
Cuando los jóvenes protestan por las dificultades de alquilar o comprar una vivienda con sus salarios, nunca falta quien les eche en cara sus gastos en ocio. Suele ser un lugar común en redes sociales como X que alguien a quien ya no puede calificarse seriamente de joven les reproche que se vayan de vacaciones o estén suscritos a Netflix en lugar de ahorrar. Y aunque seguro que hay muchos irresponsables financieros, como los hay de todas las edades, Netflix no es el problema, sino el síntoma.
Es un hecho conocido que, en economías ricas, la obesidad se concentra en los pobres. Puede resultar sorprendente porque asociamos la pobreza con el hambre, pero en las sociedades más opulentas es raro no tener para comer salvo en los casos más extremos. Aun así, ¿por qué se correlaciona el presupuesto ajustado con los excesos alimenticios? Hay varias razones que a cualquiera se le ocurren casi inmediatamente, pero también una que tiende a pasarse por alto. Con poco dinero, cuando quieres darte un lujo, un capricho, la opción más asequible es precisamente la comida. Y la comida celebratoria no suele ser una ensalada.
Algo similar sucede con algunos de esos gastos celebratorios del nuevo lumpen de jóvenes trabajadores del sector servicios. Miran los precios de los dos pisos que salen en alquiler o, peor, de los que salen a la venta, y concluyen que por mucho que progresen no van a poder salir de la versión posmoderna de El pisito. ¿Para qué ahorrar entonces? Mejor darse el lujo o capricho de pasar unos días en el extranjero. O disfrutar de un rato de ocio diario con la extensa oferta de Netflix. Si por más que ahorres el objetivo está cada día más lejos, la idea de reducir gastos para comprar una vivienda o incluso de alquilar solo o en pareja empieza a parecer más una superstición que un proyecto de futuro.
Que la vivienda vuelva a estar al alcance de los jóvenes no es una quimera, pero para lograrlo hace falta hacer sacrificios. Toda política tiene costes. Si quieres reducir el riesgo en las hipotecas para prevenir desahucios, terminas dejando sin ellas a quienes más las necesitan. Si llenas de privilegios a los inquilinos, los propietarios dejarán de alquilar. Si quieres controlar cómo se construye, cuánto y dónde para que todos los pisos sean sostenibles y ecológicos y los nuevos barrios cuenten con metro, tren y todo tipo de servicios, estrangularás la oferta y encarecerás el producto final. Si dejas entrar a cientos de miles de inmigrantes todos los años, aumentas la demanda de vivienda y con ella su precio. Y así podríamos seguir un rato. Si quieres que los jóvenes tengan más renta disponible para poder aspirar a una vivienda, tendrás que bajarles los impuestos y reducir el gasto público.
Si en algún momento llegaran al poder políticos con intención de aliviar este problema empeorarán otros, menos importantes, pero que afectan a una base electoral poderosa. Vivimos en la dictadura del pensionariado, al fin y al cabo. Pero entonces, la juventud sin futuro inmobiliario quizá se replantearía lo de ahorrar. Porque entonces tendría sentido.
