Colabora
Anna Grau

Los papeles USA del 23-F son mejores (pasen y lean)

El 23-F: documentos desclasificados confirman lo evidente, pero la historia completa en EE. UU. revela otra cara del golpe.

RTVE

Tanto cuento, tanto cuento, y al final la Moncloa ha desclasificado una documentación sobre el 23-F bastante sosa y previsible, que confirma lo evidente (gracias, don Juan Carlos), y contextualiza lo mínimo. Con toda la humildad, servidora cree que puede ofrecerles algo más. En 2011 publiqué "De cómo la CIA eliminó a Carrero Blanco y nos metió en Irak" (Destino) -el título era irónico, aclaro…-, fruto de dos años de investigación en Estados Unidos. Allí sí hay una ley como Dios manda que permite desclasificar documentos secretos sin depender del capricho del gobierno. Lo que sigue es lo que encontré en los archivos USA sobre el 23-F. Aquí tienen un enlace donde pueden consultar los documentos en cuestión:

Y aquí tienen el análisis de los mismos que hice en mi libro:

El 23-F, ¿un asunto interno español?

Esta vez sí que tiene que haber sido la CIA / A Alexander Haig se le traba la lengua y a Ronald Reagan se le pegan las sábanas / Chapuzas y misterios de la Operación Míster / El golpe sale en la prensa del día, pero no en los informes del CESID / Informe tras informe en Langley de que algo huele a podrido, y no precisamente en Dinamarca / El ejército no quiere aceite de ricino y odia a muerte al rey y a Miquel Roca / "En un país donde todavía se reverencia el machismo…" / A hostias por el divorcio / Jordi Pujol se deja regalar una bandera española y el PNV quiere acabar con ETA a la manera de Clint Eastwood / ETA y el oro de Moscú / OTAN sí y sin protestar demasiado / Una cena íntima con Adolfo Suárez

Si en España hay algo de lo que se responsabilice más a Estados Unidos que de la muerte de Carrero Blanco, de la radioactividad en las costas de Almería o de la Marcha Verde del Sáhara, es del 23-F. Si hiciéramos una encuesta es fácil
que nos diera que dos de cada tres españoles sospechan o han sospechado de alguna implicación norteamericana en aquella intentona golpista.

Uno de los que más han contribuido a extender la sospecha de un 23-F made in USA es el entonces secretario de Estado norteamericano, Alexander Haig. La misma noche del golpe, la prensa le preguntó qué pensaba y él declaró que
aquello no pasaba de ser "un asunto interno español". Aunque Haig acabaría rectificando y congratulándose del "triunfo de la democracia" en España, su comentario de primera hora contrasta de forma sangrante con otras reacciones internacionales. Por ejemplo, con la de la primera ministra británica Margaret Thatcher, quien desde el primer minuto calificó la intentona golpista de "acto terrorista", exigiendo que los sublevados volvieran al redil y España a la normalidad. Las palabras de Haig escandalizaron y ofendieron a casi todo el mundo. Tanto como el hecho de que el presidente Ronald Reagan no encontrara un momento para llamar al rey Juan Carlos e interesarse por el golpe hasta bien entrada la mañana del 24 de febrero, cuando ya los guardias civiles salían derrotados y cabizbajos del Congreso. Las seis horas de diferencia horaria entre Madrid y Washington nunca le han parecido a nadie excusa suficiente.

Y sin embargo podría haber explicaciones bastante más inocentes del patinazo de Haig, por ejemplo esta que ofrece Charles Powell, subdirector de Investigación y Análisis del Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos: "Haig acababa de tomar posesión como secretario de Estado. Acababa de haber un relevo presidencial, acababa de salir Jimmy Carter y de entrar Ronald Reagan, quien tomó posesión el 20 de enero de 1981, un mes antes del golpe… Si alguien piensa que en aquellos momentos lo que tenían en mente era España, lo que demuestra es que no conoce cómo funciona la Administración americana, y más en las primeras semanas de su existencia… ¿Qué hace entonces Haig, un político que ni siquiera es político, pues se trata de un general, cuando le ponen la alcachofa en la boca y le preguntan por España y él no sabe qué decir? Pues dice lo primero que se le ocurre, que es, a mí que me registren, nosotros no tenemos nada que ver".

La periodista Pilar Urbano, quien presume de haber tenido la metralleta de Tejero a un palmo de su cintura, insiste en cambio en que Haig recibió en todo momento "noticias lozanas" del golpe, suministradas por su "hombre oculto" en Madrid, un tal Frank Carlucci, "que ya en tiempos de Nixon y Carter fue director de operaciones especiales encubiertas de la CIA". Ruego al lector que retenga en su mente este nombre: Frank Carlucci. Volveremos a oír hablar de él. Las teorías a favor de la participación norteamericana en el 23-F están pues sólidamente instaladas en el imaginario español, y, a diferencia de lo que ocurre con la muerte de Carrero Blanco, no pierden lustre con el tiempo, sino que más bien lo ganan. Y eso a pesar de que sigue sin aparecer ninguna prueba fehaciente, ninguna pistola humeante…

Todo habría empezado a finales de 1980, principios de 1981, con el supuesto espionaje de las conversaciones del rey Juan Carlos en el Palacio Real con un telescopio plantado en el domicilio particular del entonces número dos de la CIA en España, Vincent Shield, que vivía en la plaza de Oriente. Al llegar este soplo a oídos del CESID se desata un operativo de contra-vigilancia mítico: la Operación Míster. Su leyenda mantiene divididos aún a día de hoy a los más afamados especialistas en servicios secretos españoles.

