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En defensa de la monarquía

Aquí, la necesidad se aúna con el deber ser. Es nuestra garantía, pues su deber depende de la neutralidad y la decencia con que actúe.

Aquí, la necesidad se aúna con el deber ser. Es nuestra garantía, pues su deber depende de la neutralidad y la decencia con que actúe.
Felipe VI saluda a Jaime Alfonsín. | Casa de S.M. el Rey

Vivimos tiempos decadentes. Le hemos perdido el respeto a las reglas democráticas que hasta ayer considerábamos sagradas. Esas reglas democráticas que fueron concebidas para servir a la ciudadanía, no para alimentar el despotismo del político que las gestiona. Empezó con Zapatero, pero ha sido Pedro Sánchez quien le ha perdido todo respeto a esas reglas democráticas para adecuarlas a su ambición de poder. Curiosamente, aquel que jamás ganó unas elecciones generales ni ninguno de sus cargos anteriores de concejal o diputado. Verle hoy, en la Comisión del senado, agazapado como un lobo con piel de cordero, contenido, tenso, esperando salir del paso para dar la dentellada, daba escalofríos. Era la imagen viva de la falsedad, de quien no puedes esperar ni una gota de decencia. El mismo que dirige nuestras vidas.

Esta calamidad que destruye la confianza de la ciudadanía en la política me ha hecho reflexionar sobre la Monarquía parlamentaria que corona nuestra democracia. Por contraste.

Con cada desprecio a esas reglas democráticas que garantizan nuestra confianza en la política, con cada intento de colonizar y pervertir nuestras instituciones, con cada pulso al Poder Judicial para acabar con la separación de poderes, o con cada nuevo caso de malversación y corrupción económicas, se suman más y más ciudadanos al desencanto de la política y en los políticos, y por extensión, a las propias instituciones. Y el deterioro no parece tocar fondo. No sólo en el gobierno que ha puesto en marcha el deterioro, sino en la percepción de la ciudadanía que acaba por asumir y naturalizarlo como si fuera una fatalidad. O aún peor, con la advertencia de que si no actúas con esas ventajas, quedas fuera de juego. El mal se acaba por instalar. Y las reglas ahora son, el sálvese quien pueda. El círculo se cierra con el fin de la inocencia.

Llegados a este punto, salvar la confianza en la política, en la democracia, es prioritario. Salvaguardar valores, inspirar confianza en las instituciones, una necesidad. ¿Lo pueden hacer los políticos? Por lo que vemos a diario, no. Sus propios intereses de partido les impiden actuar con limpieza. Incluso el propio poder judicial anda a la greña entre progresistas y conservadores. Menos, pero también. El peor de los males si se consolida.

Afortunadamente, la Monarquía no sirve a partido alguno, ni tiene que salvar el trono cada cuatro años en unas elecciones populistas; muy al contrario, su ser depende de la ejemplaridad, del deber ser. Lo contrario de los políticos.

Ante la calamidad de los políticos que se permiten hacer y deshacer como les viene en gana, hoy la monarquía está fuera de ese mundo de miserables. Por su propia naturaleza. A la que se desvíe de su quehacer ético en la política y la defensa de los valores de la democracia, pierde toda posibilidad de supervivencia. Y fenecería. Su única supervivencia es ser la estrella polar, el deber ser de la nación. Un solo resbalón y pierde todo su sentido.

Pedro Sánchez o cualquier otro político pueden mangonearnos; al fin y al cabo hay elecciones cada cuatro años, y podemos echarlos, pero la monarquía es hereditaria, es eterna, representa todos los valores de la nación, del Estado y de la Constitución democrática que en cada momento la valida. Si traiciona uno solo de esos tres pilares del Estado, deja de tener sentido. Y no la salvarían las próximas elecciones, simplemente se derrocaría. Posiblemente para siempre.

En este sentido, el quehacer de la monarquía española, hoy aúna valores, ejemplaridad, y respeto prioritario a los ciudadanos representados en las reglas democráticas que le garantizan esa ciudadanía. Sólo hace falta comparar a Felipe VI, sus discursos, su comportamiento y su compromiso ético y político, con los políticos al uso. Sólo un ejemplo, su discurso del 3 de Octubre de 2017 sobre el golpe institucional en Cataluña lo contrasta todo. Compárenlo con la Ley de amnistía de Pedro Sánchez para comprar su candidatura, o con el Tribunal Constitucional de Conde Pumpido con su aval, y verán las diferencias. O si quieren, con la humanidad y el coraje mostrados en el barro de la Dana junto a la Reina, y la huida del galgo de Paiporta simulando una agresión física que nunca se produjo como coartada para justificar su cobardía.

Aquí, la necesidad se aúna con el deber ser. Es nuestra garantía, pues su deber depende de la neutralidad y la decencia con que actúe. Hoy la monarquía es el único contacto que tiene la ciudadanía con la coherencia y la ejemplaridad de su compromiso con la Constitución. El Rey, Felipe VI, es el único eslabón que nos queda a la ciudadanía para agarrarnos al simbolismo del Abrazo de Vergara. Y por lo apuntado por la heredera al trono, parece que habrá continuidad.

Nunca he sido monárquico. Ni siquiera cuando junto a Sergio Fidalgo dirigimos el libro "Los catalanes sí tenemos Rey" respaldados por las opiniones de 102 personalidades catalanas. Lo hice por responsabilidad coyuntural, ahora la defiendo por necesidad. No me parece una institución contingente, sino necesaria. En estas circunstancias de decadencia democrática, veo a la monarquía como el faro que guía a los navegantes en tiempo de turbulencias. El ancla donde fijar ciertos valores democráticos a salvo de partidismos políticos. Puede ser paradójico pon su origen, pero.. "Eppur si muove". No sólo la tierra.

PD. Qué bonito han quedado las manitas entre el representante de Bildu y Pedro Sánchez en su comparecencia del Senado. Todo es tan sórdido como parece. Sólo faltó que se oyera de fondo: ¡qué se casen!, ¡qué se casen!

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