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Santiago Navajas

Simpatía por las monjitas

Los domingos no solo es una estupenda película, sino que es de obligado visionado para los adolescentes en los centros educativos.

La gala de los Goya fue de nuevo un prodigio. Un prodigio de sectarismo ideológico y de sumisión al gran titiritero de España, Pedro Sánchez, el cual aprovecha que puede hacer del presupuesto público un fondo de reptiles artísticos, a mayor gloria de sus intereses partidistas, para poner a gran parte de los "cineastas" a bailarle el agua. La gala de los Goya se ha convertido en un besamanos laico que la casta extractiva rinde solícita a su amo y amor, imitando la pintura El aquelarre de Goya, también conocida como El gran cabrón.

Por si fuera poco, la troupe que lideran Pedro Almodóvar y Javier Bardem ha fichado este año a una artista internacional como Susan Sarandon, que lo mismo se hace una foto entusiasta con Hugo Chávez que afirma impertérrita que Sánchez está en el lado correcto de la historia, haciéndole un flaco favor al presidente del Gobierno español al situarlo junto al dictador venezolano. No menos inspirada estuvo la directora de cine argentina premiada con la mejor película iberoamericana, que aprovechó que es una fiesta presuntamente cinematográfica para atizar a Milei identificándolo como de "ultraderecha". Recordemos que de Argentina nos puede venir lo mejor, Maradona y Messi, o lo peor, Echenique y Pisarello. Lenin las habría denominado "tontas útiles".

Sin embargo, hablemos de cine. Empezando por el gran Gonzalo Suárez, un director-guionista-novelista que recibió un merecido Goya de Honor. Y subrayando el triunfo de tres grandes películas: Sirât, de Oliver Laxe, que se llevó el mayor número de premios (sobre todo técnicos), Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, que ganó los más importantes (mejor película, dirección, guion original, actriz protagonista y de reparto), y ese documental que es la mejor película del año en cualquier idioma, Tardes de soledad, de ese meteorito que cruza la constelación cinematográfica española que responde al nombre de Albert Serra.

Como de Sirât y Tardes de soledad ya he escrito (aquí y aquí), permítanme que me extienda algo más sobre la gran triunfadora de los Goya, Los domingos: una historia costumbrista con un ramalazo místico de una adolescente bilbaína que escucha la llamada de Jesús para convertirse en monjita, cosa que le da patadas en el estómago a su tía progre, empeñada en que la chica lleve obligatoriamente una vida laica: botellones, series de Netflix, viaje de novios a Bali y tal. Nagore Aranburu y Patricia López Arnaiz se han alzado con los premios mayores por su interpretación del conflicto entre, respectivamente, la madre superiora del convento y vida de clausura frente a esa otra madre superiora laica de la vida convencional que es la tía progre, ambas compitiendo por el alma atribulada que también interpreta magníficamente Blanca Soroa.

Aunque también es verdad que me pasa con Los domingos como con Sirât, y es que el ángulo que más me interesa no es el de los protagonistas sino el de los heterodoxos. En el caso de la película de Laxe, los ravers. En el de Alauda Ruiz de Azúa, las monjitas. Precisamente, la supremacía cinematográfica de la película de Albert Serra no viene de lo que él cree, su artisticidad formal por muy elevada que sea, sino por la verdad que revela y que viene de esos grandes heterodoxos que son los toreros, fundamentalmente Roca Rey, elegantemente peruano, pero también su cuadrilla, castizamente sevillana.

Lo peor ideológicamente de los Goya no fue el enésimo ridículo panfletario de los que llevaban una chapita con "Free Palestine", sino una actriz que declaró sobre Los domingos que le daba pena que "los jóvenes necesiten creer en algo y se agarren para encontrar sentido a la fe cristiana". O sea, esta buena mujer reproducía el sectarismo superficial del laicismo impostado que la película critica en la figura de los progres que han sustituido a Dios por el Estado. Y las bulas papales por las subvenciones públicas. La actriz en cuestión también afirmaba que prefería otra película, Sorda, porque "era más necesaria". Y aquí está el gran problema que todavía lastra el cine español: dentro de la industria hay gente que no considera el cine una actividad artística con una misión ontológica —revelar la verdad de lo real—, sino un púlpito desde donde adoctrinar al público obligado a financiar sus sermones. No es de extrañar que tanto Serra como Laxe, que osó criticar el "pan Bimbo" que es todavía mayoritariamente el cine español, sean considerados "bichos raros" en un ecosistema dominado por la hegemonía de una izquierda que reproduce lo peor de las religiones dogmáticas —su cerrazón y talante inquisitorial—, sin nada de su dimensión positiva: la espiritualidad y el sentido trascendente.

A diferencia de tantos ateos en la izquierda, no tengo sino buenos recuerdos de mi paso por colegios de monjas e institutos de curas. Me enseñaron bonitas canciones, disciplina en el estudio, buenos consejos morales y amor por la Creación, ya sea vista al modo de Santo Tomás o de Spinoza. Como le sucedía a Federico García Lorca, me gustan los rituales católicos y los rituales toreros. Sospecho que al gran poeta granadino, que se enfrentó a los comunistas cuando estos quisieron instrumentalizar ideológicamente su proyecto cultural de La Barraca, le habrían gustado tanto Los domingos como Sirât y Tardes de soledad por mostrar objetivamente a esos grandes contraculturales de nuestra época: monjas, ravers y toreros. Todos ellos outsiders respecto a una sociedad mayoritariamente consumista y a la que no le gustan los que han encontrado un sentido a su vida al que es imposible poner precio en el mercado y que no se venden por una subvención del Estado.

A diferencia de la actriz "hater" del cristianismo, defiendo que Los domingos no solo es una estupenda película, sino que es de obligado visionado para los adolescentes en los centros educativos porque, qué quieren que les diga, si tuviese una hija preferiría que se hiciese monja a que se abriese una cuenta en OnlyFans o se convirtiese en una más del harén ideológico de Pablo Iglesias, Monedero o Íñigo Errejón. Porque, sin duda, Dios está en todas partes, pero en unas partes más que en otras.

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