Hay quien da por bueno el espionaje de la CIA al rey—aún reconociendo que no deja de ser raro que para eso los americanos, con toda su tecnología apabullante, tuvieran que recurrir a "una especie de catalejo"—, pero también hay quien constata que la supuesta magna conspiración internacional se nos queda una vez más en chapuza a la española. Sucede que el hijo de Vincent Shield era aficionado a la astronomía y se había comprado un potente telescopio en Indonesia. Pero el chaval lo apuntaba al claro cielo de Madrid, en absoluto hacia el rey de España, a quien por lo demás bien poco interés tenía espiar durante sus estancias en el Palacio de Oriente. Allí la familia real no vive ni despacha, sólo celebra actos ceremoniales y protocolarios.

No es técnicamente imposible que la CIA espiara al rey. Pero tampoco tenían mucha necesidad de hacerlo. No olvidemos las muestras de deferencia mutuas que se venían prodigando desde 1971, y que ya han sido objeto de análisis en un capítulo anterior. En 1981, don Juan Carlos sigue reinando en el corazón de Estados Unidos sin que ninguna otra personalidad política española le haga sombra. Y menos que nadie Adolfo Suárez, con quien Jimmy Carter apenas habrá cruzado palabra un par de veces en todo su mandato.

Si Estados Unidos quería saber qué pensaba el rey de España de lo que fuera, incluida la eventualidad de un golpe de Estado, era mucho más sencillo preguntárselo directamente que espiarle. Y parece que en 1980 sí hubo conversaciones sobre este tema entre don Juan Carlos y el embajador norteamericano. No consta que en ellas trasluciera otra cosa que la inquietud del monarca ante un peligro que por aquel entonces inquietaba a muchos, y para cuya detección no hacían falta redes de espionaje particularmente tupidas. No es que lo supiera la CIA: es que lo sabía hasta la portera. Sólo hacía falta leer El Alcázar o incluso El País.

No era para menos si nos trasladamos mentalmente a ese convulso año 1981 en que la política en España se vive con una virulencia más africana que europea. Hace apenas cuatro años de la legalización del PCE en pleno Sábado Santo, lo que había provocado el inmortal rencor y desconfianza del ejército hacia Adolfo Suárez. La soldadesca se ve casi diariamente zaherida y provocada por una violencia terrorista incontrolable. Da la impresión de que los etarras salen amnistiados el lunes para poner una bomba el martes, casi siempre matando a militares o a miembros de los cuerpos y fuerzas de seguridad. Los nacionalismos vasco y catalán desempolvan agravios y libertades pendientes y hay quien siente crujir las vigas de la patria. Para acabarlo de arreglar, la economía tampoco es que atraviese su mejor momento. Suárez está en coma político y la oposición no ve la hora de desconectarle el respirador, y que sea lo que Dios quiera.

Destapar el 23F para tapar lo de hoy

El PSOE planta una moción de censura ignorando todas las alarmas de ruido de sables en los cuarteles, o haciendo algo peor que ignorarlas. La democracia española no se la creen ni sus protagonistas y la izquierda es la primera que ve normal recurrir a un cuartelazo para poner orden. O así puede desprenderse de los contactos que varios dirigentes socialistas mantienen con Alfonso Armada y otros futuros golpistas y del hecho de que se pongan sobre la mesa fórmulas de gobiernos de concentración nacional, que llegarán incluso a oídos de Jordi Pujol. El PSOE siempre ha negado con energía que haber pulsado cómo estaban los ánimos de los militares en aquel momento les convirtiera en cómplices del golpe. ¿Quizás podría alegar lo mismo el embajador de Estados Unidos, Terence Todman?

Por lo demás, de la famosa Operación Míster se habló y se ha seguido hablando durante tantos años porque algunos de los agentes del CESID que participaron en ella, es decir, que se encargaron de espiar a los supuestos espías americanos del rey, acabarían respondiendo ante los tribunales de participar ellos mismos en el 23-F. Formaba parte de este selecto grupo el inefable comandante Cortina, que venía de los servicios de inteligencia del Alto Estado Mayor y que, según algunas fuentes ya citadas en este libro, lograría salir absuelto de todos los cargos de golpismo amenazando con "sacar a relucir lo de Carrero". El militar e historiador Gabriel Cardona añade en su libro Las torres del honor el sabroso dato de que el golpe de Estado se coordinó técnicamente con transmisores "de la casa", es decir, del CESID, que Cortina en persona había solicitado para la Operación Míster. ¿Fue quizás esta Operación una excusa para obtenerlos?

