
El Estado social y democrático de Derecho en el que se constituyó España en 1978 es un enfermo terminal. Un guiñapo institucional que repta agotado, humillado, autómata, vejado hasta la extenuación y la extremaunción por unos profesionales de la res publica que juegan, como dijo Pérez-Reverte, "al ajedrez con vidas humanas". La ineptitud y la voracidad de los hunos y de los hotros, de las riberas y de los mazones, porque aquí no se halla libre de pecado ni el Tato, han derivado en una metástasis grave, sistémica, terriblemente extendida por los órganos vitales de un paciente que agoniza con lentitud, pero sin detenimiento; en un boquete siniestro que amenaza en serio con hundir el transatlántico en el que usted, estimado lector, y yo navegamos manque no nos guste.
Tecleo en caliente, al poco de que al menos 39 personas perdieran la vida y 122 resultaran heridas debido al choque de dos trenes de alta velocidad, el Iryo 6189 y el Alvia 2384, a la altura del municipio cordobés de Adamuz, sito a 37 kilómetros al nordeste de la capital de la provincia. El presidente de Renfe, Álvaro Fernández de Heredia, exconcejal de Más Madrid harto conocido por fotografiar patos muertos, ha descartado el fallo humano y ha apuntado a "alguna cuestión del material móvil de Iryo o de la infraestructura"; el ministro de Transportes, Óscar Puente, quien reiteró que "el ferrocarril vive en España el mejor momento de su historia", señala que "es un accidente tremendamente extraño". La Guardia Civil trabaja para esclarecer las causas del siniestro. Los familiares de desaparecidos como Míriam, Rafael, Félix o Cristina suplican ayuda en las redes sociales.
Es horrible, mas nadie se sorprende. Ni siquiera los cortesanos mediáticos, que apuntarán –ya están apuntando– contra las compañías, el capitalismo o Franco. La cuenta de Adif en X comunicó veinte incidencias en el tramo de Adamuz desde el 15 de marzo de 2022. Desde que Puente es titular de la cartera de Transportes, se han multiplicado los descarrilamientos y las averías, y se cuentan por miles los pasajeros que, durante horas, han quedado atrapados en un tren varado en mitad de la nada. Lejos de entonar un mea culpa, el Ministerio se burlaba, con chulería y vinagre, de los pasajeros afectados decorando estaciones como la de Santa Justa con un cartel mostrenco y bochornoso en el que se podía leer: "Disculpen las mejoras".
Creo, y digo "creo", y no "sé", que el trágico accidente ferroviario de Adamuz es el cuarto capítulo de una historia escrita, al ritmo de una danza macabra, por los vampiros que han sangrado el Estado que define el Artículo 1 de la Constitución. La erupción del volcán Cumbre Vieja de La Palma, la dana que afectó a Valencia, a Castilla-La Mancha y a Andalucía, y el apagón que se atrevió a contradecir al novio de Sarah Santaolalla y dejó sin luz a España y a parte de Portugal son las pinturas negras tangibles, tridimensionales, que retratan a un rey desnudo y mortecino. El líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, dista mucho de parecer, hoy por hoy, en palabras del regeneracionista Joaquín Costa, el "cirujano de hierro" que el enfermo necesita, y tampoco debemos perder de vista que, recurriendo a Gramsci, "el viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer, y en ese claroscuro surgen los monstruos". Así que apretémonos los machos, que esto no ha hecho más que empezar. Descansen en paz las víctimas, y que los heridos se recuperen plenamente.
