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El problema del Islam en Europa es Europa (II)

El origen de nuestra debilidad es ideológico. Desde hace años, la política europea opera bajo un marco ideológico Woke de infaustas consecuencias.

El origen de nuestra debilidad es ideológico. Desde hace años, la política europea opera bajo un marco ideológico Woke de infaustas consecuencias.
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Europa no está en riesgo porque haya inmigración musulmana, ni siquiera porque exista islamismo radical. Está en riesgo porque sus élites políticas han renunciado a gobernar con firmeza, refugiándose en una moral de escaparate que confunde humanidad con permisividad, y derechos con ausencia de consecuencias. Ese es el verdadero punto ciego del debate: la debilidad voluntaria de los Estados Occidentales. No, no es la invasión demográfica, ni el número creciente de delincuencia, ni de delitos sexuales, ni siquiera el terrorismo islámico, es la flacidez política que teniendo la ley en su mano, no tiene arrestos para aplicarla. También hubo grupos terroristas comunistas y nacionalistas europeos a finales del siglo XX en Irlanda, Italia, España, Alemania... todos fueron erradicados. Algunos de maneras expeditivas, como la Banda Baader-Meinhof en las cárceles alemanas.

El origen de nuestra debilidad es ideológico. Desde hace años, la política europea opera bajo un marco ideológico Woke de infaustas consecuencias: una mezcla de relativismo cultural, victimismo identitario y miedo patológico a establecer límites. En ese marco, aplicar la ley deja de ser un deber y pasa a percibirse como una agresión simbólica; exigir integración se interpreta como exclusión; y señalar problemas reales se tacha automáticamente de "discurso de odio". El resultado no es convivencia, sino dejación de funciones.

Esta ideología es especialmente empalagosa en la izquierda pseudocumunista y en el populismo de derechas, más preocupados por evitar el conflicto que por resolverlo. Gobernar ha sido sustituido por vender un relato, y el cuento consiste en prometer mundos de Yupi: sociedades sin fricción, multiculturalismos armónicos por decreto y una convivencia garantizada por la mera buena voluntad. Cuando la realidad desmiente ese relato (delincuencia, radicalización, guetos, violencia, agresiones sexuales, terrorismo…), la reacción no es corregir políticas, sino negar el problema o desplazar la culpa.

Aquí es donde la confusión se vuelve peligrosa. La ley no es violencia institucional; es la condición de posibilidad de la libertad. Pero el buenismo Woke ha convertido la aplicación estricta de la ley en una sospecha moral. Se tolera la ilegalidad para no "estigmatizar", se relativiza el delito para no "señalar", se evita expulsar a reincidentes para no "criminalizar colectivos". Y mientras tanto, los ciudadanos, incluidos millones de inmigrantes cumplidores, perciben que el Estado no resuelve el problema, sino que lo cangrena.

Esta dejación tiene consecuencias muy concretas. Los grupos más agresivos se afianzan allí dónde el Estado hace dejación de funciones. El islamismo, como cualquier ideología totalitaria, no necesita mayorías: le bastan minorías marginales atrincheradas en guetos y zonas grises con autoridades acomplejadas y una opinión pública intimidada por etiquetas morales. Hasta los llamados "lobos solitarios" tienen cancha en esta dejación.

Frente a este panorama, la lección que llega desde fuera de Europa es elocuente. Irán, uno de los centros del islamismo integrista global, pura teocracia, muestra que el problema no es el islam ni el musulmán, sino el integrismo islámico y la teocracia política que lo impone. Allí donde la teocracia gobierna sin disimulo, la sociedad musulmana acaba por rebelarse, y lo hace desde sus símbolos más humillados, sus mujeres. Ellas más que nadie reclaman libertad, igualdad jurídica y dignidad personal. El gesto sin velo de encender un cigarrillo con la cara del régimen teocrático de una mujer, basta para plasmar la sinrazón del abuso islamista. No es Occidente imponiendo valores; es la experiencia directa de la opresión produciendo rechazo. El deseo de libertad no es occidental: es humano. Y este reflejo, en buena parte, es a imagen y semejanza de Occidente. Porque la tesis del primer artículo: "Europa no se islamiza: el Islam europeo se europeíza" lo estamos viendo sociológicamente en las segundas generaciones, aunque quede oculto tras las minorías conflictivas del islamismo terrorista y las tasas de delincuencia sexual. Frente a ellas, la mayoría de musulmanes, como hicimos los europeos a partir de la irrupción de la Ilustración y las democracias liberales respecto al Antiguo Régimen y al cristianismo más integrista, se liberan de las pautas culturales teocráticas por experiencia vital y puro sentido común.