Para Cardona, la completa absolución de Cortina en el consejo de guerra que juzgó a los golpistas es "difícilmente explicable". En opinión del experto en servicios secretos de la época Joaquín Bardavío, a Javier Calderón, que entonces no dirigía el CESID pero sí era el secretario general de quien lo dirigía, José María Bourgon, "le quedó siempre una duda" sobre Cortina. "A mí me dijo que no le constaba ninguna participación de Cortina en el golpe y que éste categóricamente se lo había negado. Y ellos dos se siguieron tratando y saludando, aunque sin calidez. Quedó una duda", concluye Bardavío. A su juicio, una participación oficial del CESID en el 23-F era impensable, "habría sido una traición demasiado grande de Calderón, que era el que en verdad mandaba, al ministro de Defensa, Agustín Rodríguez Sahagún, cuando los dos se habían hecho grandes amigos". En su opinión, si agentes o incluso unidades del CESID tomaron la iniciativa golpista, sólo pudo ser a espaldas de la cúpula del centro.

Da la impresión de que, en 1981, eran muchos en España los que se sentían tentados de ir por libre. ¿Puede rastrearse una sutil línea roja de continuidad, una discreta secuencia lógica, entre las misteriosas chapuzas que enturbian más que explican el atentado contra Carrero Blanco y el increíble cúmulo de irregularidades que rodeó la génesis del 23-F? Una de las mayores paradojas es que la posible existencia de una trama golpista —o incluso de más de una— fuera un secreto a voces en la prensa mientras los servicios secretos españoles no decían ni pío al gobierno. Volveremos a encontrar sospechas de apagones de inteligencia de este tipo. En 1981, lo preocupante o lo chocante para el ministro de Defensa era que el CESID ponía mucho más empeño en investigar a los líderes de izquierdas, a los militares constitucionalistas y a los mismos ministros de Suárez que a la extrema derecha o a los militares sospechosos de golpismo. O a lo mejor no era que no los investigara —si seguían la tradición del SECED, debían tener un dossier abierto de todo el mundo— sino que la información de los amigos se la reservaban para sí, proporcionando al gobierno sólo la de los enemigos.

Ciertamente la España franquista no tenía agencias de inteligencia dignas de este nombre hasta que en 1953 suscribió los acuerdos defensivos con Estados Unidos. Y con las bases militares llegaron los agentes de la CIA ya no de tapadillo sino de frente, moviéndose a sus anchas y, para algunos, minando de arriba abajo el CESID español —heredero del SECED de San Martín — y haciendo improbable que allí se moviera nada sin que ellos lo detectasen. Otra cosa es lo que quisieran detectar; en opinión de Joaquín Bardavío, la mayoría de los informes del SECED, incluido el mítico informe Jano, monumental guía telefónica de la corrupción política en España, era de "estricto consumo interno español". "Si a la CIA se lo ponían delante de las narices desde luego le echaría un vistazo, pero no creo que se rompieran ninguna pierna para conseguirlo", concluye Bardavío.

En los análisis de la inteligencia americana después de la muerte de Carrero y antes de la de Franco, aflora el temor de que la escalada violenta de ETA atice el terrorismo de extrema derecha y la sublevación de los militares. Y no sólo eso, sino que ese sea precisamente su objetivo: buscar una espiral de acción-represión como la manera más rápida de acabar con la democracia, donde la lucha armada y los que no conciben la vida sin ella no encuentran fácil acomodo.

Un informe de la CIA de noviembre de 1974 (ver documento 27) culpa de la emergencia de ETA a la incapacidad del franquismo de resolver las aspiraciones vascas de autogobierno, y hace votos porque no surjan movimientos de emulación en Cataluña. También se da por hecho que el ejército será el árbitro último de la Transición española, aunque no se espera que lo sea de una manera tan agresiva como en Portugal, donde hace ocho meses ha tenido lugar la Revolución de los Claveles.

El caso portugués redobla la obsesión de Washington por la estabilidad política en España. En principio dan por hecho que cualquier gobierno postfranquista normal querrá tener buenas relaciones con Estados Unidos, pero temen que las tensiones políticas y nacionalistas, si estallan, lleven a cualquier cosa menos a un gobierno normal. Lo cual sería peliagudo en un momento en que ya no están en juego sólo las bases. Durante muchos años su único interés en la Península Ibérica ha sido el militar y estratégico, pero mediados los años setenta la inversión norteamericana privada en España ya asciende a novecientos millones de dólares de la época. Aún con acuerdos comerciales preferentes con la CEE, el mercado español absorbe cada año dos mil millones de dólares en exportaciones de Estados Unidos.

Esto era en 1974. Tres años después, el entonces director de la CIA, el almirante Stansfield Turner, hace un balance bastante bueno de la marcha de la Transición hasta la fecha, lleno de elogios hacia la habilidad del rey e incluso de Adolfo Suárez. (Ver documento 28.) Un detalle curioso de este memorándum es que está fechado el 28 de marzo de 1977, doce días antes de la legalización del PCE, que teóricamente pilló a muchos por sorpresa en España. Evidentemente, Estados Unidos ya contaba con ella, hasta el punto de ir anticipando sus efectos negativos, entre los que destacan la agudización del terrorismo de extrema derecha.

El 19 de junio de 1979, el director de la CIA eleva al National Security Council un nuevo informe sobre España (ver documento 29) y en él ya se muestra mucho más preocupado que dos años atrás. Advierte de que las negociaciones sobre la autonomía vasca no marchan bien y de que ETA está cada vez más descontrolada. El almirante Turner ya no está tan contento con Suárez. Teme que éste endurezca la represión en Euskadi y que eso mine las incipientes instituciones democráticas españolas, las simpatías de Europa y los intereses de Estados Unidos. El peor escenario que se imagina es un intento de solución manu militari que tenga un efecto dominó, por supuesto negativo, en todo el país.

