
Por razones que no vienen al caso debo ir con cierta frecuencia de Barcelona a Manresa y vuelta en el mismo día, cosa que permite comprobar de primera mano la catastrófica situación del transporte público en Cataluña. Es otra forma de ejercer el periodismo, como carne de cañón de las noticias. Entre ambas ciudades hay una distancia de sesenta kilómetros. No parece gran cosa pero las penosas circunstancias de las infraestructuras en la región y la incompetencia de personajes tan funestos como Óscar Puente, el ministro de Transportes, convierten en toda una peripecia aventurera lo que debería ser un simple desplazamiento, algo que ni siquiera debería ser considerado propiamente un viaje. Pero hete aquí que el Gobierno de Pedro Sánchez y el Gobierno de Salvador Illa proporcionan a los sufridos usuarios de la Renfe, de los 'Ferrocarriles de la Generalidad' y de los autocares públicos experiencias dignas de los occidentales que exploraron por primera vez las interioridades de la India o Pakistán.
En esos sesenta kilómetros puede pasar de todo y casi nada bueno. A primera vista se podría decir que el corazón de Cataluña, o sea Manresa, y la capital de la comunidad autónoma están perfectamente conectadas. En teoría hay tres formas posibles de ir de una ciudad a la otra que no son en coche. En la práctica, quien aborde un tren de Renfe de la línea R4 entre Barcelona y Manresa carece de toda garantía del cumplimiento de las más elementales previsiones espaciales y temporales sobre el buen éxito de la empresa. Cuando el atribulado catalán se mueve por placer, la incertidumbre de Renfe puede resultar un aliciente. Pero no ocurre lo mismo cuando moverse es un imperativo laboral, vital o académico.
El pasado sábado, por ejemplo, la línea de Renfe que une Barcelona y Manresa estuvo cortada todo el día en ambos sentidos por desprendimientos en la vía. Desde los trágicos accidentes de Adamuz y Gelida se han extremado las precauciones, aunque las víctimas de esas catástrofes no tengan la más mínima importancia para el Gobierno socialista a diferencia de las víctimas que puede achacar a otras administraciones. Y fruto de esas precauciones ha quedado al descubierto que moverse en tren por España ha sido casi un suicidio por la criminal incompetencia de tipos como Puente, quien poco antes de los mencionados accidentes dijo que el tren "vive el mejor momento de su historia" en España.
En el caso de esa parte de España llamada Cataluña, lo que pasa en los trenes y con los trenes es la confirmación del colapso del Gobierno y de la Generalidad en todo lo relacionado con la prestación de servicios y su mantenimiento. Y sucede cuando ambos ejecutivos ejecutan el traspaso de las cercanías por orden de la cúpula golpista de ERC. A saber qué clase de negocio están vislumbrando los responsables de la atención a la infancia desamparada en Cataluña con ese desastre en el que se ha convertido la Renfe en la región.
La alternativa ferroviaria a la Renfe son los Ferrocarriles de la Generalidad, pero la crisis de Renfe ha desviado casi todo el pasaje de la empresa estatal a la autonómica, con lo que los trenes llamados "los catalanes" se han convertido en latas de sardinas verdaderamente sofocantes, no aptas para olfatos sensibles o para pusilánimes incapaces de abrirse paso a codazos y patadas en su parada. A mitad de trayecto ya no cabe ni un alfiler. Como en el Metro de Tokio, pero sin japoneses, población de educación inodora.
El autobús es la tercera forma de intentar llegar a Manresa o a Barcelona partiendo de Barcelona o de Manresa. También a reventar, pero con menos paradas, más exóticas (Olesa de Montserrat, Monistrol de Montserrat, San Vicente de Castellet y Castellgalí) y menos incertidumbres e imponderables, atascos al margen. Es la mejor alternativa para quienes pretenden superar de una forma más directa el trayecto entre la capital de comarca del Barcelonés y la capital de comarca del Bages. O entre Barcelona y el célebre cenobio benedictino de Montserrat, más o menos a medio camino.
Quienes conocen esos paisajes saben que la zona es perfectamente compatible con los fenómenos de desapariciones de aeronaves del Triángulo de las Bermudas. La orografía es tan apabullante y wagneriana que corre la especie de que los nazis buscaron el Santo Grial en las entrañas del macizo montañoso. Por no hablar directamente del vicio del catalanismo, el monasterio, la escolanía, los monjes y los escolares. Ahí mismo fundó Jordi Pujol Convergencia en noviembre del 74 camuflando el estrepitoso evento con una reunión de peñas del FC Barcelona.
Visto desde esa perspectiva tal vez sea una suerte llegar vivo entre una y otra población utilizando el transporte público. Pero es que lo mismo sucede entre Barcelona y Mataró. Y entre Sabadell y Tarrasa. Nada nuevo. Lo escribió Josep Pla en 1940. "De vez en cuando me proyecto sobre el confuso sistema de los autobuses y los trenes", apuntaba en De L'Empordanet a Barcelona, un fajo de artículos publicados en 1956. "Veo dos vidrios rotos y otro que se ha encallado. Los asientos están raídos. Nuestro país ha quedado un poco gastado y considerablemente sudado. Las convulsiones políticas no traen nada bueno. Las reacciones, si son dirigidas por ineptos, son como las revoluciones. En 1940 hasta los árboles parecían sobados", seguía Pla.
Entre aquel año y este en Cataluña han cambiado muchas cosas, pero el transporte público no es una de ellas. Y como en cualquier estafa, el precio no es barato. Por menos de veinte euros entre ida y vuelta es imposible vivir la fascinante experiencia.
Otro día intentaré escribirles de la salud pública y la multiculturalidad en Manresa y en Barcelona desde la perspectiva de un charnego.
