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La nueva extrema izquierda es la misma vieja extrema izquierda

La extrema izquierda está empezando, por ahora de forma confusa y deslavazada, una suerte de refundación que les permita llegar a las urnas con otra cara.

Abocada a la división y a una catástrofe electoral en las generales que ya vienen anunciando las sucesivas debacles autonómicas, la extrema izquierda española más allá de la izquierda extrema que es el PSOE está empezando, por ahora de forma confusa y deslavazada, una suerte de refundación que les permita presentarse ante las urnas con otra cara.

Con otra cara, pero con las mismas caras, hay que señalar, porque quizá acaben prescindiendo de una Yolanda Díaz que se ha abrasado en su sumisión al PSOE y su propia incompetencia de magnitud oceánica, pero por lo demás seguirán exactamente los mismos que llevan ahí años, subidos a la poltrona, con parcelas de poder y haciéndose pasar por representantes de "los de abajo", como decía en su momento Podemos.

Gabriel Rufián, ese independentista que no iba a pasar más que 18 meses en Madrid pero que parece que ha decidido quedarse para siempre, es sólo uno de los ejemplos de esto, pero es perfecto: desde 2019 en el Congreso y con una influencia nada desdeñable en Gobierno en los últimos años, ahora parece estar descubriendo los problemas de Cataluña y del resto de España como si su actuación política y los pactos de su partido no tuviesen nada que ver, como si acabase de llegar ya no de Barcelona, sino del espacio exterior.

Y no se trata sólo de que sean las mismas personas, es que también son los mismos partidos: este próximo fin de semana Izquierda Unida, Comuns, Más Madrid y el propio Movimiento Sumar, es decir, los mismos que crearon Sumar, se van a reunir para relanzar lo que con no poca cursilería llaman ese "espacio político". Es obvio que con los mismos ingredientes el resultado final de la nueva receta no puede ser muy diferente al de la vieja.

Además de esta sustitución de una cosa por otra idéntica, se está dando también otro fenómeno llamativo, una cierta ampliación del campo de batalla, como diría Houellebecq: ahora la izquierda también habla de la inseguridad en las calles o del burka, tal y como hicieron el propio Rufián y Emilio Delgado en su acto de este miércoles.

El de ERC estuvo, como suele ser marca de la casa, directamente grotesco: llamar "salvajada" y "animalada" al burka menos de 24 horas después de haber votado en contra de su prohibición sólo está a la altura de un auténtico virtuoso del cinismo. Emilio Delgado, por su parte, se preocupaba porque los niños no pueden bajar a jugar a la calle porque hay violencia en algunos barrios. Desde luego, el de Más Madrid tiene razón, pero ¿cómo es posible que hasta ayer mismo si cualquiera decía algo parecido era tachado de fascista y de peligro para la democracia?

Aunque en la era Sánchez cualquier cosa parezca posible, la realidad es que en política no puede cambiar radicalmente de opinión sin explicarlo muy bien, sin pedir perdón por los errores del pasado y, sobre todo en un caso como este, sin sacar las conclusiones de verdad pertinentes y, por ejemplo, preguntarse por qué los barrios están cómo están qué papel juega en ello la inmigración ilegal.

Y esta nueva izquierda idéntica a la vieja izquierda no parece dispuesta a ninguna de estas tres cosas: ni dan explicaciones, ni piden perdón ni por supuesto van a cambiar el fondo de sus nefastas políticas, sólo quieren travestirse de algo que no son en un intento más bien patético de evitar algo que es inevitable: que la inmensa mayoría de la sociedad tome conciencia de que tanto ellos como lo que defienden son un desastre, da igual con qué cara se presenten.

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