Es interesante constatar que, por lo que respecta a España, Estados Unidos siempre se alinea con el statu quo: respetaron la dictadura y respetan la democracia. A un eventual golpe de Estado sólo le ven desventajas, tales como que rebrote la hostilidad internacional a la entrada de España en la CEE y en la OTAN y que dentro del mismo Estados Unidos se recrudezcan las críticas de los liberales por tener aliados no democráticos. El director de la CIA advierte que eso podría convertir en un infierno la próxima renegociación del convenio bilateral, que toca precisamente en 1981.

Otro asunto que le preocupa es que a causa de los "supuestos vínculos" entre los nacionalistas vascos y la fuerzas norteamericanas en la segunda guerra mundial, más la "considerable presencia vasca en Estados Unidos, sobre todo en Idaho y Nevada", si se desata un conflicto abierto entre Madrid y Bilbao cualquiera de las partes intente implicar a Washington para hacer de mediador. Un encargo que por supuesto no les parece nada atrayente.

Al pie de este memorándum hay una nota particular del INR (Bureau of Intelligence and Research) del Departamento de Estado. El analista del INR juzga en exceso dramático el memorándum del director de la CIA y trata de quitarle hierro, asegurando que el ejército español es capaz de tragarse muchas provocaciones y que no es probable que el gobierno caiga en la tentación de sobrerreaccionar.

Pero las advertencias del almirante Turner se producen sólo dieciocho días después de que el general de división Luis Torres Rojas se haga cargo del mando de la División Acorazada Brunete en un clima de tensión difícilmente minimizable. ETA asesina a los gobernadores militares de San Sebastián y de Madrid y el gobierno Suárez trata de enterrarlos con más discreción que honores. Esto provoca el ultraje castrense. Durante el sepelio llegan a zarandear al vicepresidente y general Manuel Gutiérrez Mellado, en una especie de aperitivo de lo que le espera el 23-F. Por cierto que Pilar Urbano, muy dada a airear confidencias íntimas de la reina Sofía, escribe que en aquella ocasión la soberana criticó en privado que no asistiera el gabinete en pleno al entierro de los dos gobernadores asesinados.

También relata cómo Torres Rojas tuvo noticia de que dos coroneles de la Brunete estaban amenazados de muerte por ETA. Entonces convocó a todos los jefes de cuerpo de la División y estuvieron valorando las medidas de precaución que el gobierno solía tomar en estos casos, y que ya anteriormente se habían revelado ineficaces para prevenir asesinatos. Y se emociona el general: "Y allí, en mi despacho del Pardo, ante la bandera de España y ante el Cristo que nos presidía, juramos todos que si algo le ocurría a uno de esos coroneles, o al último soldadito de la División Acorazada, si se producía una sola ejecución de los nuestros, nosotros nos comprometíamos a vengar esa muerte, sin tardar, en una acción de duelo, no de asesinato por la espalda. El coronel amenazado, que estaba sentado junto a mí, lloró de emoción y dijo que ese juramento colectivo y esa decisión le daban más seguridad que todas las medidas que pudiera tomar el gobierno". No da precisamente la impresión de que el analista del Departamento de Estado anduviera demasiado fino cuando le enmendaba la plana al director general de la CIA y pronosticaba que el ejército español se tragaría todas las provocaciones que hicieran falta.

Ayuso tacha de "cortina de humo" los papeles del 23F: "Nada en el Gobierno es real, siempre es una trampa"

Y así llegamos hasta la tarde del 23 de febrero de 1981, cuando en el hemiciclo del Congreso se desata el famoso "asunto interno español" que tanto trabajo va a dar al embajador norteamericano de la época, Terence Todman, un veterano de la Segunda Guerra Mundial, de raza negra, que anteriormente había ocupado las embajadas de su país en Chad, Guinea y Costa Rica. Hablaba un español casi perfecto, lo cual no le impidió convertirse en una de las personalidades estadounidenses más cuestionadas en relación con el 23-F. Si a Reagan y a Haig se les acusará de una equívoca pasividad frente al golpe, de Todman se dirá que llegó a promoverlo activamente. Sectores de la izquierda española verán en esto la continuidad de una supuesta labor indesmayable de este embajador a favor de todas las dictaduras militares y fascistas de la América Latina.

Pero de acuerdo con los documentos desclasificados por el gobierno de Estados Unidos que obran en nuestro poder, los primeros indicios que la embajada americana tiene de que el golpe está en marcha le llegan por la radio y por testimonios oculares. Hablamos de testimonios oculares consistentes en que el mismo personal de la embajada se acerque a la Carrera de San Jerónimo a echar un vistazo. A medida que pasan las horas van ampliando sus fuentes de información a los hospitales, el personal de los aeropuertos y miembros de los distintos partidos políticos. (Ver documentos 30 y 31.)

Los estadounidenses se lanzan a una titánica labor de recogida de información que no sólo no se interrumpe sino que se incrementa tras el fracaso del golpe de Estado. Estados Unidos se da cuenta de que ha pasado algo muy gordo y trata de calibrar las posibles consecuencias. La ofensiva diplomática y de inteligencia para tratar de enterarse de cómo queda España después del 23-F les lleva a activar a todos sus informantes, chivatos y confidentes de extremo a extremo del espectro político.

