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Réquiem por Cenicienta

Yolanda representa a esa izquierda que se enamoró de su reflejo en los escaparates de Rodeo Drive para purgar su miedo al mono de fresador.

Yolanda representa a esa izquierda que se enamoró de su reflejo en los escaparates de Rodeo Drive para purgar su miedo al mono de fresador.
Pedro Sánchez y Yolanda Díaz representados en una de las Fallas en Valencia. | EFE

Emerge de una bruma de laca y narcisismo, envuelta en una marea de seda gallega que cruje con el eco metálico de unos presupuestos generales del estado evaporándose en el aire filtrado de Los Ángeles. La estampa es de una obscenidad clínica: la Cenicienta de Fene no busca el oro de una estatuilla, sino una canonización estética en el altar del celuloide. Mientras en Madrid el Consejo de Ministros exhala un hedor a naftalina y a rancia emboscada de pasillo, en Hollywood el aire es puro sirope de maíz y filtros de Instagram; una iluminación de tres puntos capaz de obrar el milagro de embalsamar un proyecto político que nació muerto.

Yolanda se desliza por la alfombra roja con la cadencia de quien se cree necesaria para la rotación de la Tierra. Luce esa sonrisa de 'te escucho, cariño, pero estoy tasando mis likes', una mueca ensayada en mil mesas de diálogo social donde se parlamenta hasta la inanición para no resolver nada importante, esto es, la próxima portada de Pronto porque para Vogue no da. Y no se engañen: el viaje a Hollywood de Yoly no ha sido diplomacia, ha sido un casting de salida.

Con Sumar convertido en una reliquia inservible —una superproducción de presupuesto infinito y guion inexistente que se quema en el proyector antes del estreno—, la vicepresidenta ha comprendido que su hábitat no es el BOE, sino el streaming. Ante un horizonte político negro como el azabache, busca su 'Plan B': una serie de Netflix donde interpretar a perpetuidad a la salvadora de mundos mientras el suyo propio se astilla bajo el peso de la aritmética electoral.

Y entonces, en el epicentro de la fiesta de Vanity Fair, bajo el tintineo de cristal de Baccarat y el murmullo de agentes que huelen a éxito y retinol, se produjo la Epifanía del Cinismo Progresista. El encuentro de dos titanes del postureo: Yolanda y Javier Bardem.

Allí estaba el Gran Gurú, el paladín de las causas remotas y azote del 'imperialismo' que solo factura en dólares. El mismo que predica el colectivismo y la sanidad universal mientras, en un alarde de coherencia esquizofrénica, fletaba el futuro de su linaje a la exclusividad del Hospital Mount Sinai de Nueva York. Porque para el Bardem pro-palestino, el azote de Israel y defensor de los parias, la salud pública española es un atrezo para los mítines, pero el paritorio debe ser una fortaleza de gestión judía en Manhattan. Nada de hospitales con linóleo desgastado y celadores estresados por la gestión que su amiga Yolanda defiende en los telediarios; para la aristocracia de la izquierda pseudocaviar, el bienestar se mide en la distancia que logran poner entre sus hijos y el sistema que ellos mismos desean imponer a los demás.

Yoly y Javi se miraron y hubo una comunión mística: la Radical Chic en su estado más tóxicamente depurado. Un socialismo de diseño que marida mejor con un Cabernet de Napa Valley que con la grasa de un bar de polígono. Él asintió con esa gravedad impostada de quien soporta el peso moral del planeta; ella le susurró, quizá, que la jornada de 37 horas también debería aplicarse a los rodajes de James Cameron, aunque eso condene a la clase obrera del cine al olvido.

Pero el reloj de la historia es un verdugo que no entiende de purpurina. ¡TIC, TAC! El hechizo ha expirado. El aterrizaje en Barajas no ha sido sobre terciopelo, sino sobre el asfalto bacheado de una España que ya no tolera cuentos de hadas. El vestido de gala se ha deshilachado al primer contacto con el aire de Madrid, revelando las costuras de una gestión que se resume en millas aéreas, vanidad coreografiada y una desconexión patológica con el ciudadano que suda tinta para llegar a fin de mes. Y la Madrastra Electoral ha devuelto a Yoly-Cenicienta a la realidad.

Y es que su viaje a los Oscar fue el acta de defunción de una era. Yolanda representa a esa izquierda que se enamoró de su reflejo en los escaparates de Rodeo Drive para purgar su miedo al mono de fresador. Ha canjeado la lucha de clases por la estética de encuadres. Pero la realidad es una disciplina implacable: el bipartidismo ha sacado los tanques de la lógica y el mapa autonómico es ya un carruaje que pierde las ruedas a cada kilómetro.

Es el último vals de la irrelevancia. Mientras ella giraba sobre sí misma, rodeada de cortesanos que jamás han pisado una oficina del SEPE, el español medio contaba céntimos en la caja del supermercado. La Cenicienta ha vuelto a su ministerio, ese palacio de cristal que ya nadie respeta, pero esta vez no hay príncipe buscando un zapato. No hay zapato; solo queda la huella de un fracaso estrepitoso bajo capas de maquillaje ideológico.

Se acabó la función. El confeti ya es basura y Yolanda, despojada de filtros, se enfrenta al espejo de un país que ya no digiere más cosiñas. Qué despertar tan amargo. La fiesta ha terminado y a nosotros nos queda pagar la cuenta del banquete que ella se pegó entre las estrellas mientras los Javier Bardem, desde su atalaya neoyorquina, nos dan lecciones de humildad en cómodo streaming.

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