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Tenemos que hablar de Inmigración y delincuencia

Es hora de ser adultos y de hablar de qué significa esto, y qué medidas hay que tomar al respecto.

Es hora de ser adultos y de hablar de qué significa esto, y qué medidas hay que tomar al respecto.
Europa Press

Algo ha debido olisquear el PNV en el ambiente cuando ha dado orden a su policía autonómica de publicar el origen de los detenidos en las estadísticas de delitos de la comunidad autónoma vasca. Las cifras y los porcentajes son más escandalosos de lo que el más echado al monte de las juventudes de Vox podría haber imaginado. Un tercio de todas las detenciones en el País Vasco son a personas de origen magrebí. ¿Qué porcentaje de la población representan? Un 2,2%. Si contamos sólo los varones, que suponen el 99% de las detenciones, no llega ni al uno y medio por ciento. Ese mismo uno y medio por ciento de la población es presuntamente responsable el 53% de los robos, el 67% de los hurtos y dos terceras partes de los atracos. Los nacidos en el norte de África o en Latinoamérica suman el 7,5% de la población, pero acumulan un 85% de las detenciones por delitos sexuales. Los nacidos en el extranjero, en general, suponen dos terceras partes de los arrestos, pese a ser únicamente la sexta parte de la población. Cualquier aproximación a los datos revela patrones obvios, pero hasta ayer simplemente mencionarlo en público era fascismo nazi xenófobo que quiere hundir barcos llenos de bebés que sólo buscan una oportunidad.

Es hora de ser adultos y de hablar de qué significa esto, y qué medidas hay que tomar al respecto. Culpar a los inmigrantes como colectivo es absurdo. La inmensa mayoría no han delinquido ni delinquirán. Pero tenemos que pensar qué hacer con gente que acumula decenas o cientos de detenciones, y lo que supone su presencia en nuestro país, el coste social y económico que acarrea mantener a cientos de delincuentes extranjeros, y de paso, también deberíamos preguntarnos, como país, qué queremos ser de mayores. No nacen niños porque, sorpresa, no queremos que nazcan, y eso no es responsabilidad de nadie excepto nuestra. Tampoco es que estemos solos en esto. Por todo el mundo desarrollado sucede exactamente lo mismo e incluso en los países del tercer mundo la natalidad se está desplomando mucho más rápido de lo que lo hizo en el primero durante la industrialización.

Hablar de inmigración y delincuencia es incómodo porque la mayoría somos gente con cierta sensibilidad que no quiere parecer racista, pero entre un grupo de cayetanos y un grupo de menas todos le diríamos a nuestras hijas lo mismo acerca de cuándo deberían cambiarse de acera. Para evitar esto, lo ideal es sacar de la calle, y del país si es posible, a los que provocan esa necesaria y perfectamente comprensible precaución. Sorpresa: castigar las conductas antisociales funciona. La famosa teoría de la ventana rota que aplicó Giuliani en los noventa antes de volverse tarumba y que redujo los homicidios en Nueva York un 70% y la criminalidad un 65%. Llegado a este punto, ciertos discursos son simplemente un disparate. "Vienen a hacer los trabajos que nosotros no queremos". Sí, como intimidar a los turistas para colocarles pulseras mugrientas a precio de joyería de renombre o vender mercancía robada y falsificada en los paseos marítimos. Eso debería acabarse. Entre otras muchas cosas, pero empecemos por ahí. No es fácil, no existen soluciones sencillas para problemas complejos, pero el primer paso para resolver un problema es reconocer que existe. La buena noticia es que sólo con eliminar de la calle a los expertos en multirreincidencia, la criminalidad se reduciría a la mitad o menos.

Cualquier persona con un mínimo de implicación sabe lo que sucede en los vecindarios de mayoría musulmana, y cómo las niñas de doce años en adelante dejan de ir a extraescolares, de hacer gimnasia o directamente de estudiar porque su familia no se lo permite. Se sabe que muchas niñas hijas de pakistaníes acaban casándose en su país con hombres mucho mayores y que si se quitan el velo les dan una paliza. Eso sucede hoy, en España. Yo diría que no es la clase de cultura que queremos importar. En el Reino Unido saben muy bien lo que pasa cuando uno cierra los ojos y se tapa las orejas mientras grita nanananana para no ver un problema. Pasan diez años y tienes un gang de violadores abusando de miles de niñas durante décadas.

Las monarquías del Golfo Pérsico tienen porcentajes de extranjeros que rozan o sobrepasan el 90%, sin que nadie allí se sienta amenazado. ¿Cómo lo hacen? Es fácil, los extranjeros no tienen derechos civiles. No digamos ya beneficios sociales. Europa no es una satrapía del desierto que flota sobre un mar de petróleo como un jubilado inglés en una colchoneta en Benidorm y no puede permitirse eso, pero el modelo actual no funciona. Es evidente. Y va a ir a peor. Si queremos entender qué está pasando es urgente que los datos sean accesibles para todos y poder hablar abiertamente de ciertos temas. No hacerlo es facilitarle al populismo vender la moto de que un problema tan complejo se puede solucionar de forma simple, dando patadas en el culo a quien no tenga el Pantone de piel adecuado.

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