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Apartad vuestras sucias manos politizadas del arte

Cuando un artista somete su obra a una causa partidista, a una secta o a una ideología cerrada, no la enriquece sino que la pervierte. L

Cuando un artista somete su obra a una causa partidista, a una secta o a una ideología cerrada, no la enriquece sino que la pervierte. L
Javier Bardem en los EMMY | EFE

¿Deben los artistas dictar sermones y pontificar? O, dicho de otro modo, ¿deben los artistas poner su obra al servicio de la estética o de la política? En cualquier caso, tanto la estética como la política están al servicio de otra dimensión, la antropológica. Un arte y una política que sean legítimas y se honren a sí mismas deben estar al servicio de la mejora del ser humano respecto a sus facultades mentales, simbólicas, lingüísticas. Deben hacerlo más complejo, más difícil, más duro en el sentido de la voluntad, el deseo y la razón elevadas. Por el contrario, politizar el arte, poner su misión humanista, al servicio de un partido, una secta o una ideología es prostituirlo, contaminarlo, convertirlo justamente en su contrario: propaganda.

No, los artistas no deben dictar sermones ni pontificar como si fueran profetas de partido o gurús de ideología. Su vocación no es la de predicar dogmas, sino la de mostrar, revelar, hacer visible lo que la vida misma oculta bajo sus rutinas o sus máscaras. Un artista no impone respuestas, sino que plantea problemas. Como bien recordaba Gogol en una carta a Zhukovsky de enero de 1848 —que Tarkovsky citaba con frecuencia para defender su propio cine, atacado por los comunistas por ser demasiado místico, es decir, poco "comprometido" con la causa marxista—, «no es mi trabajo predicar un sermón. El arte es de por sí una homilía. Mi tarea es hablar con imágenes vivas, no con argumentos. Debo mostrar la vida de frente, no discutirla».

Wim Wenders, en el torbellino de la Berlinale 2026 —donde sus palabras iniciales en la rueda de prensa de apertura («los cineastas somos el contrapeso de la política, lo opuesto a la política», «debemos quedarnos fuera de la política») desataron una furia previsible, con dimisiones como la de Arundhati Roy y cartas abiertas de repudio por no acusar a Israel de genocidio en Gaza por los habituales abajo firmantes Tilda Swinton, Javier Bardem, Mark Ruffalo, etc.—, no hizo sino actualizar esa vieja intuición. Dijo que las películas pueden cambiar el mundo, pero no en un sentido político directo, es decir, politizado: «Ninguna película ha cambiado realmente la idea de un político, pero sí podemos cambiar la idea que la gente tiene de cómo debería vivir». En la ceremonia de clausura matizó aún más al explicar que los lenguajes del activismo y del arte son distintos, aunque puedan ser complementarios; no se trata de oponerlos ni de subordinar uno al otro, sino de reconocer que el cine habla al ser humano en cuanto persona, no en cuanto militante o votante. Ken Loach, un cineasta activista y militante, está siempre dándonos un sermón, a costa muchas veces de la calidad cinematográfica. Neruda era un gran poeta hablando del amor y un mal poeta, además de un miserable, alabando en un poema a Stalin. Todo lo contrario de cineastas políticos pero no politizados, de Fritz Lang (M, el vampiro de Düsseldorf o Furia) a John Ford (Las uvas de la ira, Qué verde era mi valle) pasando por Luis Buñuel (Los olvidados, Nazarín), Welles (Ciudadano Kane, Campanadas a medianoche) o Truffaut (El pequeño salvaje, Fahrenheit 451), ejemplos de artistas que muestran que el ser humano es un animal político, que vive en sociedad, que sufre la opresión, que ejerce el poder o lo padece. Su obra refleja esa tensión, pero lo hace desde la complejidad, la paradoja y la apertura. No dan respuestas, no formulan consignas. Muestran al sheriff y al forajido, al rico y al pobre, al revolucionario y al reaccionario, y nos deja a nosotros, los espectadores, en medio del barro del dilema, de la niebla de la dialéctica, obligados a pensar, es decir, a elegir. Los artistas de verdad nos condenan a ser libres, no nos reducen a rebaños tras una pancarta, de los que se burlaba Charles Chaplin en Tiempos modernos, otro de los grandes artistas políticos que jamás se rebajaron a la politización burlándose de las fábricas, de los capitalistas, de la policía, pero también de los rebaños de obreros y la rebelión de las masas.