Lo cual les depara a ellos en ese momento, y nos lega a nosotros treinta años después, un retrato de la España post23-F que no siempre ni necesariamente coincide con el idealizado recuerdo oficial. Las notas de los americanos, leídas ahora, pueden sacar los colores a algunos y provocar sentimientos encontrados a otros.

Por ejemplo, el cónsul americano en Barcelona se descuelga con un primer análisis en el que infiere que el 23-F beneficia a los catalanes en general y a su entonces presidente, Jordi Pujol, en particular. ¿Por qué piensa eso el señor cónsul? Pues porque según él, Cataluña, "siempre más a la izquierda que el resto de España", va a ver en esta crisis una oportunidad de purgar al ejército y a las fuerzas de seguridad del Estado de sus elementos más derechistas y antidemocráticos. Para Pujol, supone asimismo una oportunidad de votar a favor de la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo, como él quería, pero sin perder apoyo popular, opina el cónsul. (Ver documento 32.)

De Tejero al Rey: la muerte no lava más limpio

Si de verdad los catalanes llegaron a pensar así, pronto se enterarían de lo que vale un peine. El embajador Todman les pudo decir el precio exacto después de reunirse en Madrid con una personalidad extremadamente conservadora, a la que no pone nombres y apellidos, pero de la que sí deja escrito que tiene muy buenos contactos con el ejército. Esta fuente parece ansiosa de hacer apuestas y quinielas sobre la famosa autoridad militar competente a la que Tejero aguardaba en el Congreso, y que nunca ha sido identificada con seguridad. La "garganta profunda" del embajador cree que pudo tratarse del teniente general José Vega Rodríguez, nombrado en 1977 general jefe del Estado Mayor del Ejército. Dimitió en mayo de 1978 por discrepancias con Manuel Gutiérrez Mellado.

El misterioso portavoz del ala dura uniformada insiste ante el embajador Todman en que mucho se equivocará el gobierno si intenta "purgar demasiado" el ejército después del 23-F. Esa es la manera más segura de fomentar un nuevo golpe de Estado, advierte. También trasluce un fuerte malestar con el rey Juan Carlos de los sectores más retrógrados de las fuerzas armadas: le acusan de crear en primera instancia los problemas que han conducido al golpismo y le dan muy poco crédito para resolverlos. A su juicio, ni el rey ni la democracia han salido fortalecidos del fracaso de Tejero sino todo lo contrario.

Expresan asimismo un fuerte desprecio por políticos "frívolos" como el portavoz de CiU en el Congreso, Miquel Roca, máxime tras anunciar éste el cambio de voto de su grupo para apoyar la investidura de Calvo Sotelo. "Como si la toma del Congreso hubiera mejorado las condiciones de Calvo Sotelo para ser presidente el gobierno", concluye el embozado portavoz de la oficialidad ultramontana. (Ver documento 33.) Tan despectivo es su análisis que, antes de mandarlo al Departamento de Estado, el embajador Todman lo matizará y contextualizará con notas de su cosecha, dejando claro que él sí considera reforzadas tanto la autoridad del rey como la del sistema democrático después del 23-F. Curioso comentario para alguien que ha sido descrito como un simpatizante del fascismo.

En subsiguientes análisis, el embajador Todman insiste en que el 23-F es una prueba de fuego que la democracia española ha pasado con nota. "El sistema funciona", escribe, y añade que varios líderes en las Cortes reaccionaron "con el tradicional valor español"; los subsecretarios mantuvieron el gobierno en funcionamiento en ausencia de sus ministros cautivos; don Juan Carlos volvió a demostrar que es "el hombre imprescindible", un "héroe" y "todo un rey" (en español en el original). El embajador incluso vaticina que, de producirse otra intentona golpista, sus autores empezarán por asaltar no el Congreso sino el palacio de la Zarzuela. (Ver documento 34.)

Aparte del rey, Todman cree que el golpe ha mejorado la imagen del vicepresidente Gutiérrez Mellado y del presidente Suárez por la valentía con que se enfrentaron a los golpistas. "En un país donde todavía se reverencia el machismo, estas muestras de coraje frente a un peligro inesperado obtienen el general aplauso", ilustra a sus compatriotas el embajador, quien hasta sugiere la posibilidad de que, en alas de un nuevo prestigio, Suárez pueda volver un día a la Moncloa. Bastante menos admiración le suscita la actitud de Manuel Fraga, quien retó a los guardias civiles a abrir fuego contra él para impedirle salir del hemiciclo, consiguiendo así ser trasladado a una salita aparte, como Felipe González, Alfonso Guerra o Santiago Carrillo. Fraga mantuvo así su reputación de hombre teatral y sin miedo a nada. Pero el embajador americano barrunta que no actuó por instinto sino por cálculo político: él quería estar encerrado con la élite, y no quedarse en el hemiciclo con los diputados del montón.

