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El PSOE necesita un exorcismo

La única salida que tiene el PSOE para mantenerse como partido civilizado y progresista dentro de la izquierda es pedir perdón por su tradición bolchevique, extremista y ultra,

La única salida que tiene el PSOE para mantenerse como partido civilizado y progresista dentro de la izquierda es pedir perdón por su tradición bolchevique, extremista y ultra,
El expresidente del Gobierno Felipe González (d) y el presidente del gobierno Pedro Sánchez, durante el acto institucional que conmemora la Constitución de 1978. | EFE

El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) siempre ha sido un espacio de tensiones ideológicas internas, pero ahora están llegando a una contradicción brutal. Esta dualidad se ha manifestado históricamente en lo que podría denominarse sus "dos almas": una social-liberal, moderada y pragmática, orientada hacia reformas graduales y la integración en el sistema capitalista; y otra filobolchevique, más radical, inclinada hacia alianzas con fuerzas y dictaduras de izquierda extrema, bolcheviques ayer, populistas hoy.

Esta dicotomía no es nueva, sino que remite a las divisiones del socialismo español durante la Segunda República. Representantes emblemáticos de estas corrientes son, por un lado, Felipe González y Miguel Boyer, encarnando el ala social-liberal; y por otro, José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez, que reflejan un giro autoritario y cómplice con la demagogia y la violencia como herramientas políticas, como muestra su cercanía y simpatía con Maduro. En sus raíces históricas, figuras como Fernando de los Ríos y Francisco Largo Caballero ilustran esta bifurcación temprana.

Fernando de los Ríos, intelectual y jurista, representaba el alma liberal y humanista del partido. Como ministro de Instrucción Pública en el gobierno provisional de la República, impulsó reformas educativas laicas y progresistas, inspiradas en el krausismo y en una visión democrática del socialismo. De los Ríos abogaba por un cambio pacífico, rechazando la violencia revolucionaria y priorizando la educación como herramienta de transformación social. Era un socialista que en su lúcido y valiente libro Viaje a la Rusia sovietista fue de los primeros socialistas que prefirieron la decencia a la secta y denunció la falta de libertades y el brutalismo de esa cheka gigantesca nominada "URSS" liderada por Lenin.

En sus antípodas, Francisco Largo Caballero, conocido no por casualidad como el "Lenin español", encarnaba el alma bolchevique. Líder del sindicato UGT y ministro de Trabajo en la República, Largo Caballero defendía una línea dura, inspirada en la Revolución Rusa que había denunciado Fernando de los Ríos. Durante los años 30, impulsó la radicalización del PSOE, promoviendo la idea de una dictadura del proletariado y aliándose con comunistas en el Frente Popular, sirviendo de inspiración a la actual alianza de la dupla Zapatero-Sánchez con los Maduro, Otegi, Puigdemont… Con los terroristas y los golpistas se encuentran en su salsa marxistoide original. Largo Caballero veía el socialismo como una lucha de clases irreconciliable, priorizando la revolución sobre el Estado de Derecho. Cuando Indalecio Prieto, presuntamente moderado, se pasó al lado bolchevique apoyando el golpe de Estado social-nacionalista de octubre de 1934, el PSOE estaba condenado a traicionar a la Segunda República liberal para convertirla en una Tercera República al estilo de los soviets.

Con la muerte de Franco en 1975 y la Transición a la democracia, el PSOE resurgió bajo el liderazgo de Felipe González, quien encarnó el triunfo temporal del alma liberal. Elegido secretario general en 1974, González modernizó el partido, abandonando el marxismo en el Congreso de 1979 y orientándolo hacia la socialdemocracia europea que se había vuelto hayekiana, vía ordoliberalismo de Friburgo, como reconoció Helmut Schmidt cuando felicitó a Hayek. Su gran victoria electoral marcó el inicio de un gobierno que impulsó la integración de España en la OTAN y la Comunidad Económica Europea, priorizando la libertad personal y el mercado frente al colectivismo y el intervencionismo.

Miguel Boyer, ministro de Economía y Hacienda entre 1982 y 1985, fue el artífice de las reformas neoliberales que definieron esta era. Procedente de entornos tecnocráticos del franquismo tardío, Boyer implementó políticas de ajuste estructural, privatizaciones parciales y control de la inflación, alineándose con el consenso washingtoniano. Junto a Carlos Solchaga, formó parte de un equipo que reconvirtió la industria pesada y abrió la economía. Esta ala liberal del PSOE se enfrentó a un sindicalismo tan trasnochado como violento, así como al peor terrorismo de la extrema izquierda, y transformó el PSOE en un partido social-liberal. Nadie ha hecho tanto para expurgar a la izquierda de su virus totalitario como Felipe González, que además de echar a patadas a Karl Marx del partido declaró en 1978, cuando la izquierda académica defendía sin complejos la dictadura del proletariado:

Yo preferiría que me diesen un navajazo en el vientre entrando en el Metro de Nueva York, a las diez de la noche, antes que vivir treinta años con absoluta tranquilidad y seguridad en Moscú.

Zapatero y Sánchez, por el contrario, preferirían vivir con absoluta tranquilidad y seguridad en la Caracas de Venezuela que un solo segundo en el Metro del Madrid de Ayuso, la heredera del espíritu de Thatcher y Reagan.

Si González y Boyer representaron un PSOE pragmático, que priorizaba el crecimiento económico y la integración internacional sobre el radicalismo ideológico, alejándose del bolchevismo histórico, Zapatero revivió el espíritu de Largo Caballero al promover un PSOE más identitario y menos moderado, enemigo de Estados Unidos y aliado de la Turquía islamista de Erdogan. Pedro Sánchez ha profundizado esta tendencia. Tras su moción de censura contra Rajoy, Pedro Sánchez ha gobernado mediante coaliciones con la ultraizquierda y apoyos del independentismo golpista, xenófobo y antiespañol, llevando a cabo reformas populistas antimercado y anti Estado de Derecho. El bolchevismo de Largo Caballero, reivindicado por Sánchez, le ha llevado a su acercamiento a comunistas y separatistas, como en la amnistía a líderes catalanes. Amnistía que él mismo había considerado una traición a la democracia antes de necesitar los votos del nacionalismo golpista. Sánchez representa un PSOE que ha vuelto a la radicalización de los años 30 que lo mismo apoyaba a dictadores de derecha como Primo de Rivera que tomaba notas de dictadores de izquierda como Lenin.

Estas dos almas del PSOE le han permitido su supervivencia mediante adaptaciones tácticas al precio de dividir a los españoles, llevando a España a una polarización extrema que contribuyó al clima de enfrentamiento civil que precedió a la Guerra Civil y la actual radicalización de la situación política española. Mientras Felipe González y Miguel Boyer encarnaron la moderación que estabilizó la democracia, Zapatero y Sánchez han revitalizado el ímpetu ultra, poniendo en riesgo de fragmentación no solo al PSOE, reconvertido en una mezcla entre secta y mafia, sino que han estimulado una guerra civil entre hombres y mujeres con su feminismo ultra. La única salida que tiene el PSOE para mantenerse como partido civilizado y progresista dentro de la izquierda es pedir perdón por su tradición bolchevique, extremista y ultra, de Largo Caballero a Pedro Sánchez, echándola de su seno mediante un exorcismo de ese espíritu tiránico que lo ha poseído, como arrojaron la ideología marxista. Veremos quiénes son los liberatores socialistas que se atreven a dar el paso final para terminar con el cesarismo de Sánchez. Aunque García-Page parece estar muy lejos de ser Casio, mucho menos Bruto.

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