El tiquismiquismo nacional
añoro los tiempos en que España era un país divertido, alegre, y capaz de reírse de cualquier cosa.
Los gritos en un campo de fútbol, las hamburguesas XXL y los chuletones casi pornográficos, los coches que rugen como leones, los cánticos de una residencia de estudiantes, reírse de las autoridades del Gobierno, las acampadas improvisadas en cualquier sitio, la bollería que chorrea colesterol, piropear a una chica guapa al azar, las tardes de fiesta taurina, corear El imperio contraataca, llenarlo todo de banderas españolas.
El humor desde Martes y 13 hasta Torrente Presidente, los tertulianos sin filtro, viajar solo en el coche y a toda velocidad, la euforia ideológica del adolescente, la España de Manolo Summers, contar toros de Osborne por la carretera, las respuestas macarras de Grok, una cogorza para la que no haya que pedir un crédito antes.
El humor negro de Donald Trump, los pueblos que viven del turismo y el turismo en todas sus formas, las posibilidades infinitas de la energía nuclear, las camisetas con la hoz y el martillo bajo una señal de prohibido, los chistes de los 80, los calentones de Javier Milei frente a un micrófono, Horizonte y Nacho Abad, Georgina en el Valle de los Caídos sin pedir permiso.
La belleza abusiva de Sydney Sweeney, cualquier actor que no va a manifestaciones, jugar al fútbol en el patio del colegio, la locura de los emprendedores, las bebidas azucaradas y el pan con mucha sal, los memes y todo Twitter, los enormes campos de golf, ver en el talego a los terroristas.
Julio Iglesias rodeado de mulatas, un día de caza y naturaleza, las familias numerosas con un millón de hijos alegres, hacer todo lo posible para pagar menos impuestos, las piscinas privadas, las duchas en las playas, los parques acuáticos; todo aquello que nos hace disfrutar del agua.
La lista es interminable. Son enemigos de la alegría. Todo lo divertido molesta a la izquierda. Y hay una parte de la derecha –o casi- mediática que no pierde un segundo cuando se trata de mostrarse "deeply concerned" ante el lagrimeo de un progre que gime muy fuerte porque se siente abatido por algo que nos divierte sin más. Que hemos visto más tuits y editoriales radiofónicos de severa condena en la radio de la Conferencia Episcopal, y en los líderes políticos del centro centrado, por un cántico festivo inofensivo que por las masacres a cristianos en África, la amenaza constante del islamismo contra Occidente, y la quema de iglesias en Europa juntas. Y todo porque han visto muy serios a los progres, con calificativos categóricos y expresiones-bomba: "intolerable", "hasta aquí hemos llegado", "la vergüenza del racismo sistémico". Es un caso digno de estudio: la enorme cantidad de tipos mediáticos de la derecha sociológica que está deseando poder unirse a alguna causa con la izquierda para hacerse perdonar sabe Dios qué.
La víctima de todo este discurso oficial y elitista contra ciudadanos de a pie siempre es la misma: la diversión de la gente sencilla, la libertad y la espontaneidad del pueblo; se prohíbe cualquier tontería a todas luces sin importancia, y se emplea como condena ejemplarizante para quien ose en el futuro reírse sin consultar antes el Manual del Buen Ciudadano Español de Sánchez & Co.
A veces no añoro el sentido común. Ni la política de servicio público. Ni la política eficaz. Ni siquiera la libertad que un día tuvimos. A veces sencillamente añoro los tiempos en que España era un país divertido, alegre, y capaz de reírse de cualquier cosa. La España que me llevó de La Codorniz a Mortadelo y Filemón. Un país en el que no todo tenía una importancia superlativa y no todo podía mover a los idiotas a la indignación, la condena, la cancelación, y al rasgado de vestiduras coral al grito de "queda mucho por hacer".
Los del dedito siempre levantado, el tiquismiquismo nacional, los del discurso de condena de ChatGPT, los del "queda mucho por hacer", los que van etiquetando cada día aquello que puede resultarnos divertido y gracioso y aquello que no, los intensitos. No sois mejores ni peores. Sois sencillamente -me vais a perdonar, estos y aquellos- un coñazo.
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