Muere Antonio Tejero, el guardia civil que protagonizó el intento de golpe de Estado del 23F

Los análisis de otros oficiales de la embajada preferirán atribuir actitudes como la de Fraga a que para entonces "el cansancio y la falta de comida ya estaban nublando el juicio de casi todo el mundo". Por lo demás se hace constar que, exceptuando estos relevantes casos de heroísmo aislado, el común de los diputados, "lejos de actuar con la frialdad de hombres de Estado, mostraron todas las humanas reacciones de miedo, debilidad y hambre; uno se quejó de una úlcera, varios de ataques al corazón, otros de achaques variados que mantuvieron ocupados todo el tiempo a los tres diputados que eran médicos". (Ver documento 35.)

Todman, quien con todas sus loas al sistema democrático español no excluye que haya otro golpe de Estado "a otra escala", despacha oficiales de la embajada a sondear los ánimos de los comunistas. Su interlocutor será Manuel Azcárate, secretario de política internacional del comité central del PCE y eurocomunista convencido pero dramáticamente enfrentado con Santiago Carrillo, hasta el punto de que le echarán de todos los órganos de dirección ese mismo año, 1981. En 1982 le expulsaran del partido mismo. Desde entonces trabajaría como editorialista en el diario El País. Falleció en 1998. Pero Azcárate era todavía un miembro de la maltrecha ortodoxia comunista española cuando en 1981 se sentó a hablar con los americanos. Y a discutir con ellos, entre otros asuntos, la posibilidad de que la fallida intentona golpista sirviera al PCE eurocomunista y pactista de balón de oxígeno frente a la intransigencia prosoviética de los comunistas catalanes del PSUC. Tan moderado era Azcárate que no dudó en deshacerse en elogios hacia el papel jugado por el rey. Ni en reírse él mismo de la ironía de ver a un comunista hablando bien de la monarquía.

En cambio se muestra mucho más duro con el patinazo diplomático de Alexander Haig. La charla con los norteamericanos es tensa cuando se discute este tema y la posible implicación de Washington en el golpe. Confrontado con grabaciones y documentos de cinco años de ininterrumpido apoyo de la Casa Blanca a la democracia española, Azcárate acaba admitiendo que quizás "exageró sus sospechas, y que en realidad no ha creído ni por un minuto que Estados Unidos apoyara a los golpistas. Lo dijo por decir, admite. Eso sí: les advierte de que una cosa es la que es y otra la que parece, y Washington ha dado una imagen de pasividad y de esperar acontecimientos que a su debido tiempo le pasará factura.
(Ver documento 36.)

Sigue la ronda de consultas. Ahora a los americanos les toca despachar con fuentes no identificadas de UCD que les empiezan a hablar de la necesidad y la conveniencia de calmar los ánimos. Se proponen suavizar o incluso eludir cuestiones vidriosas como la reforma educativa pendiente o la ley de divorcio, que finalmente se aprobaría en junio de 1981, no sin que antes se registraran unos choques tremendos entre el sector democristiano y el sector socialdemócrata del partido en el gobierno.

Los norteamericanos asisten atónitos a un temperamental debate interno en UCD en el que los democristianos blanden oscuras amenazas de excomunión y de "tanques rodando por las calles", algo a lo que los socialdemócratas contestan, sarcásticos, que están preparados y dispuestos a enfrentarse al asalto del Congreso por "tres obispos, seis archidiáconos, dos deanes y más de sesenta sacristanes, todos armados con los últimos modelos de crucifijos, aspersores y casullas". Lo que más asombra a los observadores de Estados Unidos es que este nivel de enfrentamiento entre correligionarios pueda darse después de escapar por los pelos de un golpe de Estado y de que tanto el rey como el presidente Calvo Sotelo hayan llamado con vehemencia a la unidad. (Ver documento 37.)

Con todo, nada inflama tanto la urticaria golpista como el proceso autonómico. Los informantes de los americanos en el seno de UCD confirman que andan en tratos con los nacionalistas para tratar de ralentizar el proceso. Parece que los catalanes se muestran más comprensivos y receptivos que los vascos. Hay documentos que elogian la cintura y el tacto de Jordi Pujol para rebajar la tensión. Incluso se destaca cómo el presidente catalán se deja regalar una bandera española, comentando risueño que está muy bien porque en la Generalitat "no teníamos ninguna". (Ver documento 38.)

Que los vascos carecen de ese sentido de la ironía se confirma especialmente con la reunión que el 4 de marzo de 1981 va a mantener un oficial de la embajada con dos miembros del PNV, Miguel Unzueta Uzcanga y Juan María Ollora Ochoa de Aspuru. Ninguno de los dos se ha recuperado aún del susto del 23-F. O le echan mucho teatro para impresionar a Washington o realmente creen que han estado a punto de ser los grandes mártires del golpe. Su versión es mucho más sombría que la que prevalece en Madrid. Mencionan un poco conocido intercambio de tiros en Bilbao entre guardias civiles a favor y en contra de la democracia y expresan abiertamente el temor de que cualquier movimiento de involución se salde con una represión salvaje en Euskadi.