Allí donde la ley se aplica con claridad sin excepciones culturales ni complejos ideológicos, el islam se seculariza, se privatiza y se adapta. Allí donde el Estado abdica, emergen poderes paralelos. La permisividad occidental crea más problemas que la propia inmigración. No es humanidad permitir la ilegalidad; no es progreso renunciar a la igualdad ante la ley; no es tolerancia aceptar lo inaceptable. La integración exige derechos, sí, pero también obligaciones no negociables. Lo contrario que se hace en España, que obsesionados con teatralizar gestos humanitarios a coste cero, han abolido las fronteras, satanizado la soberanía, cuestionado la propiedad, y mangoneado el cumplimiento de la ley.

Europa no tiene un problema con la invasión demográfica musulmana, sino con generaciones occidentales que han renunciado a tener hijos y políticas irresponsables que toman a la familia como una antigualla y a la natalidad como un yugo para la mujer. Un signo evidente de nuestra decadencia como civilización. Europa no tiene problemas porque la inmigración musulmana que tiene hijos y una situación precaria reciban multitud de ayudas del Estado, sino por la política de ayudas que permite el fraude, e incentiva a vivir sin trabajar, o haciendo cuatro chapuzas sin cotizar, y vivir con lo mínimo, porque al fin y al cabo, en comparación a cómo vivían en sus países, están en el cielo.

Lo podemos comprobar a diario con un tema cada día más insoportable, la okupación. El problema no es quién ocupa ilegalmente una propiedad que no es suya, que también, sino de las leyes y los políticos que las facilitan.

Corren por Internet multitud de vídeos cuya veracidad es precaria, que encabronan emocionalmente a los contribuyentes y crean ese caldo de cultivo tan escaso de ecuanimidad. Uno sobre Inglaterra: "El 78% de las mujeres musulmanas no trabaja y recibe apoyo estatal y alojamiento gratuito. El 63 % de los musulmanes no trabajan y reciben apoyo estatal y vivienda gratuita. Las familias musulmanas con apoyo estatal tienen un promedio de 6 a 8 hijos…". Importa poco si es cierto o no, lo trágico es que da lo mismo.

En el mismo video se da por supuesto que la llegada de musulmanes a importantes alcaldías (Londres, Birmingham, Leeds, Blackburn, Sheffield, Oxford) es un signo evidente de la invasión musulmana, cuando podría ser exactamente lo contrario: la prueba real de que comienzan a integrarse en los valores de las democracias liberales. Y podrían ser ellos los más interesados en combatir al integrismo islamista. Este es el caso del actual alcalde de Londres, el laborista musulmán Sadiq Khan, que acaba de asumir la alcaldía en un templo cristiano de Londres.

Una baño de realidad, Europa es fruto del mestizaje y el sincretismos de culturas. Y lo seguirá siendo. Si nosotros mismos no confiamos en el magnetismo de nuestros valores, estamos perdidos.

PD: En honor y reconocimiento de los venezolanos e iraníes, estas palabras de ayer en el Congreso de Cayetana Álvarez de Toledo: "Señorías, estamos ante el principio del fin del cautiverio venezolano, y ojalá también del cubano. Ante una oportunidad real para la democracia. Y sí, mi grupo lo celebra sin adversativas, como celebramos y apoyamos las heroicas revueltas en Irán - mujeres valientes, feministas de verdad, traicionadas por la izquierda -, permítanme decirlo claramente: señorías de Podemos, su feminismo acaba donde empieza la financiación iraní. Es un feminismo teocrático, de burka y verdugos". Es esta firmeza, la batalla cultural que Occidente ha olvidado.

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