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Un mitin enajenado en pos de la autocracia perpetua

Sánchez posee un talento perverso e innegable para mantenerse en el poder, aunque se lleve por delante al Estado social y democrático de Derecho.

Sánchez posee un talento perverso e innegable para mantenerse en el poder, aunque se lleve por delante al Estado social y democrático de Derecho.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, tras intervenir este miércoles en el Congreso para informar de las últimas cumbres internacionales. | EFE

Sánchez se ha desvelado este miércoles como la reencarnación de Xiuhcóatl, la serpiente de fuego de los mexicas. El presidente del Gobierno ha torturado a la parroquia parlamentaria con una intervención constrictora e inflamable –la homilía ecofemicalvinista duró hora y cuarto–, y ha inaugurado, con una enmienda total a la realidad, su campaña en pos de la autocracia perpetua: el yerno de Sabiniano –el de las saunas, recuerden– no sólo busca la reelección en 2027, sino emular al PRI. Con la connivencia servil y desvergonzada de sus socios: en un pleno sobre el último Consejo Europeo y los chanchullos de Ábalos, Begoña, Leire Latre y cía, la restanda Verónica Martínez Barbero le agradecía al doctor Chapas su mención a Palestina. Y frente a una oposición, en apariencia, rota: Abascal ha invitado a socialistas y peperos a que presenten una lista conjunta.

Sánchez padece el síndrome de La isla de las tentaciones: al igual que el reality de Telecinco, cuando parece imposible que la cosa dé más de sí, el presidente nos sorprende con nuevas trapazas, más casquería y la desfachatez de siempre, despierta la hibristofilia del personal, se supera y pervive. Qué decir de un tipo que gobierna en minoría y que tiene el cuajo de afirmar: "No es cierto que las mayorías absolutas en este Parlamento traigan mayor estabilidad". Cómo calificar a quien comparece, según el orden del día, para "rendir cuentas sobre la corrupción que afecta a su Gobierno, su familia y al PSOE", e introduce el debate refiriéndose a "las treinta causas por corrupción que tiene abiertas el PP" y lo reconduce para machacar a Ayuso y a Moreno Bonilla. Admirarle no, porque se admira lo bueno y lo bello, pero cabe reconocerle un talento perverso e innegable para mantenerse en el poder, aunque sea a costa de llevarse por delante al Estado social y democrático de Derecho constituido tras la aprobación de la Constitución del 78.

Estuvo disfrutón Sánchez. Se lo pasó bien apelando "al espíritu de acuerdo" para, acto seguido, advertir del "fracaso político e intelectual" de la derecha –pues claro, cómo comparar a Fernando Savater con Sarah Santaolalla–, reivindicar su "paz social" y advertir al próximo presidente valenciano que, como se pase de franquista, igual le casca un 155: "El Gobierno de España va a estar vigilante para que ninguno de esos acuerdos vulnere los compromisos internacionales europeos ni la legislación vigente en materia de derechos". Sin inmutarse, manifestó su fe "en la limpieza democrática" y denunció que, grosso modo, la corrupción son los recortes: "Señorías de PP y de Vox, han convertido Madrid –la CAM es famosa por sus consejeros voxeros, sep– en un casino en el que Quirón siempre gana y los ciudadanos siempre pierden". En esta ocasión, Margarita Robles no se unió al aplauso de la bancada sociata.

Sánchez, extasiado, repartió estopa por doquier. Amén de los citados, atizó también al amortizado Mazón, a Rueda, a Mañueco, a López Miras, a quienes pasean "con la bandera del aguilucho" o a los que reivindican "una interpretación sesgada de nuestro pasado colonial". Remató su perorata sin mandarle un beso a Claudia Sheinbaum. Hubiera sido todo un detalle.

Alberto Núñez Feijóo: "¿Usted –refiriéndose a Sánchez–, qué se cree? ¿Que las Cortes Generales son un adorno? ¿Que los diputados somos secundarios y el único protagonista de su ficción es usted? Esto es increíble". El presidente del PP sostuvo que "es la acción judicial la que le tiene aferrado con uñas y dientes al cargo" y aseguró, vendiendo la piel del oso antes de cazarlo, que cuando llegue a la Moncloa "no le voy a amnistiar". En la misma línea, garantizó "que la política de vivienda dependerá de mi vicepresidencia primera". Abascal, minutos después, le dio un consejo más que pertinente: "No empiece a repartir ministerios y vicepresidencias como el 23 de julio".

Feijóo preguntó por Koldo, Cerdán, Ábalos y por, como cantaba Calamaro, "todo lo demás también": "¿Puede asegurar que su campaña de primarias se financió legalmente y que su suegro no participó? ¿Llamó a algún empresario pidiendo patrocinio para su esposa? ¿Ya sabe dónde vivía su hermano? (…) ¿Es usted también el presidente de la cloaca?". Por su parte, el líder de Vox denunció la corrupción que emana y/o orbita en torno al PSOE en los últimos segundos de su intervención: "Nadie se cree que no supiera nada de eso. Creo que los jueces no pensarán distinto". Abascal se dedicó, sobre todo, a ciscarse en los pactos PP-PSOE y en la inmigración ilegal. Se comprometió a "exigir inmediatas elecciones regionales en la Comunidad Valenciana un segundo después de que usted –Sánchez– disuelva las Cortes y devuelva la voz a los españoles". Le llamó "Obama de Pozuelo".

Por lo demás, Gabriel Rufián, melancólico cual balada de Jaume Sisa, preguntó "qué va a ser antes: la moción de Feijóo o las elecciones de Sánchez" y se cebó con el puigdemontonerismo despechado: "Cataluña no es su patria, es su negocio. Y la están perdiendo". Míriam Nogueras, con la recortada, al macho alfa socialista: "Es usted un cínico y un hipócrita". La portavoz de Junts insistió en que la relación de su partido con el Gobierno "se ha acabado" e hizo un ejercicio de memoria democrática reciente: "Usted perdió las elecciones. Y gracias a los votos de Junts, usted es presidente y no lo es el señor Feijóo. Quien ha evitado que tuviéramos un Gobierno PP-Vox hemos sido nosotros. Por ello, lecciones de ustedes o de sus socios, ni una". Verás tú que le ofrece algún carguito Víctor Ángel Torres.

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