Todo lo cual no les resta ni un ápice de naturalidad ni de desparpajo para hablar de ETA, que acaba de declarar una tregua, aunque ellos aseguran que no se fían ni un pelo. Sin dudar, atribuyen el alto el fuego a la conveniencia operativa de la banda, que puede necesitar un tiempo muerto para reorganizarse y rearmarse. Incluso sopesan la posibilidad de que la Unión Soviética les haya ordenado parar por una temporada, para no exacerbar demasiado al golpismo español. ¿Sigue entonces ETA órdenes de Moscú? Esta teoría se barajará y se descartará varias veces a lo largo de los años ochenta, tanto en España como en el Departamento de Estado norteamericano, donde acabaron concluyendo que aquello era en el mejor de los casos un mito urbano, y en el peor, un interesado bulo. Pero, de tratarse de un bulo, ¿a quién le interesaba que se difundiera? La mayoría de las veces serán dirigentes de la derecha española los que suscriban esta teoría. ¿En qué pueden coincidir sus intereses con los del PNV?

Claro que los años 80 en España fueron políticamente muy salvajes. Sólo hay que leer un poco más de este mismo documento para que treinta años después se nos pongan los pelos de punta: una de las razones por las que los hombres del PNV aconsejan a Estados Unidos no dar importancia a la tregua de ETA es porque, en su opinión, los miembros verdaderamente "duros" de la banda terrorista no se van a rendir ni ahora ni nunca. Pero eso no es problema, les tranquilizan, porque el PNV los tiene perfectamente controlados, sabe quiénes son y dónde están y propone "simplemente eliminarlos" llegado el momento… (Ver documento 39.)

Las grabaciones del 23-F destapan órdenes de "tirar a matar" durante la toma de TVE

Mientras el PNV prefigura en confianza la guerra sucia contra ETA, otro oficial de la embajada norteamericana se reúne con Federico Silva Muñoz (Muñoz Silva para los americanos, que así le hacen constar en todos sus documentos), ex ministro de Obras Públicas de Franco. Su nombre rellenó, junto al de Gregorio López-Bravo, la terna de tres candidatos para suceder a Carlos Arias Navarro en la presidencia del gobierno, de la que el rey seleccionaría a Adolfo Suárez. Silva Muñoz también estuvo entre los fundadores de la Alianza Popular de Manuel Fraga. Falleció en 1997.

En 1981 sus reflexiones para los americanos tampoco tienen desperdicio. Una y otra vez les insiste en que la reforma de la Constitución es el único antídoto conocido contra el golpismo. Sobre todo, es fundamental parar el tren del proceso autonómico. Silva Muñoz cree que todo esto se puede hacer más o menos democráticamente, apelando a la autoridad del rey para aprobar enmiendas a la Carta Magna como las que se estilan en Estados Unidos. Eso sí, el rey tiene que actuar enseguida, antes de que el enorme prestigio que ha acumulado con el 23-F se disipe, algo que Silva Muñoz cree que sucederá muy rápido. El ex ministro franquista incluso sugiere que sea el embajador norteamericano quien le meta prisa al monarca, una sugerencia ante la que el representante de la embajada guarda un silencio sepulcral. (Ver documento 40.)

Por supuesto la embajada también ha enviado ojeadores al PSOE. Se reúnen con un diputado socialista por Salamanca que en el futuro no va a ser de los más conocidos, José Miguel Bueno, y también con Luis Solana, hermano de Javier, y con Enrique Múgica. Estos dos últimos se presentan cargados de propuestas a cual más creativa para arrancar la mala hierba del golpismo: Luis Solana es partidario de abolir la Guardia Civil, así sin más, mientras Múgica quiere cerrar El Alcázar y El Heraldo Español, y de paso también Egin y Punto y Hora de Euskalherria. Ante tales ímpetus se asusta hasta Luis Solana, quien reivindica la libertad de prensa ante la olímpica indiferencia de su compañero de filas y futuro Defensor del Pueblo.

Como antes el eurocomunista Azcárate, los socialistas empiezan mostrándose muy duros con Alexander Haig y su desafortunado "asunto interno español", para acabar admitiendo que en realidad ellos tampoco han dudado nunca de que Estados Unidos no tuvo nada que ver con el golpe, aunque a veces, en caliente, puedan decir lo contrario. Sí insisten en que el secretario de Estado americano ha dado una muy mala imagen que es urgente enmendar.

Pero lo más interesante que dicen, concretamente Luis Solana, es que de ninguna manera hay que entrar en la OTAN, ahora menos que nunca. (Ver documento 41.) El hermano del futuro secretario general de este organismo se desmarca espectacularmente de todos aquellos a los que tras la experiencia del 23-F les ha entrado miedo de que España quede cualquier día abandonada a su suerte y al golpismo si no acelera sus tratados occidentales de defensa. Ante la imagen de tibieza que frente al 23-F ha dado Washington, hasta ahora socio y aliado único, empieza a circular por España un lema simple pero efectivo: "OTAN sí, USA no". Pero en marzo de 1981 en el PSOE nadie se quiere dar por enterado.

La Historia ciertamente demuestra que se dieron la vuelta como un calcetín, antes incluso de lo que parece. El PSOE de Felipe González trató infatigablemente —e infructuosamente— de persuadir a Calvo Sotelo de formar un gobierno de coalición. Pensando que así allanaban el camino, empezaron a silenciar sus críticas contra la OTAN, hasta el punto de que los americanos concluyen, sagaces, que llegado el momento los socialistas "tragarán" con la pertenencia española al Tratado del Atlántico Norte "sin protestar demasiado". Sin duda ha sido uno de sus análisis más certeros.

