La miseria de Barcelona
En la segunda capital de la impresionante locomotora de la zona euro resulta ser tal el número de indigentes y pobres de solemnidad que no resta ni una sola cama libre donde poder alojarlos
Sé bien que correlación no necesariamente es sinónimo de causalidad, pero me cuesta demasiado no establecer algún vínculo de parentesco entre dos noticias que acabo de leer en el principal periódico de mi provincia. En la primera, y con indisimulada euforia por parte del redactor, se me hace saber que el FMI ha decidido elevar la previsión de crecimiento de España hasta el 2,3%, algo que consolidaría por tercer año consecutivo a nuestra economía en el envidiable estatus de nada menos que "locomotora de la zona euro". Todo nos marcharía de fábula en el mejor de los mundos económicos posibles, pues.
En la segunda de las informaciones, que para más sarcasmo involuntario se ofrece al lector en la plana inmediatamente contigua, el diario acusa recibo de que, pese a estar gastando el Ayuntamiento de Barcelona anualmente 22 millones de euros en el alquiler de habitaciones en pensiones para alojar a personas sin techo (no, no se trata de una errata, Barcelona destina al año 22 millones de euros a pagar camas en pensiones; o sea, 60.000 euros cada día), los Servicios Sociales ya se muestran impotentes para ofrecer ningún alojamiento adicional a nadie a causa de que no queda, literalmente, alguna habitación libre en toda la ciudad que pueda ser arrendada por el Consistorio.
En la segunda capital de la impresionante locomotora de la zona euro resulta ser tal el número de indigentes y pobres de solemnidad que no resta ni una sola cama libre donde poder alojarlos con cargo al presupuesto público. Ni un solo somier en toda la ciudad. Así las cosas, el Consistorio ha aprobado – informa 'La Vanguardia'– una ayuda adicional de 1.500 euros mensuales, suma que se entregará a los indigentes a fin de que traten de buscar algún parche por su cuenta. Es una escena de Dickens trasladada al Mediterráneo del siglo XXI. Si bien explíqueme ahora el lector cómo puede ser posible que yo haya escrito esta columna en Lisboa, una capital mucho más modesta que Barcelona, sin todavía haber visto a nadie durmiendo al raso, en la calle.
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