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No queda nada por denunciar

No nos queda otra que, como la bella durmiente, esperar a que llegue dentro de sólo Dios sabe cuándo, un príncipe que nos despierte de esta pesadilla.

No nos queda otra que, como la bella durmiente, esperar a que llegue dentro de sólo Dios sabe cuándo, un príncipe que nos despierte de esta pesadilla.
Cordon Press

Se desgañitan los medios en describir las muchas corrupciones que asedian a Sánchez. Ya se conocen los métodos mafiosos con los que llegó a la secretaría general del PSOE. Están imputados su hermano y su cónyuge. Proletariza a la clase media degradando la educación, empeorando la sanidad y reduciendo, por vía de inflación e incremento del salario mínimo, sus ingresos reales, especialmente los de los autónomos. Y asume impertérrito la responsabilidad culpable de 46 muertos, consecuencia directa de haber dedicado el dinero que debió destinarse al mantenimiento de las vías férreas a la compra de votos. Y no dimite. No lo hará con nada. Da igual lo que se sepa de él, aunque se descubriera que no ha dejado artículo del Código Penal sin violar.

De forma que no tiene sentido mesarse los cabellos o arrancarse la ropa. La Constitución Española quiso dar estabilidad a los gobiernos sustrayendo a la oposición el derecho a derrocar a un Gobierno si no era capaz a la vez de reunir una mayoría absoluta de apoyos a un candidato alternativo. Lo hizo así porque no le pareció concebible que nadie pudiera abusar de la norma del modo inmoral que lo hace Sánchez. Pero ni eso, quejarse de la Constitución, merece ya la pena. Lo único que puede hacerse es esperar a que el PSOE, no por ninguna exigencia moral, que ninguna tuvo nunca, sino por salvarse de la hecatombe, decida que no compensa disfrutar de las muchas prebendas de hoy a cambio del desierto que habrá que atravesar mañana. Y no lo pueden hacer los socialistas que quieran. No bastan los alcaldes y barones que desean que las generales sean antes que las municipales y autonómicas. Ni pintan nada las viejas glorias que denuncian lo que pasa. Sólo el grupo parlamentario del Congreso podría, como ocurre en Inglaterra, enarbolar el puñal de Bruto y poner fin a este infierno que padecemos. Pero, a ese redil no accedieron más que los escogidos con lupa por Cerdán, que allí entraron por las cualidades con las que se suele ascender en el PSOE, corruptelas de todo tipo, gente con los armarios llenos de cadáveres, de lealtad contrastada y susceptibles de ser chantajeados.

Y, sin embargo, el domingo pasado, un diputado castellano-manchego, un tal Sergio Gutiérrez, secretario de Organización en su región, saltó a la palestra para defender a su señorito, Emiliano García-Page, denostado por la nueva secretaria de Organización desde Ferraz. El rebelde ha vuelto al silencio y no parece que sus denuncias vayan a quedar en otra cosa que no sea nada. Pero, menos da una piedra y por algo hay que empezar. Mientras tanto, no nos queda otra que, como la bella durmiente, esperar a que llegue dentro de sólo Dios sabe cuándo, un príncipe que, blasonado con el puño y la rosa, cubierto por una capa roja y armado de una daga florentina, nos despierte de esta pesadilla y, por salvar su reino, salve también el nuestro. Mientras, tan sólo nos cabe rezar para sobrevivir, salvando de la codicia fiscal lo que se pueda de nuestra hacienda. Y esperando no fallecer, literalmente, abrasados en un incendio, arrastrados por una riada, sepultados por la corriente que mana de una presa rota, en el hoyo de un socavón o tras engancharse nuestro tren a la catenaria. Empeñémonos pues en mantenernos vivos, aunque sólo sea por el placer de asistir a la caída del psicópata que nos gobierna y, si Dios quiere, verle responder de sus muchos crímenes.

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