El accidente ferroviario ocurrido el pasado domingo en la localidad cordobesa de Adamuz ha provocado la muerte de 40 pasajeros y 150 heridos (9 de ellos en estado crítico), lo que convierte a este siniestro en uno de los más graves ocurridos en los ferrocarriles españoles en toda su historia. El siniestro exige una investigación exhaustiva para determinar con toda exactitud las causas de un accidente que, por su magnitud, debe ser llevada a cabo con la máxima celeridad. Las familias de las víctimas y la sociedad española en su conjunto, estremecida por las imágenes de la tragedia, necesitan que el Gobierno esté, en esta ocasión, a la altura de las circunstancias.
A la espera de que los técnicos determinen qué pudo ocurrir para que dos trenes chocaran provocando esa elevada mortandad, lo cierto es que las infraestructuras ferroviarias en España han venido mostrando en los últimos tiempos un estado deficitario de signo alarmante. El corredor Madrid-Andalucía, donde ha ocurrido el accidente, ha sido uno de los más señalados por los usuarios del ferrocarril a causa de las averías, retrasos e interrupciones frecuentes del tráfico que, en ocasiones, han provocado la paralización durante horas de trenes llenos de pasajeros en condiciones lamentables.
Las denuncias por la pésima situación de las infraestructuras no solo se han producido en la opinión pública, con su correlato natural en el ámbito político. También los sindicatos y los profesionales del transporte ferroviario han advertido en numerosas ocasiones sobre el mal estado de las vías y de la maquinaria, debido a la falta de las inversiones necesarias para mantener una red de ferrocarril a la altura de lo que necesita España.
Hasta el momento, el máximo responsable de Transportes se ha limitado a responder con insultos a las críticas por la mala gestión de su departamento, una actitud lamentable aunque coherente, tratándose de un ministro de Pedro Sánchez. Pero después de una tragedia de estas dimensiones ya no valen la chulería ni el desdén que caracterizan al inefable Óscar Puente.
Es evidente que el riesgo cero no existe y que muchos accidentes graves ocurren de manera fortuita, pero, como máximo responsable de los ferrocarriles españoles, Puente está obligado a gestionar la investigación del terrible siniestro con la máxima transparencia, aunque eso suponga sacar a la luz la falta de inversiones en un sector estratégico que necesita de constantes actualizaciones para mantener su pujanza con la debida seguridad.