El caso es que a medida que todas estas confidencias fluyen y todas las piezas del rompecabezas encajan, en Washington crece el miedo ante tal panorama —no es para menos—, pero también la inquietud por su propia mala reputación en España. Tal y como ellos lo ven son objeto de una terrible injusticia: llevan desde la muerte de Franco apoyando intachablemente la democracia, y ahora por un quítame esas pajas y por una frase sacada de contexto de Haig, ¿hay que cuestionar el entero predicamento del Tío Sam en la piel de toro? No les preocupa tanto el antiamericanismo del futuro, que todavía apenas vislumbran, como la inminente renegociación del tratado de las bases. ¿Qué dirán en la Casa Blanca? ¿Y en el Pentágono?

El equipo del embajador Todman sale al paso como puede de lo que considera una "manipulación política" de parte de la prensa española, con el semanario Cambio16 a la cabeza. Les alarma que en sus páginas se especule alegremente con que Estados Unidos estaba al tanto del golpe de Estado y eludió informar al gobierno español. Ante esto, lanzan una contraofensiva publicando artículos de reivindicación de su verdadera postura ante el golpe en los diarios Abc y El País, donde invocan, y consiguen, la intercesión del influyente editor Carlos Mendo, quien en esos momentos se encontraba liberado para trabajar en la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa, antesala de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE). (Ver documento 42.)

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Corre ya el 9 de diciembre de 1981 cuando el embajador Todman vuelve a sentarse a comer con un interlocutor de altura, el ex presidente Adolfo Suárez. En esa comida, que va a durar dos horas, habrá tiempo de hablar de todo. Por ejemplo, de qué sentía Suárez cuando se levantó de su escaño y plantó cara a los guardias civiles en el Congreso.

El ex presidente dice que en ese instante él pensaba que, una de dos, o el rey había dado su consentimiento al golpe, o estaba muerto. En cualquiera de los dos casos lo más probable era que le mataran a él también, asegura haber razonado.

Suárez afirma ante el embajador que el suyo fue un gesto consciente y deliberadamente suicida, que decidió inmolarse para que su asesinato, el asesinato del presidente del gobierno, fuera una sacudida que forzara la reacción de todo el mundo civilizado frente al golpe y diese a los demócratas una oportunidad. Sólo al ver que los guardias civiles no le disparaban se dio cuenta de que aquel golpe no era tan sólido como parecía. Y se empezó a hacer ilusiones de que aquello aún podía acabar bien sin necesidad de derramar sangre. (Ver documento 43.)

¿Maneja Suárez aquí una verdad histórica, una verdad subjetiva o una infinita capacidad de reinventarse al servicio de la seducción política? El ex presidente no duda en restregarle por la cara al embajador norteamericano su absoluta convicción de que si el 23-F llega a triunfar, Estados Unidos no habría dudado ni un minuto en reconocer al gobierno post-golpe.

El embajador Todman protesta. Aconseja no estar tan seguro de eso. Suárez puntualiza que no es que él dude del apoyo norteamericano a la democracia española, simplemente cree que la importancia estratégica de España es demasiado grande para que Estados Unidos se ponga a hacer según qué experimentos. "Si yo fuese americano, habría reconocido a un gobierno post-golpe", concluye el mismo hombre que se enfrentó casi cinematográficamente a las metralletas de Tejero.

El embajador americano admite que si el golpe hubiera tenido éxito Washington no se habría negado a reconocer al gobierno resultante, pero tampoco se habría sentido cómodo con él. Le pone a Suárez el ejemplo de Bolivia. Subraya que no es lo mismo tratar con un gobierno porque no hay más remedio que tener un embajador allí y relaciones plenas. Todman insiste en que de haber triunfado el golpe, la relación entre Washington y Madrid sería mucho más fría de lo que es ahora.

Con estas palabras Todman reivindica la inocencia de Estados Unidos en el golpe, su total ausencia de participación o de interés en él, pero también lo poco dispuestos que habrían estado a correr riesgos para deshacer el entuerto. Así fuera tapándose la nariz, con poco entusiasmo y con menos expectativas, habrían reconocido a un gobierno impuesto por las metralletas. Las palabras del embajador a Suárez desmienten a los que veían la mano negra norteamericana detrás del 23-F, aunque en cambio dan argumentos a los que denunciaban, y denuncian, su tendencia a lavarse las manos. Su inconsciente y quizás viciosa tendencia a pensar que la democracia en España sólo podía durar lo que dura un caramelo a la puerta de un colegio.

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Suárez no se altera por lo que el embajador americano dice, sólo insiste en darle, a él y a su gobierno, un consejo de orden práctico: siempre hay que retrasar todo lo posible el reconocimiento de un gobierno golpista, más si éste es el fruto de un golpe sangriento y con altas personalidades del Estado asesinadas. Insiste en que forzar ese tipo de mano era lo que él pretendía al ponerse temerariamente en la línea de fuego: subir la apuesta, encarecer el coste político de homologar el golpe, obligar a las fuerzas y a las naciones democráticas al rechazo y a la reacción.

Es de suponer que a los postres Suárez y el embajador acabarían brindando de todo corazón porque no volviera a haber otro "asunto interno español" igual en mucho tiempo.

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