La cuestión de fondo es si el arte debe ponerse al servicio de la estética o de la política. Pero la alternativa es falsa, o al menos incompleta, porque ambas —estética y política— son dimensiones subordinadas a algo más profundo: lo antropológico. El arte legítimo, el que se honra a sí mismo, no decora con entretenimiento banal ni propaganda de partido, sino que eleva al ser humano en sus facultades más altas: la mente que piensa con rigor, el símbolo que trasciende lo inmediato, la palabra que nombra lo innombrable, la voluntad que se templa en la dificultad, el deseo que se purifica al no conformarse con lo fácil, la razón que se hace más aguda al enfrentarse a lo complejo. Es lo que defendía Federico García Lorca cuando se oponía a que los comunistas convirtiesen su Barraca teatral en un púlpito de adoctrinamiento. O cuando Shostakovich se burlaba de los que pretendían convertir sus sinfonías en panfletos a mayor gloria del camarada Lenin o el padrecito Stalin.

Cuando un artista somete su obra a una causa partidista, a una secta o a una ideología cerrada, no la enriquece sino que la pervierte. La convierte en instrumento, en megáfono, en panfleto con pretensiones. Es algo que tenía muy presente Francis Coppola cuando hizo Apocalypse Now, que no es una superficial denuncia de la guerra de Vietnam sino una inmersión en lo más tenebroso del alma humana. Frente a Coppola, los prostitutos del arte, con su contaminación de la misión humanista. Con los habituales propagandistas, las películas se transforman en lo contrario de lo que deberían ser: propaganda disfrazada de creación. Estos sermones simplifican, dividen, manipulan… mientras que el arte verdadero revela la complejidad del espíritu humano, uniendo en la profundidad, liberando al mirar de frente la contradicción humana sin resolverla con consignas, clichés, aplausos enlatados.

Por eso ni Gogol ni Wenders niegan que el arte tenga un poder transformador; al contrario, lo afirman con fuerza. Pero ese poder opera en el plano de la existencia personal y compartida, no en el de la conquista de poder político. Mostrar la vida de frente —con toda su belleza herida, su absurdo, su grandeza y su miseria— es ya un acto político en el sentido más noble, el de recordar que el ser humano no se reduce a su afiliación, su tribu o su lucha coyuntural. Es un acto de resistencia contra la reducción ideológica del hombre a mero engranaje histórico o consumidor de narrativas prefabricadas. Consiste en mostrar al héroe más idealista sucumbiendo al horror, al horror.

En tiempos de polarización histérica, donde se exige a todo creador que «tome partido» poniéndose en el lado correcto de la historia o se le acusa de complicidad manipulando hasta la náusea términos como "genocidio" o "extrema derecha", recuperar, como hace Wenders, esta postura no es escapismo ni neutralidad cobarde, sino defensa de la autonomía del arte como espacio de verdad antropológica. Porque solo un arte que no se arrodilla ante consignas puede seguir siendo —como quería el propio Tarkovsky— un medio para esculpir el tiempo, para hacer habitable lo humano en su complejidad irreductible.

Los artistas no deben pontificar. Deben mostrar y revelar. Se suele repetir por parte de los activistas de izquierda que quien no forma parte de la solución significa que es parte del problema. Y a esto un artista auténtico debe decir que sí, que forma parte sin duda del problema. Porque el arte en sí mismo es un problema, misterioso, seductor, irresoluble. Y al mostrar sin predicar, ya están diciendo algo inmenso sobre lo que somos y lo que podríamos llegar a ser: más que bestias, menos que dioses, simplemente humanos.

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