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Brigitte Bardot o el fin de la libertad

Bardot encarnó simbólicamente los valores de la República francesa al convertirse, en 1969, en la primera personalidad real en prestar sus rasgos al busto de Marianne

Bardot encarnó simbólicamente los valores de la República francesa al convertirse, en 1969, en la primera personalidad real en prestar sus rasgos al busto de Marianne
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Brigitte Bardot, icono del cine francés y pionera en la lucha por los derechos de los animales, ha sido frecuentemente acusada de islamofobia por sus críticas al sacrificio ritual de animales durante celebraciones como el Eid al-Adha. Sin embargo, estas acusaciones simplifican y distorsionan su posición, ya que Bardot denunciaba prácticas específicas de matanza sin aturdimiento previo, que consideraba crueles y contrarias a estándares humanitarios modernos. Su activismo buscaba reformar estas costumbres —no solo en contextos islámicos, sino también en otros religiosos— para alinearlas con principios éticos de protección animal, universales y no dirigidos contra ninguna fe en particular.

Bardot encarnó simbólicamente los valores de la República francesa al convertirse, en 1969, en la primera personalidad real en prestar sus rasgos al busto de Marianne, el emblema alegórico de la libertad, la igualdad y la fraternidad nacido de la Revolución Francesa. Hasta entonces, Marianne había sido una figura anónima e idealizada; el escultor Alain Aslan rompió la tradición al elegir a Bardot, refrendada por los franceses y bendecida por De Gaulle, como modelo. Este honor la posicionaba no solo como defensora de Francia, sino como encarnación viva de los valores de la Ilustración: la razón, la humanidad y el rechazo al oscurantismo, la crueldad y el irracionalismo, sea religioso o provenga de la tradición que provenga. Su lucha contra el sufrimiento animal innecesario era una extensión de estos principios ilustrados, que priorizan la compasión racional sobre prácticas arcaicas justificadas por dogmas inflexibles.

Bardot dedicó la segunda mitad de su vida a la causa animal, fundando en 1986 la Fundación Brigitte Bardot, que ha salvado miles de animales y promovido leyes más estrictas contra el maltrato. Sus campañas contra el sacrificio ritual se enmarcaban en una visión ecologista y humanitaria, por lo que exigía el aturdimiento previo obligatorio para evitar el sufrimiento innecesario de los animales. Criticaba tanto el halal islámico como el shechitá judío, llamándolos "sacrificios rituales" en una carta abierta de 2014 publicada en periódicos franceses como Le Figaro y Le Monde. Esta terminología fue polémica, pero reflejaba su rechazo a métodos que, según organizaciones de bienestar animal, causan dolor prolongado al animal al degollarlo consciente. También se oponía a las corridas de toros y solo un imbécil se le ocurriría tildarla de hispanófoba por ello.

Sin embargo, Bardot fue condenada en múltiples ocasiones (al menos cinco veces entre 1997 y 2008, más una en 2021) por "incitación al odio racial o religioso" en Francia. Sus frases sobre una "islamización" de Francia o una población que "nos destruye" fueron interpretadas como estigmatización colectiva, más allá de la crítica legítima a prácticas específicas. Esta deriva censora en Francia y Europa contradice el principio clásico de libertad de expresión, tal como lo defendió John Stuart Mill en Sobre la libertad. Mill estableció el "principio del daño", según el cual la sociedad solo puede limitar la libertad individual —incluida la expresión— cuando cause daño directo a otros. Ofender, alarmar o generar hostilidad no justifica la censura, ya que solo una amenaza inminente de violencia lo haría.

Este enfoque milliano inspira la Primera Enmienda de EE.UU., donde el Tribunal Supremo ha protegido incluso discursos de odio (como los del Ku Klux Klan) salvo que inciten a "acción ilegal inminente" y sea probable que la produzcan. En EE.UU., frases como las de Bardot —alarmistas sobre inmigración o cambios culturales— estarían plenamente protegidas como opinión política polémica, no como "incitación al odio".

En contraste, Europa (incluida Francia) ha optado por límites más amplios, prohibiendo discursos que fomenten "hostilidad" colectiva, incluso sin llamada directa a la violencia. Esta tendencia, excusada por la prevención del odio, representa una regresión respecto al ideal ilustrado que Marianne —y Bardot como su encarnación— simbolizaba, la de una libertad que no se pliega ante la ofensa subjetiva ni ante dogmas irracionales. Las condenas a Bardot por sus críticas al islam eran en sí mismas paradójicamente islamófobas porque están presuponiendo que el islam y sus huestes son intrínsecamente intolerantes y alérgicos a la crítica racional por muy dura que esta sea.

El activismo de Bardot contribuyó a prohibiciones o restricciones al sacrificio sin aturdimiento en países como Suecia, Dinamarca, Noruega, Eslovenia, Suiza y regiones de Bélgica, priorizando el bienestar animal sin erradicar tradiciones. Etiquetar a Brigitte Bardot como islamófoba por defender estándares humanitarios universales es reductivo. Su legado invita a reformar prácticas en nombre de la razón y la compasión, recordándonos que la verdadera libertad de expresión —de Mill a la tradición estadounidense— es esencial para una sociedad ilustrada que rechaza la crueldad irracional sin censurar el debate incómodo. La deriva europea hacia la censura preventiva traiciona esos valores, silenciando voces disidentes en nombre de una sensibilidad que Mill habría considerado tiranía de la mayoría.

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