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Sin Dios no hay funeral

Hoy los funerales de Estado son laicos y tienen lugar en inmensos ladrillos vaciados que lo mismo pueden servir como aeropuertos que como almacenes.

Hoy los funerales de Estado son laicos y tienen lugar en inmensos ladrillos vaciados que lo mismo pueden servir como aeropuertos que como almacenes.
Los Reyes durante el minuto de silencio por las víctimas. | Casa de S.M. el Rey

Durante milenios, habíamos supuesto, la humanidad enterró a sus muertos pensando en el más allá. Sólo así lográbamos explicar nuestros hallazgos. Mirábamos, yo qué sé, los enormes dólmenes proyectando sombras parecidas a las de los cipreses por encima de los siglos en que fueron plantados; las necrópolis subterráneas, más antiguas que la oscuridad que todavía contienen; las cámaras ciclópeas orientadas al nacimiento del sol; los adornos elaboradísimos entre los restos óseos; los pólenes florales por allí desperdigados, igual que una metáfora de nuestra estéril fertilidad; y no podíamos más que compadecernos de aquellos hombres, es decir, no podíamos más que compadecernos de nosotros mismos, absortos como ellos ante el único enigma que, paradójicamente, nos permite seguir viviendo todavía hoy.

Su muerte, como la nuestra, nos devolvía una pregunta sin respuesta. Y la respuesta que le acabamos encontrando, igual que ellos, fue la vía para continuar habitando este mundo en coherencia. Pues es imposible habitar nada si no se lo considera eterno. Un segundo en el hogar es toda la eternidad.

Esa vía es sobradamente conocida. A través de la muerte llegamos a Dios, por eso sus silencios se parecen tanto. Y a través de Dios desembocamos en la vida, por eso en sus sonidos algunos creen escucharlo a Él. En eso consiste el camino que recorremos todos y eso es precisamente lo que se acentúa en los entierros, también para los descreídos: de la mirada al suelo a la mirada al cielo, pasando por la mirada en el ataúd; de la mirada al cielo a la mirada al suelo, pasando por la mirada en el espejo que nos devuelve la mirada de quienes también nos miran, a nuestro alrededor.

Hubo un tiempo, habíamos supuesto, en el que la certeza de la fe nos ayudó a disipar la duda y nos permitió vivir sin desgarraduras tan radicales. Entonces las catedrales eran construidas apuntando hacia arriba, como para ayudar la inercia de nuestro cuello en los trances finales. Y la muerte de los otros era tan sólo un hasta luego. Sus exequias algo que glorificar.

Hoy los funerales de Estado son laicos y tienen lugar en inmensos ladrillos vaciados que lo mismo pueden servir como aeropuertos que como almacenes. En ellos no hay opulencia, como tampoco hay consuelo. Los reyes se sientan en sillas de plástico, el silencio no se siente atemporal, en lugar de Cristos hay cadenas de ADN y la atmósfera es más opresiva si cabe, pues se trata de una iglesia que celebra una certeza opuesta a la de la religión. Allí, por más que digan, tampoco hay lugar para la duda. En ese aparente templo de la ciencia no sorprende que las cabezas tiendan hacia abajo, como aplastadas bajo el peso de una mole que les niega la inmortalidad. El resultado, curiosamente, es todavía más hipócrita que el de las antiguas ceremonias que han venido a sustituir. Una ceguera deshonesta que se niega a mirar de frente las verdaderas consecuencias de la finitud. Pero es que al final, lo dijo aquel, la única pregunta que debe responderse el hombre es la pregunta del suicidio. Y eso es algo que conocíamos mejor antes, cuando lo que era evidente es que sin Dios, sin trascendencia, no tiene sentido ningún funeral.

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