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Zapatero, de inspector de nubes a blanqueador de dictaduras

No hay mentira lo suficientemente gorda como para que la izquierda española no se la trague.

No hay mentira lo suficientemente gorda como para que la izquierda española no se la trague.
El expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. | Europa Press

Cumplida su misión de arruinar al país y de destruir el futuro de una generación, José Luis Rodríguez Zapatero dimitió como presidente del gobierno de España a finales de 2011. Se despidió con una de esas frases repipis y vacías tan propias de su mandato: "El mejor destino es el de inspector de nubes", dijo, sin que se le cayera la cara de vergüenza. "La tierra no pertenece a nadie salvo al viento", había dicho un par de años antes. Las pistas ya estaban ahí. La sabiduría popular dice que detrás de un cursi siempre se esconde un hijo de puta, y es por algo.

A ZP se le recuerda por haberse presentado a unas elecciones con el lema "Por el pleno empleo" y haber duplicado el número de parados en los siguientes doce meses. Para cuando por fin dejó de maltratar al país con su incompetencia, los desempleados se habían triplicado. Durante todo ese tiempo negó que existiera una crisis, primero, insultando de paso a los que advertían de lo que se nos venía encima, y fingió estar a punto de acabar con ella, después, insultando de paso a los que no se creían sus embustes. Exactamente el mismo método del PSOE con el Coronavirus.

Parecía que después de su nefasta labor en España Zetaparo no podía caer más bajo, pero siendo socialista siempre se puede excavar un poco más en el pozo de la inmundicia. Hace más de una década el ex presidente encontró acomodo ronroneando alrededor de los tobillos de los mandatarios más poderosos de Caracas, empezando por Nicolás Maduro. No contento con hundir España, se entregó con el mismo entusiasmo a la tarea de destruir Venezuela, llevando a cabo una labor permanente de blanqueo del régimen, disfrazado de mediador. A cambio de ella, Zetamugre disfrutó del trato privilegiado del régimen chavista, que le transportaba en los aviones de la petrolera estatal y que, según afirmaciones del entonces jefe de los servicios secretos venezolanos, le entregó la concesión de una mina de oro. ZP se ha presentado como "mediador" porque "conseguidor" queda menos bonito en las tarjetas de visita, y también como excusa para usar sin complejos ese lenguaje melifluo y equidistante con el que la izquierda acaricia el lomo de los dictadores más sanguinarios cuando son de los suyos. Su mediación consistía, entre otras cosas, en decirles a las madres de los presos políticos torturados por el chavismo que cerraran la boca, como desveló Lorent Saleh, un opositor encerrado durante años en las mazmorras bolivarianas. Fue siempre un agente chavista, incapaz de decir una sola palabra crítica con un régimen asesino y criminal que ha robado todas las elecciones que se han celebrado durante la década en la que Zetamuerte ha trabajado en su blanqueo.

Con Nicolás Maduro refrescándose en una celda de Manhattan, el que necesita blanqueo ahora es el propio Zetaperro. Por la razón que sea, la empresa de sus talentosas hijas tenía como único cliente un portal de e-sports venezolano, que mira que hay países en América y justo acaban trabajando en la dictadura a la que asesora su padre. Que Zapatero se reuniera un día antes de su imputación con el director de Plus Ultra, aerolínea que sólo tenía un destino (Caracas) y que recibió cincuenta millones de euros durante el Covid, sin duda es otra casualidad producto del azar. TVE y el resto del oficialismo se han lanzado a la tarea de subir a un pedestal al peor presidente de la historia de la democracia, de cualquier democracia. "Zapatero ha liberado a cinco presos españoles", afirman sin pudor, porque aparentemente la detención de Nicolás Maduro hace seis días no ha tenido nada que ver; en diez años trabajando para el chavismo ni un solo español había disfrutado de los beneficios de la gestión de Zetacejas, ni el gobierno de España había dicho una sola palabra sobre ellos, pero justo ahora, casualmente, es cuando el tipo que hundió España se ha convertido en un hombre de Estado genio de la mediación. Y es que no hay mentira lo suficientemente gorda como para que la izquierda española no se la trague.

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