
Se van acumulando las declaraciones públicas del presidente del Gobierno sobre la guerra contra el régimen iraní al modo en que se acumulan las bolsas de basura cuando hay huelga en el servicio de recogida. Todas tienen un contenido distinto, pero todas se parecen y en lo que más se parecen las cosas que va diciendo Sánchez es en que se diseñan para sacar rédito político y están destinadas a la irrelevancia. Por lograr lo primero, se condena a lo segundo y, a veces, se condena él mismo. Como cuando reconoce que no previó que los Estados Unidos e Israel fueran a terminar lo que empezaron en junio del año pasado. "Nadie previó esta guerra", se le acaba de oír. Declaración que remachó interpelando con impertinencia al que había preguntado: "¿Usted la previó? Yo no". Noticia: el jefe de Gobierno de la cuarta economía del euro confiesa que no se entera de nada.
No se enteró de que los americanos realizaban la mayor concentración de fuerzas militares en la zona desde la guerra de Irak en 2003. No se enteró de las advertencias de Trump cuando en Irán masacraban a manifestantes. No extrajo conclusiones después de la operación militar para capturar a Nicolás Maduro. De haber prestado atención a todo esto, incluso a parte de esto, habría visto que la operación Furia Épica era una posibilidad y, por tanto, una contingencia que el dirigente de un país tiene que prever. Pero a Sánchez no parece que le importe quedar como un outsider que se entera de los grandes acontecimientos cuando los da la tele. Al precio de retratarse como un líder desinformado y marginal, consigue una excusa para volver a retrasar la presentación de Presupuestos e instala, de nuevo, un marco de excepcionalidad en el que poder esquivar la norma. De paso, abunda en el tema propagandístico de que el ataque al régimen iraní es la extravagancia o el capricho de un chiflado que ha sorprendido a todo el mundo.
No previó la guerra, pero ha previsto su resultado. Curioso y escindido talento el suyo. No lo vio venir, pero sabe ahora qué va a pasar. Gracias a su clarividencia, anticipa que será un desastre y que es un "extraordinario error". Con este juicio sumario compuso Sánchez una declaración justificatoria de la posición que enlató en la consigna no a la guerra. Dijo solemne, y se le podía ver dando una de cal y otra de arena, que "entre aliados es bueno señalar cuando se comete un error y la guerra de Irán lo es". Poco se ha discutido la tara que revela esta secuencia. Abandonar al aliado y ponerse en contra del aliado porque crees que comete un error, te descalifica como aliado. Con el aliado hay que estar, aunque se equivoque. O, precisamente, cuando se equivoca.
Nadie le pidió a Sánchez que participara en la guerra. Nadie le exigió que la apoyara expresamente. Lo tenía muy fácil. Le bastaba con no exhibir su rechazo y no dar lecciones morales a quienes combaten contra un régimen sanguinario. Podía mantenerse en un confortable terreno neutral. Como no se le pidió nada, a Sánchez le hubiera bastado con portarse como un aliado de Estados Unidos y no como un adversario. Pero no. Ha estado más cerca de portarse como un aliado del régimen iraní.
