
El discurso político sobre la inmigración musulmana en Europa ha girado en los últimos años hacia el alarmismo. Se habla de "sustitución demográfica" o "islamización" para sugerir que la cultura occidental estaría en riesgo de desaparecer. Esta narrativa se alimenta de hechos puntuales -delitos cometidos por jóvenes de origen magrebí, machismo heredado de sociedades patriarcales o abusos esporádicos de subsidios- y de amenazas minoritarias, aunque terribles, como el terrorismo islamista. Todo ello se utiliza para construir la percepción de que el islam en Europa es una fuerza invasora y expansiva. Pero si analizamos con rigor la evolución sociocultural en Europa, emerge una conclusión muy distinta: no es Europa la que se está islamizando, es el islam europeo el que se está europeizando.
En primer lugar, conviene mirar las proporciones reales. La población musulmana representa alrededor del 6 % del total en Europa, con variaciones importantes: cerca del 8–10 % en Francia, 6 % en Alemania, alrededor del 8 % en Suecia y entre 2 % y 3 % en España. Se trata de una minoría significativa, pero en ningún caso mayoritaria ni en camino aritmético de serlo a corto o medio plazo. Además, aunque la inmigración musulmana sea estadísticamente más joven y con mayor fecundidad inicial, esa diferencia se reduce claramente en los hijos nacidos ya en Europa. La escolarización, el acceso al empleo y el retraso de la edad de maternidad producen una convergencia notable hacia los patrones europeos generales. Sin embargo, las imágenes impresionistas de frases rotundas en un contexto real de hechos terroristas, violaciones, delincuencia y guetos reales, como la del expresidente de Argelina, Huari Bumedian en 1974 desde la tribuna de la ONU: "Sera el vientre de nuestras mujeres el que nos de la victoria. Al igual que los bárbaros acabaron con el Imperio Romano desde dentro, así los hijos del Islam, utilizando el vientre de sus mujeres, colonizarán y someterán a toda Europa.", emocionalmente crean una realidad alarmista infundada. Como los propios datos de delitos sexuales: Del total de delitos sexuales registrados en 2024 en España: 12.979 han sido cometidos por extranjeros es 5.338, o sea, el 41,1%; pero como la población extranjera en España fue del 11,7%, la proporción relativa a la población concluye que los delitos sexuales de la inmigración extranjera son 3,5 % más que la de la población española. (Hay razones culturales, sociales… para explicar esa evidencia, aunque no la justifique.
Sin embargo, no podemos dejarnos sugestionar por una minoría de integristas, violentos terroristas islámicos y desalmados violadores. La proporción entre estos respecto a los millones de musulmanes integrados en las reglas laborales y sociales, independientemente de sus creencias, es poco significativa. El problema no son esos grupos, son nuestros políticos populistas que consienten y no atajan a esos grupos en nombre del buenismo y la estupidez. Empezando por no controlar las fronteras y regular la inmigración ilegal, expulsar a los ilegales delincuentes y convenir en el Congreso medidas sensatas.
Lo decisivo del resto de la inmigración real y masiva, es la integración cultural que se da en la vida cotidiana. La segunda generación -y parte de la primera llegada siendo niña- habla la lengua del país, estudia en escuelas europeas, se socializa con compañeros de clase y de trabajo de orígenes diversos y consume cultura global a través de los medios digitales y del espacio urbano. Todo ello crea identidades híbridas que no responden al esquema rígido de "dos mundos enfrentados". Muchos jóvenes musulmanes se sienten tanto franceses como musulmanes, tanto españoles como marroquíes. Y esa doble pertenencia no implica fractura, sino síntesis: el islam europeo es un islam transformado por Europa.
Los principios democráticos europeos -igualdad jurídica, libertad personal, separación entre religión y política- ejercen una influencia normativa sin equivalente en los países de origen. Crecer bajo esos principios deja una huella duradera: la religión se adapta, la práctica se modera y las expectativas vitales cambian. Las discrepancias entre padres e hijos en temas como el papel de la mujer, la libertad de pareja o la autonomía personal ilustran bien esta transformación silenciosa.
