo "apropósito", esta vez obra también de Chueca, pero con libreto de un insigne escritor y periodista, Ricardo de la Vega, autor nada menos que de la mayor gloria del Género Chico decimonónico: La verbena de la Paloma.

Se trata de El año pasado por agua: una nueva revista de actualidad que hacía referencia a que el año anterior, 1888, había sido exageradamente lluvioso, si bien, al parecer, 1883 le había superado en pluviosidad.

El año pasado por agua se convirtió inmediatamente en un gran éxito, hasta el punto de que, hoy, 136 años después de su estreno, todavía se recuerdan algunos de sus números, y esporádicamente aún se repone, si bien con modificaciones, no siempre afortunadas, que pretenden actualizar su texto.

El número que se hizo más popular fue el llamado "Dúo de los paraguas", en el que los entonces popularísimos cantantes cómicos Julio Ruiz y Leocadia Alba se requebraban con aquello de "Hágame usté el favor de oírme dos palabras, sólo dos palabras/ Va usté a sacarme un ojo si se acerca con la punta del paraguas", para terminar el diálogo cantado marchando a merendar "cocretas", chuletas, "langostí", que el pie quebrado era recurso poético frecuente, todo ello en medio de la copiosa lluvia y "arrebujados" en el protector paraguas.

Pero la imaginación de Ricardo de la Vega llegaba a hacer salir del Museo del Prado, donde situaba el sainetero su residencia habitual, al mismísimo Dios Neptuno, que se solidarizaba con los empapados madrileños, compartía sus cuitas, bailaba el vals y… criticaba a munícipes y otros políticos, que la crítica era consustancial al género, si bien muy ligera de acritud como era habitual en el género chico, donde incluso las críticas más feroces pasaban por el filtro de la benevolencia y la "buena sombra".

Más aún: los leones del Congreso abandonaban sus pedestales y montaban en barcas para socorrer a los inundados madrileños, en una genial visión de lo que serían las actuales unidades militares de emergencia, ya que militares eran los famosos leones, hasta el punto de que sus imponentes figuras habían nacido de la fusión de los cañones conquistados al enemigo en la Guerra de África que tantas penalidades había causado.

La visión "ecológica" del sainete

Como decíamos al comenzar, no es ésta una columna sobre nuestra lírica, sino una reflexión de carácter ecológico ya que remontarnos a finales del Siglo XIX nos recuerda la amplitud de los ciclos de los fenómenos naturales: las intensas y duraderas borrascas que padecemos este año no son algo insólito y referente a los llamados "cambios climáticos" preconizados por los interesados "agoreros del clima", sino producto de ciclos naturales que, en algunos casos, reconocen una casuística a más largo plazo de lo que muchos pretenden hacer creer.

Los últimos años del Siglo XIX conocieron fenómenos como el final de la llamada "Pequeña Edad del Hielo", uno de los cambios climáticos habituales y repetitivos en los que no cabe necesariamente reconocer la influencia antrópica, cuando la gran revolución industrial aún no se había producido. Si quieren otro ejemplito "zarzuelero", el madrileño Teatro Apolo, conocido como "catedral del Género Chico", inaugurado en 1873, era conocido por los madrileños como "teatro al polo" a causa del frío reinante en aquellas épocas. En definitiva, ciclos naturales, cuya periodicidad no está suficientemente documentada.

Antes de concluir volvamos al Género Chico para recordar el carácter benevolente con el que sus autores criticaban a la actualidad: si en nuestra época algún descendiente de los geniales zarzueleros volviera a hacer salir a Neptuno de su residencia actual, la famosa fuente venerada por los "atléticos", la mitológica deidad tendría tema para abandonar esta benevolencia, sobre todo al pasar por al Congreso… pero no sigamos por esta vía; vamos a quedarnos con el recuerdo de aquellos tiempos.

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