
La actriz norteamericana Susan Sarandon vino a este pequeño país del que sabe muy poco a darnos el plácet por tener un presidente alto, guapo y con una cualidad que valoran mucho las celebridades que rebosan una sincera superioridad progresista: la de estar en "el lado correcto de la Historia". Puede, no sé, que lo dijera con minúscula, y puede que la calibración de Sánchez por el físico, algo muy propio del oficio, fuera el determinante y el detonante, pero resulta una feliz coincidencia que ésa sea también una presunción favorita del elogiado. Estar en el lado correcto, qué más se puede pedir. Qué menos. Viene muy bien que lo diga alguien de Hollywood, porque se ve mejor lo que hay en una frase que pretende solemnidad y notifica petulancia. Es pura declaración vanidosa. Significa declararse virtuoso frente al que no lo es. Dice: admiradme, que estoy en el lado correcto, mientras que esos otros, malos, feos y vulgares, no lo están.
La engreída proclamación ha definido las tomas de posición del Gobierno de Sánchez en momentos internacionales relevantes, y su vacuidad define la que ha adoptado frente a la ofensiva contra el régimen de los ayatolás. En una nueva versión de "estoy contra la violencia venga de donde venga", dice estar contra todos los ataques, pero deja ver, porque es importante que se vea, que la equidistancia no es tal. Acusa de incumplir la legalidad internacional a EEUU e Israel, no a Teherán, que estará en su derecho. Debería escuchar al embajador norteamericano en el Consejo de Seguridad de la ONU para saber de cuántas resoluciones ha hecho caso omiso el gobierno iraní. O al presidente de Israel, el laborista Isaac Herzog, que ha descrito lo que está ocurriendo como "un intento histórico para cambiar la trayectoria de Oriente Medio hacia un futuro diferente, un futuro de paz". Pero nuestro alto-guapo prefiere sumarse a la demagogia y al disparate en la gala de los Goya, que es más rentable. Los posicionamientos de Sánchez en conflictos internacionales siguen, sí, un principio, que es el principio de utilidad electoral. Estará en lo que crea que le da votos. Y en lo que convenga a algún otro interés. Después se coloca el ornamento de convicciones.
Ese lado correcto de la historia es el lado fácil, el que permite eludir los dilemas que exigen tomar decisiones difíciles. Porque hay que elegir y todas las opciones tienen costes. Hay que decidir entre dejar que continúe existiendo una amenaza para la seguridad que impide la pacificación - y esperar al próximo 7-O o algo peor -, y aprovechar el momento de mayor debilidad de un régimen sanguinario para debilitarlo más y facilitar que sea derrocado. No hay solución ideal. No hay soluciones ideales en ningún caso y los gobiernos que se excluyen de la confrontación con los dilemas y las opciones reales están llevando a sus países y ciudadanos a un estado de ignorancia y de incapacidad para estar y actuar en el mundo. La legalidad internacional, a la que apela Sánchez como vía de escape, no es la varita mágica. El derecho internacional funciona si todos lo siguen, pero cuando unos lo cumplen y otros, no, la asimetría favorece a los que incumplen. ¿Qué legalidad internacional cumple Teherán cuando apoya el terrorismo o masacra a su población? ¿Cuál cumplió Hamás cuando perpetró la masacre de civiles israelíes del 7-O, que es la causa de lo que hoy está sucediendo? Sánchez no quiere saber nada de esto. No le conviene. Le conviene más que lo piropeen, cada uno por sus motivos, los ayatolás y la Sarandon.