¿Por qué, entonces, persiste el miedo? Porque la política no se rige por estadísticas, sino por emociones, por percepciones. Las minorías visibles pesan más que las mayorías discretas. Un delito cometido por un joven de origen musulmán se convierte, para ciertos discursos políticos, en símbolo de "inseguridad importada". El fundamentalismo violento de una fracción ínfima proyecta una sombra que cubre al conjunto de la comunidad. Y el malestar social derivado de la precariedad urbana -okupación, economía sumergida, barrios degradados- se interpreta como evidencia de "incompatibilidad cultural", sin reparar en que su origen es muchas veces estructural: pobreza, falta de oportunidades y segregación residencial.
En España y en Cataluña, fuerzas como VOX y Aliança Catalana han levantado su discurso sobre esa asociación entre inmigración musulmana, delincuencia y pérdida de identidad (Bildu y sus padres etarras hicieron y hacen lo mismo con los españoles). Apuntan a fenómenos reales -porque existen-, pero extrapolan conclusiones falsas: que la inmigración musulmana es en sí misma una amenaza para la convivencia. Sin negar que hay retos importantes, la generalización es injusta y, además, políticamente contraproducente: cuando se empuja a un grupo a sentirse ajeno, se dificulta su integración y se alimenta el resentimiento que después se usa como prueba del peligro.
Europa no puede ni debe cerrar los ojos ante los problemas de convivencia. Pero tampoco puede legitimar discursos que convierten a millones de personas en sospechosas por su origen o su religión. Negar la realidad sería irresponsable; deformarla para alimentar el miedo, dañino. La experiencia histórica muestra que las sociedades abiertas y exigentes son las que mejor integran, porque invitan a formar parte y obligan a cumplir.
El reto político radica en no negar los problemas, pero tampoco permitir que se conviertan en estigmas. Los comportamientos delictivos deben combatirse con rigor policial y judicial; los subsidios fraudulentos deben perseguirse, sean quienes sean los beneficiarios (ante ello los populistas de izquierdas cierran los ojos, cuando no los fomentan); y el machismo tiene que ser enfrentado con políticas de igualdad que afecten tanto a inmigrantes como a autóctonos (pues no es un patrimonio exclusivo de ninguna comunidad). Aquí los populismos de derechas, son selectivos. Los delincuentes y violadores son mayoría entre los inmigrantes, pero no son los únicos.
Europa no debe elegir entre ingenuidad (buenismo) o xenofobia. La vía madura es triple:
Exigencia cívica: quien vive aquí debe respetar las leyes, la igualdad de género y la libertad de todos. Y mano dura, o sea, ley sin contemplaciones.
Inclusión justa: quien cumple y quiere ser parte, debe tener caminos reales para sentirse reconocido. Ha de entrar en el país de forma legal y regulada. Ese es el problema, porque los populistas de izquierda en lugar de regular y aplicar la ley, fomentan la entrada masiva, o la disculpa. El sueño húmedo de Pedro Sánchez y el sanchismo es que crear una granja de votos a costa de la inmigración ilegal y pobre.
Impiedad contra el terrorismo islámico, empezando por impedir que algunos grupos terroristas y países terroristas creen o utilicen mezquitas como centros de reclutamiento de futuros terrorista o las utilicen como madrazas para lavarles el cerebro a los jóvenes.
La integración cultural no se decreta: se construye a través de la convivencia, la igualdad de derechos y también la igualdad de obligaciones. En cualquier caso, esta es la realidad, negarla solo produce melancolía, porque no desaparecerá por arte de magia. La empatía empieza por el respeto mutuo.
PD: ¿No les parece sintomático que la inmigración musulmana evite emigrar a países musulmanes donde tendrían afinidad religiosa, cultural y cercanía geográfica, y sin embargo opte por ir a países Occidentales? ¿O nos hemos de creer esa estupidez de que masivamente vienen a convertirnos al islam? He dado clases casi cuatro décadas y he visto como las chicas musulmanas masivamente se occidentalizan. No son masoquistas.
